Prisioneros del pasado
En una de sus alocuciones televisadas más recientes, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner habló, una vez más, como si el gobierno que encabeza fuera el sucesor inmediato del Proceso militar. No se trata de una novedad. La estrategia comunicacional del kirchnerismo siempre se ha basado en la idea de que la única alternativa a su propio modelo es una dictadura “neoliberal” con un general sanguinario en la Casa Rosada. En términos políticos, el esquema así propuesto funcionó muy bien, ya que les permitió a los Kirchner congraciarse con una amplia franja de la progresía local y adquirir una reputación totalmente inmerecida de ser defensores valientes de los derechos humanos, pretensión ésta a la que Cristina alude reiteradamente cuando se siente incómoda. Otra consecuencia ha sido la tendencia de Cristina y sus allegados a creer o, en el caso de los más lúcidos, a fingir creer que el gobierno corre peligro de caer víctima de una conspiración golpista urdida por personajes afines al régimen militar de hace más de tres décadas. Las denuncias en tal sentido motivaron extrañeza cuando, a inicios de su primer período como presidenta, Cristina acusó a “generales mediáticos” de estar detrás de la rebelión del campo contra las retenciones móviles a las exportaciones de soja, pero ya no ocasionan sorpresa. Desde entonces, los kirchneristas se han habituado a advertirnos contra las maniobras de supuestos “golpistas” que, según ellos, son responsables de todos los muchos problemas nacionales, incluyendo, desde luego, los provocados por la muerte en circunstancias nada claras del fiscal a cargo del caso de la AMIA, Alberto Nisman. Pues bien: no es necesario ser un psicólogo para sospechar que a Cristina y sus incondicionales les encantaría que surgiera un movimiento desembozadamente golpista. Para ellos sería una solución perfecta. Además de simplificar todo, poniéndolo en blanco y negro, les brindaría una oportunidad para retirarse del escenario con la cabeza bien alta, proclamándose paladines heroicos de la democracia nuevamente pisoteada por ultraderechistas. Pero, desgraciadamente para quienes fantasean con una salida decorosa de la situación en la que el gobierno se encuentra, hay una pequeña dificultad: nadie ha detectado la presencia de un solo golpista auténtico. Todos los opositores, sin excluir a los convencidos de que la gestión de Cristina ha sido inenarrablemente catastrófica, quieren que siga en el poder hasta el 10 de diciembre próximo. No es que la supongan capaz de corregir los errores que ha cometido en los más de siete últimos años –por el contrario, dan por descontado que perpetrará muchos más–, sino que esperan que la mayoría abrumadora de los habitantes del país entienda que es la artífice principal de los desastres que seguirán produciéndose. Sólo así, creen, podría lograr el gobierno que suceda al actual contar con la autoridad política y moral que con toda seguridad necesitará. Gobernar contra el Proceso militar es luchar contra fantasmas. En el 2003, cuando Néstor Kirchner asumió el poder, las Fuerzas Armadas no le planteaban peligro alguno, razón por la que pudo darse el lujo de ensañarse con ellas. Por suerte, merced a lo hecho por los presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem, el país había dejado atrás las décadas en las que el golpismo, avalado esporádicamente por una parte muy significante de la ciudadanía, era una amenaza genuina. Con la eventual excepción de un puñado de fascistas nostálgicos, los únicos que se resistían a entenderlo eran los kirchneristas y quienes se sumaron a su movimiento. Su negativa a reconocer que la Argentina se había convertido en una democracia acaso defectuosa, pero así y todo comprometida con el pluralismo político, está en la raíz del fracaso calamitoso de “la década ganada”. Aunque se suponen progresistas y en el resto del mundo es rutinario ubicarlos en el lado izquierdo del mapa ideológico, Cristina y sus militantes son en verdad reaccionarios que permanecen atrapados en los años setenta del siglo pasado, es decir, en un mundo que hace tiempo dejó de existir, de ahí la cantidad realmente asombrosa de errores que se las han ingeniado para cometer y que, mal que nos pese, hacen prever que el país permanecerá en crisis por mucho tiempo más.
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