Rafael Scuteri, el primer patólogo en pisar estas tierras

Nació el 28 de mayo de 1931 en Buenos Aires capital. Hijo de María Cristina Petracca y Antonio Scuteri, ambos italianos. Tuvo un solo hermano, Miguel, 11 años mayor. Su infancia transcurrió junto a ellos en una casa de “pasillo largo” (como él decía) del barrio porteño de Villa Luro: su padre era motorman de tranvía, y de tanto en tanto solía llevar al pequeño Rafael y lo dejaba tocar la campanilla de la bocina.

Hizo la primaria en la Escuela Nº 5 y la secundaria en el Colegio Mariano Moreno de Buenos Aires. En la década del 50 ingresó al servicio de Patología del Instituto de Cirugía de Haedo, donde aprendió técnica histológica y se introdujo en el mundo de la patología, primero como técnico histológico. Ya familiarizado con el mundo médico ingresó a la Facultad de Medicina de Buenos Aires; interrumpió dos años para hacer el servicio militar en la base naval de Puerto Santiago. Luego, siguió estudiando y en 1956 fue nombrado ayudante ad honorem de la cátedra de Anatomía y Fisiología Patológicas de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires.

Al tiempo que trabajaba como técnico histológico del célebre profesor Dr. Eduardo F. Lazcano y hacía guardias en el Instituto de Cirugía de Haedo, se recibió de médico en 1965 y continuó en el Instituto de Haedo haciendo guardias médicas.

Ferviente hincha de Vélez, el club de la “V azulada”, se casó con Alba Theme, maestra, y en 1967 llegó a Neuquén, al hospital provincial a través del ministro de salud Dr. Enrique Benedetti; fue el primer patólogo en pisar el suelo neuquino. Tras algunos años dejó la actividad hospitalaria y comenzó en la práctica privada. En 1976 ingresó como médico de la Policía de Neuquén y ese mismo año compró su casa, en Mendoza 11 esquina Independencia, donde instaló un pequeño laboratorio en uno de los dormitorios. Luego decidió construir en el terreno lindero lo que es hoy el centro de patología: desde la ventana del laboratorio iba viendo progresar la construcción de su laboratorio, el cual estuvo finalizado en 1978.

Fue presidente del Colegio Médico de Neuquén durante dos periodos, desde julio de 1970, reelecto en 1972 hasta 1974. Junto a su primera esposa participaron activamente de la vida rotaria, fue presidente del Rotary Club Mapu de Neuquén y gobernador del distrito 493 del Rotary Internacional en 1990. Con el cirujano mastólogo Jorge Castro y los oncólogos Carlos Vallejo y Bernardo Leone fueron pioneros en trabajar en equipo aplicando los adelantos que surgían décadas atrás en el manejo conservador de la patología mamaria: eran clásicos sus ateneos vespertinos de los viernes, a los que se unía también el Dr. Héctor Pianciola. Fue gran amigo del Dr. Roberto Raña, del Dr. Pedro Moguillansky, del Dr. Carlos Losada, entre tantos otros. Al enfermar Alba dejó de trabajar como médico en la Policía de Neuquén, siguió con su laboratorio; y después y hasta solo hace unos años retomó las tareas de patología forense. Era amante de la fotografía aplicada a la patología y pionero en el uso de las computadoras: su laboratorio tiene el privilegio de haber sido el primer laboratorio de patología en el país en tener computadora. Muchas veces le pidieron desde la sociedad argentina de patología que escribiera al respecto; él decía que era enorme y tan ruidosa que no se podía mantener una conversación cuando estaba encendida.

En 1995, y después de una larga enfermedad, falleció Alba, a quien cuidó con esmero y devoción. Tras cinco años de viudez en el 2000 volvió a casarse, con Patricia Cabaleiro, con la que además compartió profesión y especialidad. Nunca se quiso jubilar de médico patólogo (y no lo hizo). Falleció el 14 de junio de este año, justo el mismo día en que hacía 53 años se matriculaba como médico en esta provincia.

En el Día del Médico lo homenajeamos por haber dejado en este Valle del Río Negro y Neuquén, de la Norpatagonia, sus vastos conocimientos de patología y su pasión por esta profesión tan demandante y satisfactoria.


Nació el 28 de mayo de 1931 en Buenos Aires capital. Hijo de María Cristina Petracca y Antonio Scuteri, ambos italianos. Tuvo un solo hermano, Miguel, 11 años mayor. Su infancia transcurrió junto a ellos en una casa de “pasillo largo” (como él decía) del barrio porteño de Villa Luro: su padre era motorman de tranvía, y de tanto en tanto solía llevar al pequeño Rafael y lo dejaba tocar la campanilla de la bocina.

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