Por un país decente
No pidieron mucho los centenares de miles de personas que desafiaron la lluvia torrencial para participar de la “marcha del silencio” en homenaje al fiscal Alberto Nisman: sólo que la Argentina llegue a ser un país de instituciones más confiables que las existentes, uno en el que palabras como “justicia” aludan a algo más que una aspiración inalcanzable y todos, incluyendo a los más poderosos, se sometan a la ley sin pretender que sus opiniones políticas les otorguen el derecho a violarla con impunidad. Se trató de una multitud heterogénea conformada por quienes entienden que, si bien las diferencias ideológicas son importantes, lo son menos que la adhesión a aquellos principios básicos que hacen posible la convivencia civilizada en una sociedad pluralista. Aunque los fiscales que convocaron a la marcha procuraron privarla de contenido político, nadie ignora que su éxito conmovedor, el que el diluvio intenso que los manifestantes tuvieron que soportar hizo aún más impresionante, se debió a la sensación de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está alejando la Argentina de lo que la mayoría quiere que sea, un país decente en el que fiscales que denuncien al gobierno no mueran en circunstancias extrañas, la política exterior no esté en manos de fanáticos como el piquetero Luis D’Elía y el cabecilla de Quebracho, la corrupción sea poco frecuente y los integrantes del Poder Judicial puedan hacer su trabajo sin verse presionados por militantes políticos inescrupulosos o sus amigos coyunturales de los servicios de inteligencia. ¿Fue “política” la marcha del silencio? En cierto sentido, claro que sí, pero tal vez sería mejor calificarla de “prepolítica”, por haber sido una expresión de la voluntad mayoritaria de regresar, una vez más, al punto de partida, de recuperar las esperanzas que tanto se hicieron sentir cuando la Argentina dejaba atrás la dictadura militar. Aunque el gobierno kirchnerista dista de ser una dictadura, la presidenta y sus voceros ni siquiera intentan disimular su autoritarismo y el desprecio agresivo que sienten por todos aquellos que no comparten sus opiniones. Lo mismo que los militares en su momento, dividen a la ciudadanía entre nosotros y ellos, buenos y malos, los oficialistas comprometidos con la patria y los subversivos que, nos aseguran personajes como Aníbal Fernández, son golpistas, narcotraficantes, antisemitas, encubridores de terroristas, idiotas adoctrinados por medios periodísticos como Clarín y empleados fieles de los fondos buitre. Al hablar de manera tan histérica y grotescamente sectaria, lo único que logran tales funcionarios es llamar la atención sobre su propio desconcierto. Han perdido todo contacto con la Argentina real que, por fortuna, tiene muy poco en común con la imaginada por Cristina y sus colaboradores más serviciales. Ha habido otras manifestaciones multitudinarias de características similares a las del 18F, como las “del silencio” que se celebraron en Catamarca en 1990 luego del asesinato de la joven María Soledad Morales y las que siguieron a otro crimen, el del periodista José Luis Cabezas en enero de 1997, para protestar contra la impunidad disfrutada por sujetos vinculados con el poder. Todas tuvieron un impacto político muy fuerte, pero no dieron lugar a cambios permanentes; después de tratar de hacer pensar los líderes de las distintas agrupaciones que en adelante se aferrarían a los valores reivindicados por la mayoría, muchos no tardaron en reasumir las actitudes de antes. ¿Será diferente en esta ocasión? No hay motivos para creerlo. Mientras que gobiernos anteriores por lo menos se sintieron obligados a reaccionar frente a manifestaciones callejeras grandes dando a entender que estaban dispuestos a modificar su propia conducta, el kirchnerista ha hecho de la intransigencia su principio rector. Con la ayuda de la cadena nacional, Cristina quiso minimizar el efecto de la marcha del silencio re-reinaugurando la central nuclear Atucha II, rebautizada “Presidente Néstor Kirchner”. Si la maniobra sirvió para algo, fue para decirles a los manifestantes que, acompañada por una banda de dependientes y algunos intelectuales militantes de ideas extravagantes, la presidenta vive en un mundo que se asemeja cada vez menos a aquel de la mayoría de sus compatriotas.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 20 de febrero de 2015
No pidieron mucho los centenares de miles de personas que desafiaron la lluvia torrencial para participar de la “marcha del silencio” en homenaje al fiscal Alberto Nisman: sólo que la Argentina llegue a ser un país de instituciones más confiables que las existentes, uno en el que palabras como “justicia” aludan a algo más que una aspiración inalcanzable y todos, incluyendo a los más poderosos, se sometan a la ley sin pretender que sus opiniones políticas les otorguen el derecho a violarla con impunidad. Se trató de una multitud heterogénea conformada por quienes entienden que, si bien las diferencias ideológicas son importantes, lo son menos que la adhesión a aquellos principios básicos que hacen posible la convivencia civilizada en una sociedad pluralista. Aunque los fiscales que convocaron a la marcha procuraron privarla de contenido político, nadie ignora que su éxito conmovedor, el que el diluvio intenso que los manifestantes tuvieron que soportar hizo aún más impresionante, se debió a la sensación de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está alejando la Argentina de lo que la mayoría quiere que sea, un país decente en el que fiscales que denuncien al gobierno no mueran en circunstancias extrañas, la política exterior no esté en manos de fanáticos como el piquetero Luis D’Elía y el cabecilla de Quebracho, la corrupción sea poco frecuente y los integrantes del Poder Judicial puedan hacer su trabajo sin verse presionados por militantes políticos inescrupulosos o sus amigos coyunturales de los servicios de inteligencia. ¿Fue “política” la marcha del silencio? En cierto sentido, claro que sí, pero tal vez sería mejor calificarla de “prepolítica”, por haber sido una expresión de la voluntad mayoritaria de regresar, una vez más, al punto de partida, de recuperar las esperanzas que tanto se hicieron sentir cuando la Argentina dejaba atrás la dictadura militar. Aunque el gobierno kirchnerista dista de ser una dictadura, la presidenta y sus voceros ni siquiera intentan disimular su autoritarismo y el desprecio agresivo que sienten por todos aquellos que no comparten sus opiniones. Lo mismo que los militares en su momento, dividen a la ciudadanía entre nosotros y ellos, buenos y malos, los oficialistas comprometidos con la patria y los subversivos que, nos aseguran personajes como Aníbal Fernández, son golpistas, narcotraficantes, antisemitas, encubridores de terroristas, idiotas adoctrinados por medios periodísticos como Clarín y empleados fieles de los fondos buitre. Al hablar de manera tan histérica y grotescamente sectaria, lo único que logran tales funcionarios es llamar la atención sobre su propio desconcierto. Han perdido todo contacto con la Argentina real que, por fortuna, tiene muy poco en común con la imaginada por Cristina y sus colaboradores más serviciales. Ha habido otras manifestaciones multitudinarias de características similares a las del 18F, como las “del silencio” que se celebraron en Catamarca en 1990 luego del asesinato de la joven María Soledad Morales y las que siguieron a otro crimen, el del periodista José Luis Cabezas en enero de 1997, para protestar contra la impunidad disfrutada por sujetos vinculados con el poder. Todas tuvieron un impacto político muy fuerte, pero no dieron lugar a cambios permanentes; después de tratar de hacer pensar los líderes de las distintas agrupaciones que en adelante se aferrarían a los valores reivindicados por la mayoría, muchos no tardaron en reasumir las actitudes de antes. ¿Será diferente en esta ocasión? No hay motivos para creerlo. Mientras que gobiernos anteriores por lo menos se sintieron obligados a reaccionar frente a manifestaciones callejeras grandes dando a entender que estaban dispuestos a modificar su propia conducta, el kirchnerista ha hecho de la intransigencia su principio rector. Con la ayuda de la cadena nacional, Cristina quiso minimizar el efecto de la marcha del silencio re-reinaugurando la central nuclear Atucha II, rebautizada “Presidente Néstor Kirchner”. Si la maniobra sirvió para algo, fue para decirles a los manifestantes que, acompañada por una banda de dependientes y algunos intelectuales militantes de ideas extravagantes, la presidenta vive en un mundo que se asemeja cada vez menos a aquel de la mayoría de sus compatriotas.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora