Río Negro Online / Opinión
Si bien, como dicen sin mucha convicción los voceros norteamericanos, cincuenta gobiernos apoyan la «coalición» que está reemplazando al régimen iraquí por otro un tanto más amable que el liderado por Saddam Hussein y sus hijos, acaso los únicos países en los que la mayoría ha estado en favor de la guerra o, por lo menos, neutral, hayan sido Estados Unidos, el Reino Unido y Australia. De no ser por el peso del Québec francófono, Canadá se incluiría en esta lista muy breve. Fuera de lo que algunos se han dado en llamar «la Angloesfera» -y que, se supone, se ve resumido por lo que ciertos peronistas denominaban «la sinarquía», es decir, los países por lo común anglohablantes que comparten los valores liberales que subyacen en la tradición británica-, la hostilidad tanto elitista como popular contra la incursión anglonorteamericana es feroz. ¿Se trata sólo de la reacción natural de gente más impresionada por la muerte de civiles que por las razones ensayadas por Washington y Londres donde señalan que Saddam Hussein fue un dictador ambicioso y brutal que, además de torturar y asesinar a centenares de miles de sus propios compatriotas, quería adquirir cuanto antes los medios nucleares, químicos y biológicos que le hubieran permitido erigirse en una especie de Hitler o Stalin panárabe? En parte, tal vez, pero llama la atención que en tantos países el neopacifismo se haya alimentado de viejos rencores históricos. Aquí, se compara a Irak con las Malvinas y el Virreinato de la Plata de tiempos de las invasiones inglesas. En Francia muchos se han puesto a hablar de Napoleón, cuando no de la ubicuidad de McDonald»s y de la influencia de Hollywood. En Alemania se recuerdan los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Parecería que en casi todos los países occidentales se ha visto rechazada la tesis según la cual el planeta se deslizaba hacia un «choque de civilizaciones» en el que el encontronazo más violento sería el provocado por la agresividad autocompasiva musulmana contra las demás sociedades. Para la mayoría, la lucha tradicional contra el imperialismo sajón, o sea, contra uno solo de los muchos imperialismos -entre ellos, el árabe, el chino, el ruso, el francés, el español y el portugués- que dibujaron el mapamundi actual, dista de haber terminado. Puede que sea cuestión de una fase pasajera, que muy pronto todo vuelva a ser como antes, pero esto no es demasiado probable. Por cierto, en adelante ningún norteamericano o británico podrá olvidar que, de contar con un pretexto adecuado, buena parte del planeta se pondrá a manifestarle su odio hacia su forma de ver las cosas. Para indignación de los convencidos de que los anglonorteamericanos son intrínsecamente malignos, algunos medios de comunicación estadounidenses consideraron más dignos de subrayar los avances fulminantes militares que las «matanzas de civiles» atribuidas, a veces erróneamente, a las bombas aliadas. Pero puesto que en todas partes se producen tragedias comparables, llenar repetidamente las primeras planas de un diario o la sección principal de un noticiero televisivo con detalles sobre una, pasando por alto todas las demás, siempre presupone una elección. Mientras caían las bombas sobre Bagdad y Basora, grupos islámicos asesinaban adrede a cantidades decididamente mayores de hindúes en Cachemira y cristianos en Filipinas. De haber optado por mirar la actualidad a través del prisma sugerido por los teóricos del «choque de civilizaciones», los medios latinoamericanos, europeos y anglonorteamericanos podrían haber encabezado día a día las noticias con informes horrorizados sobre las matanzas a menudo terribles perpetradas por islamistas. No lo hicieron porque, con buen criterio, no querían sembrar el odio religioso. En cambio, cuando les toca atizar la hostilidad contra Estados Unidos, muchos no se sienten cohibidos en absoluto. Antes bien, creen que hacerlo es defender todo cuanto es bueno. Asimismo, durante un par de semanas algunos tomaron cualquier traspié militar menor por evidencia de que los leales a Saddam Hussein estaban en vías de anotarse un triunfo fabuloso que, desde luego, sería celebrado con júbilo por medio planeta que no se preocuparía en absoluto por el destino de las muchas víctimas iraquíes de la ira del dictador. A juicio de algunos, el estallido antinorteamericano y en menor medida antibritánico se ha debido a una combinación de sentimientos nacionalistas siempre latentes, la voluntad de marxistas despechados de devolver los golpes que les ha asestado la historia, el temor nada irracional al espectáculo brindado por el poderío estadounidense y la personalidad antipática del «vaquero» George W. Bush. No se habrán equivocado, pero también ha incidido la sensación difundida de inquietud que parece propia del mundo que se ha articulado en torno de la larga supremacía anglosajona que se inició a comienzos del siglo XIX con la derrota definitiva de Francia y que, gracias al vigor alarmante de Estados Unidos, parece destinada a afianzarse cada vez más en los próximos años. Por supuesto, los norteamericanos insisten en que son buenas personas, que lo único que quieren es que todos estén libres y que sean riquísimos, pero aun cuando no hubiera motivo alguno para cuestionar su sinceridad, su propio protagonismo insolente no podría sino enfurecer a los demás. Lejos de conciliar a los pueblos de otros países a la hegemonía estadounidense, el que se haya basado en actitudes relativamente benignas -en este contexto, el famoso Plan Marshall fue emblemático- ha servido para intensificar su rencor. Es por eso que en países como Francia y Alemania la reacción furibunda de «la calle» contra lo que conforme a las pautas contemporáneas ha sido una guerra bastante limitada ha comenzado a preocupar a quienes recuerdan las formas asumidas en el pasado por la anglofobia, un sentimiento estrechamente relacionado con el antinorteamericanismo actual. Entienden que el repudio en ocasiones plenamente justificado contra distintas iniciativas suele ampliarse hasta transformarse en el rechazo a todo lo vinculado con la sociedad odiada, como el liberalismo económico, el libre comercio que en nuestra época ha dado pie a «la globalización», la libertad de expresión e incluso la democracia como la única forma legítima de organización política. Como señaló en un artículo publicado en «Le Monde» un pensador francés, el pacifismo militante ha sido históricamente «filototalitario» y lo que quienes están organizando las manifestaciones masivas que se celebran todos los días en París y otras ciudades quieren ocultar es que Francia -y Alemania- deben a los norteamericanos todas sus libertades actuales. Igualmente llamativa en su opinión ha sido la semejanza de las consignas antiisraelíes, antiinglesas y antinorteamericanas que están en boga con las utilizadas por la «propaganda Vichy-Nazi» cuando era rutinario denunciar con pasión los bombardeos aliados a fin de desviar la atención de la inhumanidad sistemática de las dictaduras totalitarias. Cuando hace poco más de diez años el norteamericano Francis Fukuyama especulaba que la historia, en un sentido hegeliano, había culminado con el triunfo definitivo del «modelo» capitalista democrático no porque se hubiera consolidado en todas partes sino porque nadie podría pensar en algo mejor, la irritación ocasionada por su planteo era mucho más aleccionadora que los reparos meramente filosóficos. Mostró que al grueso de los intelectuales, sobre todo en Francia, España y América Latina, le pareció indignante la mera idea de que en adelante el mundo sería cada vez más capitalista y democrático, es decir, que un «modelo» equiparable no necesariamente con el norteamericano sino más bien con el sueco propendía a universalizarse. Aunque pocos lo confesaron, la nostalgia por formas políticas y económicas totalitarias era mucho más fuerte de lo que los optimistas, estimulados por la implosión del comunismo, habían creído. A juzgar por el antinorteamericanismo volcánico que desató el ataque contra Saddam Hussein, tales sentimientos no se han debilitado. Por el contrario, podrían estar cobrando fuerza, lo cual, de resultar cierto, garantizaría que los próximos años sean tan tétricos como los de mediados del siglo pasado.
Si bien, como dicen sin mucha convicción los voceros norteamericanos, cincuenta gobiernos apoyan la "coalición" que está reemplazando al régimen iraquí por otro un tanto más amable que el liderado por Saddam Hussein y sus hijos, acaso los únicos países en los que la mayoría ha estado en favor de la guerra o, por lo menos, neutral, hayan sido Estados Unidos, el Reino Unido y Australia. De no ser por el peso del Québec francófono, Canadá se incluiría en esta lista muy breve. Fuera de lo que algunos se han dado en llamar "la Angloesfera" -y que, se supone, se ve resumido por lo que ciertos peronistas denominaban "la sinarquía", es decir, los países por lo común anglohablantes que comparten los valores liberales que subyacen en la tradición británica-, la hostilidad tanto elitista como popular contra la incursión anglonorteamericana es feroz. ¿Se trata sólo de la reacción natural de gente más impresionada por la muerte de civiles que por las razones ensayadas por Washington y Londres donde señalan que Saddam Hussein fue un dictador ambicioso y brutal que, además de torturar y asesinar a centenares de miles de sus propios compatriotas, quería adquirir cuanto antes los medios nucleares, químicos y biológicos que le hubieran permitido erigirse en una especie de Hitler o Stalin panárabe? En parte, tal vez, pero llama la atención que en tantos países el neopacifismo se haya alimentado de viejos rencores históricos. Aquí, se compara a Irak con las Malvinas y el Virreinato de la Plata de tiempos de las invasiones inglesas. En Francia muchos se han puesto a hablar de Napoleón, cuando no de la ubicuidad de McDonald"s y de la influencia de Hollywood. En Alemania se recuerdan los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Parecería que en casi todos los países occidentales se ha visto rechazada la tesis según la cual el planeta se deslizaba hacia un "choque de civilizaciones" en el que el encontronazo más violento sería el provocado por la agresividad autocompasiva musulmana contra las demás sociedades. Para la mayoría, la lucha tradicional contra el imperialismo sajón, o sea, contra uno solo de los muchos imperialismos -entre ellos, el árabe, el chino, el ruso, el francés, el español y el portugués- que dibujaron el mapamundi actual, dista de haber terminado. Puede que sea cuestión de una fase pasajera, que muy pronto todo vuelva a ser como antes, pero esto no es demasiado probable. Por cierto, en adelante ningún norteamericano o británico podrá olvidar que, de contar con un pretexto adecuado, buena parte del planeta se pondrá a manifestarle su odio hacia su forma de ver las cosas. Para indignación de los convencidos de que los anglonorteamericanos son intrínsecamente malignos, algunos medios de comunicación estadounidenses consideraron más dignos de subrayar los avances fulminantes militares que las "matanzas de civiles" atribuidas, a veces erróneamente, a las bombas aliadas. Pero puesto que en todas partes se producen tragedias comparables, llenar repetidamente las primeras planas de un diario o la sección principal de un noticiero televisivo con detalles sobre una, pasando por alto todas las demás, siempre presupone una elección. Mientras caían las bombas sobre Bagdad y Basora, grupos islámicos asesinaban adrede a cantidades decididamente mayores de hindúes en Cachemira y cristianos en Filipinas. De haber optado por mirar la actualidad a través del prisma sugerido por los teóricos del "choque de civilizaciones", los medios latinoamericanos, europeos y anglonorteamericanos podrían haber encabezado día a día las noticias con informes horrorizados sobre las matanzas a menudo terribles perpetradas por islamistas. No lo hicieron porque, con buen criterio, no querían sembrar el odio religioso. En cambio, cuando les toca atizar la hostilidad contra Estados Unidos, muchos no se sienten cohibidos en absoluto. Antes bien, creen que hacerlo es defender todo cuanto es bueno. Asimismo, durante un par de semanas algunos tomaron cualquier traspié militar menor por evidencia de que los leales a Saddam Hussein estaban en vías de anotarse un triunfo fabuloso que, desde luego, sería celebrado con júbilo por medio planeta que no se preocuparía en absoluto por el destino de las muchas víctimas iraquíes de la ira del dictador. A juicio de algunos, el estallido antinorteamericano y en menor medida antibritánico se ha debido a una combinación de sentimientos nacionalistas siempre latentes, la voluntad de marxistas despechados de devolver los golpes que les ha asestado la historia, el temor nada irracional al espectáculo brindado por el poderío estadounidense y la personalidad antipática del "vaquero" George W. Bush. No se habrán equivocado, pero también ha incidido la sensación difundida de inquietud que parece propia del mundo que se ha articulado en torno de la larga supremacía anglosajona que se inició a comienzos del siglo XIX con la derrota definitiva de Francia y que, gracias al vigor alarmante de Estados Unidos, parece destinada a afianzarse cada vez más en los próximos años. Por supuesto, los norteamericanos insisten en que son buenas personas, que lo único que quieren es que todos estén libres y que sean riquísimos, pero aun cuando no hubiera motivo alguno para cuestionar su sinceridad, su propio protagonismo insolente no podría sino enfurecer a los demás. Lejos de conciliar a los pueblos de otros países a la hegemonía estadounidense, el que se haya basado en actitudes relativamente benignas -en este contexto, el famoso Plan Marshall fue emblemático- ha servido para intensificar su rencor. Es por eso que en países como Francia y Alemania la reacción furibunda de "la calle" contra lo que conforme a las pautas contemporáneas ha sido una guerra bastante limitada ha comenzado a preocupar a quienes recuerdan las formas asumidas en el pasado por la anglofobia, un sentimiento estrechamente relacionado con el antinorteamericanismo actual. Entienden que el repudio en ocasiones plenamente justificado contra distintas iniciativas suele ampliarse hasta transformarse en el rechazo a todo lo vinculado con la sociedad odiada, como el liberalismo económico, el libre comercio que en nuestra época ha dado pie a "la globalización", la libertad de expresión e incluso la democracia como la única forma legítima de organización política. Como señaló en un artículo publicado en "Le Monde" un pensador francés, el pacifismo militante ha sido históricamente "filototalitario" y lo que quienes están organizando las manifestaciones masivas que se celebran todos los días en París y otras ciudades quieren ocultar es que Francia -y Alemania- deben a los norteamericanos todas sus libertades actuales. Igualmente llamativa en su opinión ha sido la semejanza de las consignas antiisraelíes, antiinglesas y antinorteamericanas que están en boga con las utilizadas por la "propaganda Vichy-Nazi" cuando era rutinario denunciar con pasión los bombardeos aliados a fin de desviar la atención de la inhumanidad sistemática de las dictaduras totalitarias. Cuando hace poco más de diez años el norteamericano Francis Fukuyama especulaba que la historia, en un sentido hegeliano, había culminado con el triunfo definitivo del "modelo" capitalista democrático no porque se hubiera consolidado en todas partes sino porque nadie podría pensar en algo mejor, la irritación ocasionada por su planteo era mucho más aleccionadora que los reparos meramente filosóficos. Mostró que al grueso de los intelectuales, sobre todo en Francia, España y América Latina, le pareció indignante la mera idea de que en adelante el mundo sería cada vez más capitalista y democrático, es decir, que un "modelo" equiparable no necesariamente con el norteamericano sino más bien con el sueco propendía a universalizarse. Aunque pocos lo confesaron, la nostalgia por formas políticas y económicas totalitarias era mucho más fuerte de lo que los optimistas, estimulados por la implosión del comunismo, habían creído. A juzgar por el antinorteamericanismo volcánico que desató el ataque contra Saddam Hussein, tales sentimientos no se han debilitado. Por el contrario, podrían estar cobrando fuerza, lo cual, de resultar cierto, garantizaría que los próximos años sean tan tétricos como los de mediados del siglo pasado.
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