«¿Quién se ha llevado mi queso?»: una fábula capitalista
anto me ponderaron mis amigos «liberales» el librito de Spencer Jonson M.D. «Quién se ha llevado mi queso», que opté por adquirirlo, y hasta leerlo. Me encontré con una fábula que haría palidecer a Esopo, de la que el lector aguzado puede extraer múltiples moralejas. No se trata, como el título podría sugerirlo, del fenómeno de enorme concentración de la riqueza que afecta a las economías del mundo globalizado, ni de la apropiación en pocas manos de los bienes comunitarios; no, ni Dios lo permita: la fábula intenta enseñar «cómo adaptarnos a un mundo con constante cambio», tal como lo explica el subtítulo de la obra.
En síntesis la narración refiere a la reacción de sus cuatro simpáticos personales (los ratoncitos «Escurridizo» y «Fisgón» y los liliputienses Haw y Hem) frente al cambio representado por el agotamiento y/o desaparición de un depósito de queso inserto en un laberinto, del que los cuatro héroes obtenían su cómodo sustento cotidiano. El «queso», aclara el autor, «es una metáfora de lo que deseamos tener en la vida, ya sea un puesto de trabajo, una relación, dinero, una casa grande, libertad, salud, reconocimiento, paz espiritual o incluso una actividad como correr o jugar al golf» (que abarcativo es el queso, ¿no?).
Los ratoncillos guiados por su instinto, atinan a encontrar el nuevo queso, aunque no sin dificultades, y uno de los liliputienses -Haw-, venciendo sus propios miedos y prejuicios, se aventura en el laberinto incomensurable, y tras encontrar algunos trozos de queso acá o allá, termina descubriendo un súper depósito de los quesos más exquisitos, donde ya se encontraban los intuitivos ratoncitos.
La azarosa y didáctica experiencia, llevó al intrépido Haw a las siguientes conclusiones: «El cambio ocurre -el queso no deja de moverse-, anticípate al cambio -olfatea el queso con frecuencia para ver cuando está rancio-, adáptate al cambio con rapidez»- cuando más rápido te olvides del queso viejo, antes podrás disfrutar del queso nuevo, cambia, muévete con el queso. Prepárate para cambiar con rapidez y para disfrutarlo, una y otra vez el queso no cesa de moverse.
La suerte de Hem, que no quiso moverse de su lugar, y persistió reclamando que le devuelvan el queso y despotricando contra el despojo, es fácil de imaginar: se embromó.
La fábula en cuestión, cuyo metamensaje tanto agrada a mis amigos «liberales», tiene sin embargo varias lecturas. No podemos dejar de encomiar la facultad de adaptación a los cambios, que permitió a la humanidad sobrevivir a los dinosaurios y habitar las zonas más inhóspitas del orbe. El concepto de cambio es nuestro de valor, pero no todas las mutaciones son buenas, ni responden a la fatalidad del destino, como las tormentas o los terremotos, que pueden anticiparse pero no evitarse.
Las innovaciones tecnológicas suelen chocar con la inercia y la resistencia natural al cambio de rutinas, que es necesario vencer, en aras del progreso.
Pero otros cambios pueden provenir de las ideologías, de la ambición desmedida de personas o naciones, del afán de lucro o de conquista, de catástrofes de la naturaleza, etc., y por lo tanto no se debe promover -como hace la fábula- una actitud acrítica, servil y resignada frente a todos los fenómenos de cambio, tomándolos como datos irreversibles de la realidad. No siempre lo aconsejable es el mero acomodamiento (tal es la actitud de los simpáticos «Fisgón» y «Escurridizo», que son los primeros que abandonan el barco en zozobra, sin intentar salvarlo ni preocuparse por la suerte del pasaje). Hay cambios que son francamente desfavorables para el bien común, y frente a los cuales es legítimo y axiológicamente imperativo alzarse y resistirse, aunque se corra el riesgo de terminar como Hem.
¿Dónde puede buscar el queso, cuando el cambio deriva en la absoluta falta de empleo, destrucción de las economías regionales, quiebra de la industria nacional, endeudamiento externo desmesurado, imposibilidad de competir con las megaempresas a través del cuentapropismo? Se puede intentar ingresar al laberinto a través de Ezeiza, como lo hacen miles de jóvenes argentinos, pero sólo para encontrarse con que la globalización es sólo para los capitales y no para las personas, y que los «sudacas» no son bienvenidos en ningún país del Primer Mundo, salvo que se tenga la suerte de haber obtenido la doble nacionalidad con algún país de la UE.
Otras alternativas pueden ser los cortes de ruta, para lograr algún magro subsidio, o la delincuencia para acceder al queso ajeno y terminar en la cárcel. No todos tienen capacidad para adaptarse a tales cambios, ni para competir por alguna magra porción del lácteo sólido, y sin embargo todos tienen derecho a existir.
Por eso yo, si de fábulas se trata, me quedo con Esopo.
(*) Juez de la Cámara Civil I. Neuquén
anto me ponderaron mis amigos "liberales" el librito de Spencer Jonson M.D. "Quién se ha llevado mi queso", que opté por adquirirlo, y hasta leerlo. Me encontré con una fábula que haría palidecer a Esopo, de la que el lector aguzado puede extraer múltiples moralejas. No se trata, como el título podría sugerirlo, del fenómeno de enorme concentración de la riqueza que afecta a las economías del mundo globalizado, ni de la apropiación en pocas manos de los bienes comunitarios; no, ni Dios lo permita: la fábula intenta enseñar "cómo adaptarnos a un mundo con constante cambio", tal como lo explica el subtítulo de la obra.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios