Que lo sepa el papa
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Es muy probable que el cura estuviera cansado de vecinos chicos que a diario le tiraban las pelotas a su patio o a lo que los feligreses llamaban la sacristía. Pero eso no le daba derecho a reaccionar así. Nunca fue de los más simpáticos y en todo caso era especialista en contarles a nuestros padres de las macanas que nos mandábamos, ninguna de gravedad. Contando los de la cuadra, sumábamos alrededor de entre 10 y 15 vecinos, ninguno mayor a los diez años. Todos íbamos a la escuela, todos íbamos a misa y todos hacíamos macanas. Pero a veces se sumaban los que estaban un poco más alejados y el grupo se hacía enorme. Si pintaba para bicis salíamos a recorrer el pueblo, si había gente suficiente jugábamos al fútbol y si éramos pocos alcanzaba para copar los cordones de las calles con carreras de autos. Eso sí, si había viento suficiente, manos a la obra y a armar rápido un buen barrilete. Pero el fútbol generaba reacciones adversas porque jugábamos en la calle, entorpecíamos el tránsito, el poco tránsito del pueblo, y de tanto en tanto algún vidrio rompíamos. La cuadra de los primos, como solíamos decirle, quedaba justo enfrente de la casa donde vivía el cura del pueblo, el padre Miranda, a media cuadra de la iglesia y a 50 metros de la canchita que tenía la iglesia, que generalmente estaba cerrada con dos candados. Portón demasiado alto para chicos tan chicos. ¿Por qué no pasar por abajo? No más de 20 centímetros había entre la base del portón y el piso, así que escarbando un poco, pasábamos por abajo, rompíamos la remera y quedábamos con la panza raspada, tanto como para que sirviera de prueba del ingreso por contrabando a esa canchita. Así fue hasta que el cura, que para ese tiempo ya no formaba parte de nuestros afectos, vio la estrategia y, además de chismosear a nuestros padres sobre el ilícito, pidió que le hicieran una base de cemento al piso como si fuera un pequeño escalón, de manera que la luz entre el portón y el piso no superara los cinco centímetros. Imposible pasar por ahí. No había más remedio que jugar en la calle. Tía Marta se quejaba de los gritos, doña Nena de los pelotazos y el peluquero por el chiquero que dejábamos en su canilla cuando parábamos a tomar un poco de agua. Para esto, el cura iba y venía nervioso por la vereda, tal vez esperando que le diéramos un pelotazo y así tener la excusa perfecta para ir con el chisme. Una tarde, pelota va, pelota viene, se fue al patio de la casa del cura. Fuimos a golpear la puerta y nadie nos atendió. Pasaron apenas minutos y alguien tiró desde la casa del padre Miranda la pelota, pero desinflada, como si le hubieran clavado un cuchillo. Ni se nos ocurrió pensar que el autor de semejante cosa fuera el cura. Hasta ahí parecía un accidente. Rápido pusimos en marcha la campaña para conseguir otra pelota. Fuimos a la confitería, la más grande del pueblo, a pedirle a don Miguel Curi que nos diera las tapitas de gaseosas así llenábamos el álbum y conseguíamos de las que en ese tiempo entregaba Coca-Cola. Cuatro días duró la campaña hasta que conseguimos todas las tapitas y por ende la pelota. Otra vez, después de la escuela, partido en la calle. Un descontrolado defensor rechaza fuerte y otra vez la pelota a la casa del cura. No había nadie en ese momento así que decidimos esperar, todos sentados en el cordón de la vereda a que el padre regresara. Volvió como a la hora, le pedimos que nos devolviera la pelota y al rato salió con la pelota desinflada en la mano, con la misma técnica que la anterior. Ahí entendimos que era él el autor de semejante maldad. Desde ese día lo declaramos enemigo de los chicos. Que lo sepa el papa, aunque el cura Miranda ya esté muerto.
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