Recuerdo de Einstein

Por Luis F. Gatto (*)

Como ya han señalado destacados científicos, se celebra este año el centenario de la publicación del llamado «paper del siglo» («papel» en lenguaje castizo): «La electrodinámica de los cuerpos en movimiento», de Albert Einstein (Ulm, Alemania, 1879; Princeton, EUA, 1955) en la Revista Annalen der Physik de Berlín, trabajo conocido mundialmente como Teoría de la Relatividad Especial o Restringida. Por este motivo, el actual ha sido considerado como «Año Internacional de la Física». También se cumplió el cincuentenario de la muerte del genial físico, el 18 de abril reciente. Sólo quiero agregar, a lo ya muy bien expuesto, algunos aspectos tal vez no tan conocidos de Albert Einstein.

Así, por ejemplo, durante la escuela secundaria sintió el rigor de la disciplina germana que conspiraba contra su creatividad. Su radicación en Suiza fue para él una liberación. En sus «Notas Autobiográficas» (que prologa diciendo: «Me han pedido que escriba mi propia necrología») publicadas en castellano, en España en 1984, Einstein expresa con la sencillez de un niño que siempre tuvo sentimiento de culpa por haber escrito La Relatividad Especial durante las horas de trabajo, mientras pertenecía a la Oficina de Patentes de Berna. A los que no nos gusta o nunca nos gustó rendir exámenes, el gran genio nos cuenta en ese valioso libro que cuando debió rendir el segundo examen para graduarse en el Politécnico de Zurich, ya que estaban programados dos exámenes por el conjunto de todas las materias, tuvo que aprenderse tantas cosas, tantos datos, que luego de aprobarlo, quedó completamente inútil para investigar durante un año entero. En estas «Notas», por otra parte, sostiene que todas las interacciones (gravitatorias, electromagnéticas y nucleares) van a la velocidad de la luz. Esto no está tan explícito en sus otros numerosos escritos.

El Dr. Cecilio Wainstein, un bondadoso profesor de Física, también músico, contó una vez en el subsuelo del Instituto de Física Platense -donde estaban los laboratorios para la enseñanza- que Einstein durante la Primera Guerra Mundial permanecía concentrado trabajando en medio de los bombardeos. Además del singular poder de concentración que notaba el profesor Wainstein, es de advertir, por lo mismo, que fue un hombre de quietud interior.

En relación con la Física en nuestro país, se suman coincidentemente el cincuentenario del relevante Instituto Balseiro de Bariloche y un importante aniversario de la Asociación Física Argentina, fundada a mediados de los años '40 en la vieja confitería «La Platense» de La Plata, ahora inexistente. Pero también cabe recordar la visita de Albert Einstein a nuestro país, promediados los años '20. «Fue el acontecimiento científico de la década en la Argentina», constó el Dr. José F. Westerkamp, profesor consulto de la UBA, en un libro imperdible que escribió en Holanda en unas vacaciones. Einstein estuvo en Buenos Aires y La Plata. En sus conferencias sólo unos pocos intercambiaron ideas con el reconocido profesor. Uno de ellos era un joven uruguayo, Enrique Loedel, quien había estudiado en la Universidad de La Plata y que dos años después, durante 1927 y 1928, estuvo junto al creador de la Nueva Teoría en la Universidad de Berlín. Einstein dejó su sello de sinceridad al denominar a La Plata como «Brujas, la muerta». Tal vez por la bella arquitectura de sus edificios públicos, que le habrían permitido recordar a esa ciudad belga y, sin duda, por su tranquilidad provinciana de entonces.

Loedel fue un extraordinario profesor de Física. En 1955 publicó su «Física Relativista», quizás el mejor texto en español de la Teoría de Einstein. Se cumplen pues 50 años de ese acontecimiento. Enseñaba la Relatividad con genuina pasión de maestro. Para los que están algo iniciados en el tema, señalo que deducía las llamadas transformaciones de Lorentz- Einstein de sus originales diagramas, conocidos después en libros internacionales como «diagramas de Loedel». Además, no es muy conocida la termodinámica relativista. En su libro, Loedel explica cómo varían, con el movimiento relativo, magnitudes como la temperatura y la cantidad de calor. Mientras que la entropía es lo que s conoce como «un invariante de Lorentz». En el marco de la Relatividad General enseñaba, oportuna e inoportunamente, su «principio de la velocidad parabólica». (Hasta aquí este párrafo, más bien para los que estudian física).

Físicos muy ilustres como José A. Balseiro, Mario Bunge y Ernesto Sábato (que luego de su doctorado en un tema de espectroscopia óptica optó por las letras) que estudiaron en la Universidad de La Plata, no sólo conocieron a Loedel sino que disfrutaron sus magistrales exposiciones. En La Plata se lleva a cabo el principal homenaje a Albert Einstein en nuestro país.

En 1950 Loedel publicó un texto sobre Enseñanza de la Física en el que estimulaba a los profesores a filmar películas para sumar a las clases. Fue con disertaciones del ex rector de la UNC, el reconocido físico de Bariloche, Dr. Oscar J. Bressan, y con un moderno video que recordamos a Albert Einstein en Neuquén por simpática iniciativa de la Dra. Susana Ramos y el Dr. Eduardo Reyes, de la Secretaría de Investigación y el Departamento de Física de la Facultad de Ingeniería. Con el Aula Magna colmada de estudiantes, la mayoría muy joven, y profesores, seguimos la película, clara y documentalmente valiosa. Así es cómo vimos, entre otros hallazgos, el antiguo tocadiscos y el disco en que grabó Einstein lo que dio en llamar su «credo»; fue grabado en Estados Unidos en 1932. Allí expresa que la ciencia, el arte y la religión tratan de indagar el misterio de la naturaleza. Que en su investigación siempre buscó el orden del Universo y trató de explicar su armonía. Y que en todo esto su motivación mayor fue la belleza.

Otro rasgo, tal vez poco conocido, ligado a esta característica, es que Einstein fue un buen intérprete del violín. Gustaba de la música de Mozart. Fue así como recientemente llegado a los Estados Unidos a comienzos de los años '30, exiliado a causa de la persecución de la que era objeto por los antisemitas de Berlín, dio él mismo un concierto en Nueva York para reunir fondos para los judíos refugiados que habían llegado de Alemania. Reunió 10.000 dólares esa noche.

Otro aspecto es que también escribió buenos poemas. En ocasión del tercer centenario de su nacimiento, dedicó a Isaac Newton, en 1942, perfectos octosílabos en alemán con perfecta rima consonante. En ellos reconoce a Newton como su maestro.

Si el gran físico buscó distinguir lo verdadero en la ciencia, y en todo estuvo movido por lo bello, no es menos reveladora su estremecida reflexión luego del exterminio de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945:

«La energía atómica desencadenada ha cambiado todo menos nuestra manera de pensar. La solución de este problema está en el corazón de los hombres». ¿No recuerda esto a las «razones del corazón» de Pascal, notable francés de la Física y la Matemática?

Se ha formado un diálogo hipotético entre Albert Einstein y Sigmund Freud, mediante fragmentos de cartas y testimonios de ambos. Estas personalidades coinciden finalmente en que sólo el amor solidario entre todos nosotros puede liberar a la humanidad de los secuestros, las extorsiones, los asesinatos, las violaciones a la dignidad humana y de la inutilidad de la guerra.

Einstein fue un hombre solitario y humilde. Cuando se creó el Estado de Israel en 1948, le fue ofrecida su presidencia. Al rechazarla argumentó: «La política es lo transitorio. Las ecuaciones son eternas». Mario Bunge cuenta que le escribió para pedirle autorización para publicar todas sus obras en castellano. Einstein le contestó: «Dr. Bunge, no se tome el trabajo. Mi teoría ya ha sido superada».

Acerca de la fe, manifestó en su «Discurso a los americanos» en 1950 que «sin la influencia de la religión la humanidad estaría sometida a una completa barbarie».

Teresa von Brunswick dijo respecto de Beethoven que «junto a los genios están en primer lugar aquellos que saben admirarlos». Nosotros podemos admirar a Albert Einstein de la manera que él, quizá, hubiera preferido: recordando la frase de Tolstoi: «La belleza salvará al mundo».

Esto recuerda, en otro contexto, a Cervantes en El Quijote: «Este es un asunto que puede poner en admiración a toda una universidad».

 

 

                        (*) Doctor en Física y

ex profesor de la UNC.


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