Remedios caseros

Redacción

Por Redacción

No bien la presidenta Cristina Fernández de Kirchner llegó a España, hizo gala de su archiconocida vocación pedagógica al aconsejar al gobierno local hacer frente a la crisis económica con “remedios” muy distintos de los habituales. Según ella, hay que “buscar otros caminos, otras vías, intentar otros remedios, como nos pasa cuando alguien está enfermo”. Tal recomendación se basa en la convicción, es de suponer sincera, de que “los ajustes” siempre son innecesarios porque es perfectamente posible salir de las crisis sin que nadie se vea obligado a gastar menos. ¿En qué consistiría la alternativa indolora propuesta por Cristina? Por desgracia, hasta ahora no ha entrado en detalles pero, a juzgar por la “estrategia” del gobierno que formalmente encabeza, se trataría de dibujar las estadísticas, echar manos a las reservas del Banco Central, defender la producción local erigiendo barreras proteccionistas y administrar dosis homeopáticas de inflación. Es poco probable que los españoles y otros europeos presten demasiada atención a la receta anticrisis kirchnerista. Aunque coincidirían con Cristina en que sería maravilloso que alguien lograra inventar una fórmula que sirviera para permitirles mantener el estilo de vida al que se han acostumbrado, necesitarían algo más que una serie de generalidades pomposas acerca de la falta de imaginación de los economistas y la perversidad del FMI. Su actitud sería diferente si vieran en la Argentina un modelo que les convendría intentar importar, pero sucede que lo que más temen es que se difunda la opinión de que a su propio país le aguarda un destino argentino. En efecto, el motivo principal por el que el primer ministro griego Giorgos Papandreu, el presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero y otros mandatarios europeos se han comprometido a instrumentar ajustes drásticos que podrían condenar a sus respectivos países a años de estancamiento y conflictos sociales consiste precisamente en su voluntad de ahorrárselo. Desde el punto de vista de los europeos, la retórica populista de Cristina y las medidas decididamente heterodoxas que ha tomado su gobierno son típicas de lo que puede pasar en un país que ya ha caído, en el que los dirigentes políticos están más interesados en su propia supervivencia que en el bienestar de sus compatriotas. A pesar de las dificultades enormes que enfrentan, aún se niegan a resignarse a convivir con ellas. Para probar suerte con una “salida” del tipo previsto por nuestra presidenta, los griegos, españoles, portugueses e italianos tendrían que abandonar la Eurozona para entonces devaluar, convertir las deudas en dracmas, pesetas, escudos o liras, apropiarse de una tajada sustancial de los ahorros privados y apostar a que la confusión resultante fuera tan grande, y el miedo a perder todo tan intenso, que la mayoría terminara aceptando su nueva situación. Aunque es posible que andando el tiempo algo así ocurra, a virtualmente nadie en Europa le gusta la idea de verse precipitado en la pobreza extrema en que fueron depositados millones de argentinos por la crisis del 2001 y el 2002. ¿Es bueno para nuestro país que Cristina trate de aprovechar los problemas gigantescos que están agitando a los europeos para reivindicar sus propias teorías económicas? En absoluto. Lejos de dar la impresión de que por fin contamos con un gobierno sensato y realista, les recuerda que quienes manejan la economía argentina son personas a las que les encanta criticar con vehemencia estudiantil las normas que imperan en buena parte del mundo pero que son totalmente incapaces de plantear alternativas prácticas. Así las cosas, los intentos de Cristina de aleccionar a los gobernantes de países en que el ingreso per cápita sigue siendo mucho más alto que el argentino sobre cómo solucionar sus problemas económicos no pueden sino sernos contraproducentes, ya que hacen pensar que no tiene ninguna intención de poner orden en nuestras finanzas anárquicas. Puede que a juicio de nuestra presidenta sea injusto, cruel y escandaloso que en última instancia el nivel de vida de los distintos países dependa de su productividad global, razón por la que los griegos y españoles tendrán que conformarse con menos que los alemanes, pero es inútil procurar modificar dicha realidad desagradable limitándose a denunciarla.


No bien la presidenta Cristina Fernández de Kirchner llegó a España, hizo gala de su archiconocida vocación pedagógica al aconsejar al gobierno local hacer frente a la crisis económica con “remedios” muy distintos de los habituales. Según ella, hay que “buscar otros caminos, otras vías, intentar otros remedios, como nos pasa cuando alguien está enfermo”. Tal recomendación se basa en la convicción, es de suponer sincera, de que “los ajustes” siempre son innecesarios porque es perfectamente posible salir de las crisis sin que nadie se vea obligado a gastar menos. ¿En qué consistiría la alternativa indolora propuesta por Cristina? Por desgracia, hasta ahora no ha entrado en detalles pero, a juzgar por la “estrategia” del gobierno que formalmente encabeza, se trataría de dibujar las estadísticas, echar manos a las reservas del Banco Central, defender la producción local erigiendo barreras proteccionistas y administrar dosis homeopáticas de inflación. Es poco probable que los españoles y otros europeos presten demasiada atención a la receta anticrisis kirchnerista. Aunque coincidirían con Cristina en que sería maravilloso que alguien lograra inventar una fórmula que sirviera para permitirles mantener el estilo de vida al que se han acostumbrado, necesitarían algo más que una serie de generalidades pomposas acerca de la falta de imaginación de los economistas y la perversidad del FMI. Su actitud sería diferente si vieran en la Argentina un modelo que les convendría intentar importar, pero sucede que lo que más temen es que se difunda la opinión de que a su propio país le aguarda un destino argentino. En efecto, el motivo principal por el que el primer ministro griego Giorgos Papandreu, el presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero y otros mandatarios europeos se han comprometido a instrumentar ajustes drásticos que podrían condenar a sus respectivos países a años de estancamiento y conflictos sociales consiste precisamente en su voluntad de ahorrárselo. Desde el punto de vista de los europeos, la retórica populista de Cristina y las medidas decididamente heterodoxas que ha tomado su gobierno son típicas de lo que puede pasar en un país que ya ha caído, en el que los dirigentes políticos están más interesados en su propia supervivencia que en el bienestar de sus compatriotas. A pesar de las dificultades enormes que enfrentan, aún se niegan a resignarse a convivir con ellas. Para probar suerte con una “salida” del tipo previsto por nuestra presidenta, los griegos, españoles, portugueses e italianos tendrían que abandonar la Eurozona para entonces devaluar, convertir las deudas en dracmas, pesetas, escudos o liras, apropiarse de una tajada sustancial de los ahorros privados y apostar a que la confusión resultante fuera tan grande, y el miedo a perder todo tan intenso, que la mayoría terminara aceptando su nueva situación. Aunque es posible que andando el tiempo algo así ocurra, a virtualmente nadie en Europa le gusta la idea de verse precipitado en la pobreza extrema en que fueron depositados millones de argentinos por la crisis del 2001 y el 2002. ¿Es bueno para nuestro país que Cristina trate de aprovechar los problemas gigantescos que están agitando a los europeos para reivindicar sus propias teorías económicas? En absoluto. Lejos de dar la impresión de que por fin contamos con un gobierno sensato y realista, les recuerda que quienes manejan la economía argentina son personas a las que les encanta criticar con vehemencia estudiantil las normas que imperan en buena parte del mundo pero que son totalmente incapaces de plantear alternativas prácticas. Así las cosas, los intentos de Cristina de aleccionar a los gobernantes de países en que el ingreso per cápita sigue siendo mucho más alto que el argentino sobre cómo solucionar sus problemas económicos no pueden sino sernos contraproducentes, ya que hacen pensar que no tiene ninguna intención de poner orden en nuestras finanzas anárquicas. Puede que a juicio de nuestra presidenta sea injusto, cruel y escandaloso que en última instancia el nivel de vida de los distintos países dependa de su productividad global, razón por la que los griegos y españoles tendrán que conformarse con menos que los alemanes, pero es inútil procurar modificar dicha realidad desagradable limitándose a denunciarla.

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