Revés previsible
Editorial
Aunque parecería que hasta la noche del miércoles pasado el presidente Fernando de la Rúa y su colaborador principal Domingo Cavallo esperaban que una vez más el FMI los premiaría por su buena voluntad, pasando por alto el hecho evidente de que no habían cumplido con todo lo pactado, fuera de la Argentina era un secreto a voces que en esta ocasión el organismo se negaría a desembolsar el dinero previsto que le hubiera permitido al gobierno mantener satisfechos a los acreedores más importantes. Es que desde el punto de vista del FMI, no serviría para nada continuar perdonando a un país que por las razones que fueran rehúsa ordenar sus cuentas, actitud «dura» que, claro está, indigna sobremanera a políticos como el nuevo titular de la UCR, Angel Rozas, quien cree que el gobierno, que sí ha procurado cumplir, merecía un trato más bondadoso. Dicha reacción, como las palabras similares proferidas por ciertos dirigentes y los repudios formulados por otros, se inspiró en la idea ya generalizada de que por ser el FMI un participante más de la interna argentina su deber consiste en apoyar al presidente contra el ala política de turno. Sin embargo, en el FMI mismo no se nota demasiado interés por desempeñar tal papel: lo que quieren los gerentes actuales de la institución es que la Argentina no sólo se comprometa a emprender aquellas reformas que sean necesarias para que el país siga funcionando, lo cual le sería muy fácil, sino que también las lleve a cabo, lo que le resultaría sumamente difícil porque, como es notorio, el grueso de la clase política y todos los sindicalistas se han convencido de que les corresponde luchar con uñas y dientes contra cualquier paquete de medidas que haya recibido el aval de las instituciones internacionales.
Para los muchos que se han acostumbrado a creer que el FMI siempre acudiría a la ayuda de un gobierno «liberal» -y todos los gobiernos argentinos, sin excluir al liderado por Raúl Alfonsín, lo han sido a ojos de la mayoría de los políticos-, la decisión de demorar y quizás cancelar la entrega de los fondos esperados constituyó un golpe traicionero que ha puesto fin a la convertibilidad y que bien podría inaugurar un período de caos y de miseria creciente. Aunque es evidente que a ciertos sindicalistas y políticos dicha perspectiva no les parece del todo preocupante -de otro modo, sería imposible entender los motivos de su «lucha» furiosa contra el FMI-, es de suponer que buena parte de nuestros «dirigentes» preferiría que la «salida» de esta fase alarmante de la crisis resultara menos peligrosa. De ser así, les convendría entender que ya no está en juego nada más que el destino de un presidente poco carismático, de un ministro de Economía muy controvertido o los méritos comparativos de la convertibilidad, la dolarización o una devaluación, sino que se trata del futuro de la Nación. Por lo tanto, es responsabilidad de todos aquellos que ocupan posiciones relevantes, sean éstos políticos o no, actuar con mesura, resistiéndose a la tentación de procurar aprovechar en beneficio propio los problemas gravísimos existentes que, debería ser innecesario decirlo, son del país, no «de De la Rúa» o «de Cavallo». Sin embargo, en las horas que siguieron a la difusión de la negativa del FMI virtualmente todos los políticos, con los radicales a la cabeza, reaccionaron como ya les es rutinario, intentando socavar lo que queda de la autoridad del presidente y disparando los dardos habituales contra la figura del ministro de Economía, confirmando de este modo la conclusión ya alcanzada por el FMI de que los acuerdos solemnes que se celebren con el gobierno nacional valdrán muy poco a menos que los ratifique, con sinceridad y convicción, una proporción significativa de la clase política del país. Es que en última instancia, el desenlace del drama que estamos viviendo no depende ni del FMI ni de la astucia de Cavallo. Depende de la sociedad en su conjunto, pero especialmente de los muchos políticos que, bien que mal, son sus representantes formales, lo cual significa que además de actuar como voceros de la bronca que tantos sienten les incumbe tratar de comportarse como dirigentes de verdad.
Aunque parecería que hasta la noche del miércoles pasado el presidente Fernando de la Rúa y su colaborador principal Domingo Cavallo esperaban que una vez más el FMI los premiaría por su buena voluntad, pasando por alto el hecho evidente de que no habían cumplido con todo lo pactado, fuera de la Argentina era un secreto a voces que en esta ocasión el organismo se negaría a desembolsar el dinero previsto que le hubiera permitido al gobierno mantener satisfechos a los acreedores más importantes. Es que desde el punto de vista del FMI, no serviría para nada continuar perdonando a un país que por las razones que fueran rehúsa ordenar sus cuentas, actitud "dura" que, claro está, indigna sobremanera a políticos como el nuevo titular de la UCR, Angel Rozas, quien cree que el gobierno, que sí ha procurado cumplir, merecía un trato más bondadoso. Dicha reacción, como las palabras similares proferidas por ciertos dirigentes y los repudios formulados por otros, se inspiró en la idea ya generalizada de que por ser el FMI un participante más de la interna argentina su deber consiste en apoyar al presidente contra el ala política de turno. Sin embargo, en el FMI mismo no se nota demasiado interés por desempeñar tal papel: lo que quieren los gerentes actuales de la institución es que la Argentina no sólo se comprometa a emprender aquellas reformas que sean necesarias para que el país siga funcionando, lo cual le sería muy fácil, sino que también las lleve a cabo, lo que le resultaría sumamente difícil porque, como es notorio, el grueso de la clase política y todos los sindicalistas se han convencido de que les corresponde luchar con uñas y dientes contra cualquier paquete de medidas que haya recibido el aval de las instituciones internacionales.
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