¿Por qué tenemos la necesidad de creer en algo o alguien superior?
El último libro del investigador, docente y biólogo Diego Golombek, “Las neuronas de Dios” no es uno más sobre el eterno enfrentamiento entre la ciencia y la religión, entre la fuerza de la razón y la fuerza de la fe. El divulgador propone una mirada novedosa que aborda el estudio de la religión desde las ciencias naturales en lugar de burlarse de ella. ¿De dónde surge esta necesidad, antigua como nuestra especie, que en algún momento de nuestras vidas nos lleva a preguntarnos por lo que habrá “después” o lo que está “más allá”? ¿Viene “de fábrica” o es un producto de la cultura? Golombek responde en exclusivo a “Río Negro”.
RESPONDE EL BIÓLOGO GOLOMBEK
Por Diego Golombek
para rionegro.com.ar
Hay quienes dicen desde hace rato que Dios, o las religiones, han muerto, y que la ciencia y la tecnología se ocupan de echarles encima los últimos puñados de tierra. Sin embargo, la realidad dista mucho de confirmar esta profecía (que, más allá de Nietzsche, fue tapa de la revista Time en la década del cincuenta). Así, una pregunta interesante es por qué la religión y las creencias se resisten a desaparecer en pleno siglo XXI, un siglo dominado por la tecnología, de celulares que hablan solos y las aspiradoras inteligentes. ¿No es esa una pregunta fascinante? ¿Por qué no hablar entonces de una ciencia de la religión en lugar del consabido “versus”? Esto tampoco es nuevo: particularmente la antropología se ha preguntado desde sus inicios sobre el origen cultural de las religiones; sin embargo, esta no fue una pregunta propia de las ciencias naturales sino hasta hace muy poco tiempo.
De eso trata este libro: de una ciencia “de” la religión, que relega el “contra” a otras guerras.
En realidad, para ser más específicos, hablamos de una neurociencia de la religión, bajo la premisa de que Dios tiene mucho que ver con el funcionamiento de nuestro cerebro. La pregunta entonces se transforma en por qué nosotros –nuestros cerebros– no podemos librarnos de las nociones de religión y de Dios.
Podríamos adelantar dos hipótesis posibles:
1. porque Dios está en todos lados y así lo quiso;
2. porque hay algo del cableado de nuestros cerebros que mantiene la idea de religión firme junto al pueblo.
Además de estas dos ideas contrapuestas, también podríamos pensar que tantos millones de personas no pueden estar equivocadas, y que alguna ventaja deben tener la religión y la fe, en términos evolutivos, para ser un carácter que haya sido seleccionado positivamente.
En definitiva, si no se comprenden las bases del empecinamiento de esas creencias por quedarse cómodamente instaladas en casa, cualquier cruzada planificada para erradicar a la religión y sus circunstancias de nuestro planeta está destinada a fracasar (como suele ocurrir con las cruzadas).
Claro que esto no vale sólo para las religiones en sentido tradicional, sino también para estudiar todos los rituales de la vida cotidiana: por qué están allí, qué función cumplen, por qué no se esfuman. No es fácil: en algunos casos, hasta resulta complicado formular la pregunta que permita avanzar con un experimento adecuado, pero en eso estamos. Veamos un ejemplo.
Si pedimos a un grupo de gente que aplauda porque sí, pero con entusiasmo, notaremos algo bastante extraño: al cabo de unos segundos todos estarán aplaudiendo al unísono, o casi. Algo similar ocurre en la cancha: se sabe que dos o tres muchachos de la barra son los encargados de diseñar la rima y el tempo justos, si no para incentivar al equipo, al menos para humillar a los oponentes, y de pronto, tímidamente se van sumando los vecinos más próximos y al ratito toda la popular está cantando al mismo ritmo. Parece ser que este seguimiento maravilloso a un metrónomo popular es privativo de nosotros, los humanos (y no sólo de los hinchas de fútbol). Y sin duda ese ritmo colectivo es similar a una experiencia religiosa, a un ritual de pertenencia que causa placer o, al menos, seguridad. Los rezos, los bailes y los cantos rituales de las religiones –desde un “Padre Nuestro” hasta la danza de los derviches– se basan en esta misma propiedad de sincronización tan humana.
Como muchas otras veces, aprendemos más del cerebro que no funciona, o que tiene algún tipo de trastorno, que del mecanismo normal del sistema nervioso. Así, en esta búsqueda de ese Dios interno, vienen en nuestra ayuda diversas patologías que fuerzan la espiritualidad, las visiones místicas, la luz al final del túnel. En la base de muchas conversiones o apariciones divinas puede esconderse el fantasma de la epilepsia, un grupo de células nerviosas que se activan sin control y toman el timón de nuestros sentidos. Esperen unas páginas para ser testigos de algunos ejemplos estremecedores de esta danza de las neuronas, un camino seguro a Dios y sus circunstancias. […]
Este no es un tratado de ateología, que se solaza en denunciar creencias irracionales o, en el peor de los casos, ridículas o directamente peligrosas. Ciencia de Dios, neuronas de Dios, genes de Dios, drogas de Dios: de esto trata este libro, que intenta seguir el precepto griego “conócete a ti mismo”, intentando que nada le sea vedado a priori a esa posibilidad de conocimiento.
Habrá quien se quede esperando la respuesta a La Pregunta: si existe Dios, si es barbudo, si está en el cielo con diamantes. No la busquen aquí, aunque nunca está de más recordar al maestro Bertolt Brecht:
Alguien preguntó: “¿Existe Dios?”.
Y alguien le contestó: “Si lo necesitás, existe”.
Y vive en nuestro cerebro.
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