Réquiem para los “malos” seductores

“Breaking Bad” termina en octubre con una maratón.



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Walter White (izq.) lo hace todo por su familia. Dexter (der.) impone su retorcida justicia. Dos personajes que cruzan a la zona oscura.

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La reciente muerte del actor James Gandolfini, que dio vida al mafioso sensible Tony Soprano, y el inminente final televisivo de “Breaking Bad” y de “Dexter”, para muchos el Robin Hood de los “serial killer”, quizás simbolicen el fin de una era en televisión, la que confundió y mezcló en un mismo personaje al bueno y al malo, la que generó que el espectador sintiera simpatía por un cruel criminal.

Dexter Morgan surgió en la serie de Showtime como un experto en análisis de salpicaduras de sangre del Departamento de Policía de Miami que en su tiempo libre se dedicaba a eliminar a asesinos seriales, convirtiéndose él mismo en uno más sofisticado.

Era el “malo” que eliminaba a los “más malos” imponiendo su propia justicia, basada en un rebuscado código impuesto por su padre adoptivo. Esa búsqueda de justicia retorcida llevó a que el público lo aceptara, aunque no se identificara con él. Su falta de emociones, la imposibilidad de conectar con el resto de los humanos lo hizo hasta tierno en las primeras temporadas.

Walter White en “Breaking Bad” es lo opuesto. Es un buen hombre que un principio acepta torcer su convicciones para proteger a su familia.

“Vemos esos personajes y dentro de nosotros pensamos: ‘Ese puedo ser yo o puede ser mi vecino, la persona de al lado”, explicó en una entrevista a DPA Rafael Lima, profesor de guión de cine y series de televisión en la Escuela de Comunicación de la Universidad de Miami.

Ése es, afirma, el secreto del éxito de “Breaking Bad”, una serie aclamada por público y crítica y considerada de culto,

“Se puede demostrar que es el mejor show de la década y que está entre los mejores de la historia de la televisión”, escribió Hank Stuever, crítico del diario “The Washington Post”, situando a “Breaking Bad” por encima incluso de la venerada “The Wire”.

La mezcla de humor, drama y violencia, sus diálogos, su exquisito montaje técnico y la actuación de sus actores, en especial la de Bryan Cranston como Walter White, explican tan grandes elogios, pero sobre todo la identificación con el protagonista.

“Los personajes son todos ángeles caídos, personas corrientes que han caído en un mundo criminal”, afirmó Lima sobre White, padre de familia y anodino profesor de química al que le diagnostican un cáncer terminal y pasa a fabricar y vender metanfetamina llevándose por delante a quien sea necesario.

Una persona normal que cruza al lado oscuro por un buen fin, el de asegurar el futuro económico de su familia cuando muera. La simpatía hacia él, como ocurría con Soprano o con el sangriento Dexter, supone hasta cierto conflicto moral.

“Es imposible tener simpatía con un personaje que es 100 por ciento malo, pero en estos personajes se ve una posibilidad, aún pequeña, de que puedan ser buenos otra vez en algún momento. Ésa es la fórmula mágica”, opinó Lima. “Los personajes contienen el malo y el bueno a la vez. Están contenidos en el mismo personaje”, explicó el profesor sobre la disolución de los roles clásicos. (DPA-Redacción Central)


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