Putin contra los occidentales



La canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés François Hollande viajaron a Moscú la semana pasada llevando en su equipaje un “plan de paz” que esperaban que sirviera para impedir que el conflicto en Ucrania oriental, en el que ya han muerto más de cinco mil personas, resultara ser el preludio de una guerra a gran escala. Aunque lograron algunas concesiones, como un breve alto el fuego para que dos centenares de civiles pudieran salir de una ciudad sitiada, no consiguieron lo que se habían propuesto porque el presidente ruso, Vladimir Putin, está más interesado en continuar su campaña para anexar las partes de Ucrania que a su entender pertenecen a Rusia que en cualquier otro arreglo. El hombre fuerte ruso cuenta con una ventaja que podría resultar decisiva: a diferencia de los líderes de la Unión Europea, no teme la guerra total. Mientras que sus interlocutores hablan de los beneficios económicos que le supondría la convivencia pacífica, Putin piensa en términos que serían apropiados para el mundo de un siglo atrás en que la potencia militar y el orgullo nacional importaban mucho más que el nivel de vida de la gente común. Parecería que, por ahora cuando menos, la mayoría de sus compatriotas está de acuerdo con las prioridades así supuestas, ya que la popularidad del mandatario ruso aún no se ha visto mellada por el impacto de las duras sanciones económicas ensayadas por Estados Unidos y la Unión Europea o por el derrumbe del precio del petróleo. Aunque el estado calamitoso de la economía rusa, que depende casi por completo de las exportaciones de petróleo y gas, no se debe a la hostilidad occidental, al gobierno le ha resultado fácil atribuirlo a una ofensiva imperialista emprendida por Bruselas y Washington con el propósito de sojuzgar a Rusia transformándola en una especie de colonia para que puedan explotar sus abundantes recursos naturales. Para justificar la agresión contra Ucrania, Putin subraya que las fronteras actuales no reflejan la realidad demográfica, ya que en las zonas orientales del país vecino viven muchos rusohablantes que en buena lógica deberían poder optar entre Kiev y Moscú. El planteo es legítimo, pero también es muy peligroso porque en muchos países europeos hay minorías étnicas que podrían exigir lo mismo, incluyendo, desde luego, a los rusos que, luego del desmoronamiento de la Unión Soviética, se encontraron en Lituania, Letonia y Estonia, países miembros no sólo de la Unión Europea sino también de la OTAN. Es por lo tanto comprensible que sus gobiernos teman que, si Putin logra despedazar Ucrania, enseguida comience a tratar de desestabilizar a los países bálticos acusando a sus gobiernos de perseguir sistemáticamente a la minoría rusa. Los europeos y sus aliados norteamericanos se ven frente a un dilema nada fácil. Saben que, a menos que adopten una postura muy firme, Putin continuará enviando armas pesadas y “voluntarios” a los separatistas de Ucrania oriental, que ya se han mostrado plenamente capaces de mantener a raya a las fuerzas regulares del gobierno de Kiev, pero no quieren arriesgarse demasiado, razón por la que hasta ahora han sido reacios a entregar a los ucranianos lo que necesitarían para reconquistar ciudades ocupadas por los prorrusos. Puesto que los norteamericanos corren menos peligro que los europeos, la habitualmente poco belicosa administración del presidente Barack Obama ha sido más agresiva, ya que amenaza con enviar “armas letales” a Ucrania para que pueda defenderse mejor de Rusia. Aunque la actitud de Washington ha motivado críticas en los países europeos, Merkel y Hollande entenderán que no convendría en absoluto que Putin creyera que lo único que Kiev recibirá de ellos será palabras de solidaridad. De convencerse Putin de que sus adversarios occidentales preferirían permitirle conseguir sus objetivos a tomar medidas que podrían provocar una serie de guerras de consecuencias imprevisibles en Europa Oriental, no habría forma de frenarlo. Cuando de la política internacional se trata, la impresión de que un protagonista iría a virtualmente cualquier extremo a fin de preservar la paz puede tener consecuencias terribles, ya que, lejos de sentirse humillado por su propio belicismo, un líder agresivo como Putin querrá aprovechar una oportunidad acaso irrepetible para imponer su voluntad.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 11 de febrero de 2015


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