Roca fue una cruz para la Iglesia
En su trabajo más reciente, el historiador se adentra en el destino de los aborígenes tras la Campaña al Desierto. Y en una controversia con la Iglesia que llegó lejos.
Entrevista a Enrique Mases, autor de “Estado y cuestión indígena”
El historiador Enrique Mases busca en su reciente libro (editado por Prometeo) desentrañar el destino final de los indígenas sometidos durante la Campaña al Desierto, una cuestión que trata con impecable rigor tanto en el manejo de fuentes como en sus reflexiones y las que promueve en el lector. Pero en ese marco la investigación despliega con el mismo rango de calidad la controversia que sobre el tratamiento a los indígenas entablaron por un lado el sistema político que liderado por Julio Roca comenzaba en 1880 y vía mano dura a construir el Estado nacional y, por el otro, la Iglesia Católica argentina. Un estamento que fue enfrentado firmemente por el roquismo, que finalmente decidió podar el poder de decisión que el clero tenía en el campo de lo público desde los días de la colonia.
Sobre este entrevero se explayó en esta entrevista, procurando así la reflexión sobre la existencia de un poder –la Iglesia– que hoy vuelve a resignar posiciones en una Argentina cada vez más laica, al menos en lo que al manejo del Estado se refiere.
–Primero, una pregunta destinada a dar un marco conceptual a la entrevista: ¿cree que toda religión, por encima de su contenido metafísico, es un sistema de poder, de control social; “un aparato ideológico” destinado a dominar, como decía Gramsci?
–Sí, son eso. No hay duda.
Dos lecturas
–La pregunta viene a cuento porque su libro, en alguna medida, brinda la posibilidad de dos lecturas. Una, la cuestión indígena, la religión católica y lo militar en todo ese maridaje. Otra revela la fuerza que tuvo el laicismo en la conformación del Estado nacional a partir de esa campaña. ¿Fue un efecto querido por parte de la política o la consecuencia inesperada de cierta dialéctica?
–Fue un efecto querido. Hizo a la cultura y la ideología con que Julio Roca llegó a presidente y la necesidad de construir un Estado laico. Fue un tiempo signado por fuerte anticlericalismo… es más, no es aventurado afirmar que en ese grupo de poder había razones para señalar que Roca no expresaba un anticlericalismo radical, postura que sí asumía –por darle un caso– Antonio del Viso, su ministro del Interior. La Iglesia Católica acompañó la denominada Campaña al Desierto porque le era funcional –para eso llegan los salesianos de Don Bosco a la Argentina– al dictado onírico de colonizar espiritualmente a los indígenas. Don Bosco estaba buscando en el lejano Oriente, en África, dónde colocar su ejército de misioneros cuando le llega la invitación de Argentina de arrancar para estas latitudes.
(Continúa en la página 24)
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
(Viene de la página 23)
–¿Qué visión se forma Don Bosco desde Turín en relación con el indígena de la Patagonia?
–Su mirada en nada difiere de la que sobre esta cuestión tienen Sarmiento, Roca o Wilde, por ejemplo. Son miradas teñidas por las ideas de la época más allá de que, para Bosco, se trate de la Iglesia Católica. Esas miradas dicen que quienes habitan la Patagonia son salvajes, con lo cual hay que ocupar ese espacio y “civilizar” a los indígenas. En el cómo civilizar y quién tiene que civilizar es donde se bifurcan la cruz evangelizadora por un lado y la espada que conquista el espacio con respaldo político por el otro. El Estado nacional que se va conformando alrededor de esta campaña dice que civiliza el poder militar, al menos en una primera etapa. Y define además un método de incorporación: la distribución del indígena en centros urbanos e integrarlos a la sociedad a través del trabajo y así, lentamente, adquirir los hábitos civilizatorios. En oposición a esta política, la Iglesia Católica, a través de los salesianos, plantea que es ella la que debe asumir el integrar a los indígenas mediante la difusión del Evangelio y un sistema de colonias agrícolas-pastoriles en algunos casos o las escuelas de artes y oficios, especialmente para los niños indígenas. En esencia, ésta es la razón de la fractura que se da, en esta cuestión, entre el Estado nacional que organiza Roca y la Iglesia Católica.
–¿Cuál es el marco, la razón en todo caso, para que el poder roquista se mantenga en sus siete?
–Con las necesidades que planteaba la organización del Estado nacional dibujada por la elite de aquel momento. La conquista del desierto, la eliminación de las fronteras interiores, forman parte de un proceso de construcción de un país –en el marco de un ingreso dinámico al capitalismo– que requería un ejercicio firme de la soberanía. Y eso requería ejercicio firme del poder, poder que no podía permitirse verse menguado de esa soberanía por parte de ningún otro poder.
–O sea, la colisión con la Iglesia Católica fue un tema de poder.
–Naturalmente. El andamiaje ideológico que sustentaba la construcción del Estado nacional requería incluso de la homogeneización cultural del país, de ahí la ley 1420 de Educación, que tanto irritó a la Iglesia Católica. Aquella construcción requería disciplina, orden, no compartir nada de lo que tuviera que ver con el ejercicio del poder público. De ahí la derrota del proyecto de Carlos Tejedor, López Jordán, etcétera.
–¿El 80, en tanto proyecto político, implica la primera derrota que sufre la Iglesia Católica? En esta cuestión hay que reconocer que ya Bernardino Rivadavia había intentado poner en caja ese poder.
–Absolutamente en relación con lo primero. En cuanto a lo segundo, las iniciativas de Rivadavia fueron una gota en un océano, no tuvieron continuidad. Rosas, por ejemplo, tuvo una Iglesia Católica leal. Además, Rivadavia tuvo un poder importante, pero en el marco de una política muy condicionada por la guerra civil, poder muy distribuido, todo lo cual conspiró en contra de muchas de sus decisiones, ideas. El 80, en cambio, avanza firme y duramente en la construcción de poder. En ese camino, a toda velocidad, poda el poder de la Iglesia. La Ley de Matrimonio Civil, la creación del Registro Civil, la ley 1420… y cuando la iglesia chilla, Roca aprieta. Rompe relaciones con el Vaticano, echa del país al Nuncio Apostólico… Es que el poder de la Iglesia era impresionante. Un ejemplo: hasta 1884, el único documento de un ciudadano era la Fe de Bautismo. No había un documento emitido por el Estado. Y la Fe de Bautismo servía no sólo como identidad sino que avanzaba sobre lo material porque todo lo concerniente a herencias remitía a ese documento para determinar el parentesco. No decidía el Estado; mandaba la Iglesia. Su poder sobre la sociedad no sólo era burocrático-religioso: era también económico, porque cobraba por todo, hasta por el manejo de los entierros.
–Usted habla de furor anticlerical en la Argentina de los 80. Pero insinúa que en todo caso recogen y ponen en valor de práctica concreta de poder toda una línea de pensamiento cuestionadora del clericalismo que venía de los 70. ¿A esas líneas les había faltado Roca para ser poder concreto?
–No reflexiono el tema desde ese lado. Sí de la existencia –especialmente en Buenos Aires– de corrientes liberales, masónicas y otras que se incorporan con la llegada creciente de la inmigración. Gente definidamente decidida a que la Iglesia Católica ocupase el lugar confesional que le cabe y no intentara manejar el país. Grupos que la enfrentan incluso en el terreno de los hechos: la quema del Colegio de El Salvador, por ejemplo. Incluso antes del 80 había mucha prensa anticlerical que luego tuvo expresiones muy importantes como “El Librepensador” y “La Tribuna Nacional”.
–Hace un momento usted me dijo que en relación con otros miembros de su poder Roca era por momentos más flexible en relación con posiciones de la Iglesia. Sin embargo en su libro emerge como con vocación churchilliana: no ceder en nada. ¿Cómo es esto?
–No se confunda, vuelva a leer el libro. Que Roca escuchara o leyese los reclamos de los salesianos en materia de la cuestión indígena no significaba que cediese. Tenía, además, a Antonio del Viso como ministro del Interior, que en materia de anticlericalismo era duro de toda dureza. Incluso Roca, en relación con el conflicto con la Iglesia, redobla apuestas. Le doy un caso. Tenía católicos en su gabinete: uno era Pizarro, que cuando el conflicto se agudiza, renuncia porque era muy católico y lo reemplaza por Wilde, anticlerical de madera dura.
–Tras sufrir la Nación católica que montaron nacionalistas, militares y la Iglesia Católica en la década de 1930 y que de prepo fundó la convicción de que la patria era la cruz y la espada, ¿marchamos finalmente hacia un Estado cada vez más laico?
–No tengo dudas, y ése es uno de los datos más interesantes que arroja nuestra marcha en democracia.
Entrevista a Enrique Mases, autor de “Estado y cuestión indígena”
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