Rumbo a octubre, de la peor manera

Las protestas del 18 A y las marchas en contra de la reforma judicial plantean interrogantes de cada a los comicios legislativos de octubre. La opinión de los analistas.

Por Redacción

Sí, de la peor manera. Bajo una creciente y uniformemente acelerada polarización política. Inquietante aceleramiento. Quizá un marchar a extremos que pulvericen lo que queda de convivencia. Que no es poco, es cierto. Tan cierto como que día a día se esmerila. Así marcha la sociedad argentina rumbo a las elecciones parlamentarias de octubre. No son, también es cierto, dos Argentinas. No, nada de parecido con aquel país del terrible, del sangriento 1955. La última cruel polarización que se retroalimentó por un tiempo largo y tan destructivo que aún permanece en millones de memorias. Pero el presente político alienta agrietamiento de la cohesión social. Por primera vez en 30 años de democracia cruje larga y persistentemente la convivencia. Todo en un país con densa historia de trágicos desencuentros.

Manda la intolerancia, que hunde sus raíces en los fondos más profundos de la vida del país. Y que desde siempre es “nuestra vieja conocida, siempre lista para abonar la polarización”, solía decir Carlos Floria.

El trámite político se define más por la diatriba y la destrucción de la palabra que por un rango parejo en el manejo de ideas. Más por la predisposición a la colisión rápida y agresiva que por hacer de la política un hecho creativo.

Así baja hacia el conjunto la imagen del trámite político como tal. La génesis de esta marcha hacia la polarización tiene al kirchnerismo como centralidad. Ocupó el primer año de su década en el gobierno en recuperar acertadamente la imagen presidencial, abollada duramente por la crisis del 2001.

Luego definió claramente por dónde iría su derrotero: no le interesa la política, sólo el poder. La política lo demora. Lo obliga. Implica el “no siempre salirse con la de uno, que suele ser peligroso”, sentenciaba el hombre que desde el régimen conservador negoció mano a mano con Yrigoyen la ley Sáenz Peña: Indalecio Gómez.

Nada más palmario para ilustrar esta ambición de poder que el lema con que se movieron las últimas campañas electorales del kirchnerismo: “Vamos por todo”.

Palanqueado por esta convicción, el kirchnerismo atropelló el sistema político. Violentó la Constitución nacional. Mintió. Falseó datos. Distorsionó responsabilidades que generaron sangre: el accidente de Once. Defendió lo racionalmente indefendible. Cubrió miserias propias vía la impunidad que tuvo a su disposición en éste o aquel plano del sistema judicial.

El kirchnerismo sembró furias. Cosecha furias.

En algunos casos, provenientes de intereses que afectó y cuya existencia en tanto cuota de poder el kirchnerismo pone bajo cuestión.

En otros, el grueso del malestar llega de gente que sólo aspira a que el kirchnerismo no la use. No le mienta. No la descarte por pensar distinto. No la agreda chillando que “la inflación es un invento de la oposición”. Tan invento como la inseguridad.

Con todo el poder que acumuló legítimamente en sus días de gloria, con el respaldo que recogió, el kirchnerismo pudo ejercer el poder en otros términos. Y llegar a su década con pulmones sin necrosis.

Pero, como en aquellos grupos de los 60 que sólo creían en la vanguardia como vector para llegar al poder, se hizo política. Ahora, los problemas.

Así, en sencillo, se explica la causa primera, la más determinante de la polarización que jaquea a la sociedad argentina.

Y en esto la figura presidencial ha sido, en clave a lo discursivo, un fogoneo tenaz de polarización.

Hace más de seis años, en un ensayo impecable, Beatriz Sarlo sostenía que en manos del kirchnerismo la presidencia –en aquel momento en manos de Néstor Kirchner– parecía destinada, en materia de estilo discursivo, a repetirse en una única dirección:

• Máquina de diatribas contra todo lo que le es distinto.

• Desmerecer vía ese recurso el lugar presidencial. Un espacio que Sarlo define de “ejemplar y único institucionalmente”. Sitio que “no puede ser usado para peleas de compadrito, como si la defensa de los intereses del pueblo habilitara no para ser decidido al enfrentar los problemas, sino para mostrarse brutal en cualquier circunstancia, incluso en encontronazos menores que podrían ser encarados por cualquiera de los apóstoles que lo rodean, si es que fuera necesario”.

En aquel trabajo Sarlo ignoraba “cuánto de esto pasará a la historia” del gobierno de Néstor Kirchner.

Seguramente si Sarlo volviese sobre el tema ahora, en tiempos de Cristina, aceptaría que aquel estilo está tan vigente como en el 2006. Que la transferencia fue maniáticamente prolija. Aunque tenga voz y perfume de mujer.

La reciente protesta del 18 A, sumada a la movilización que generó la aprobación del paquete de reformas judiciales, plantea interrogantes sobre los efectos que tendrá este clima político en las próximas elecciones internas de agosto y las legislativas de octubre. Los analistas tienen diversas interpretaciones.

Carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

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(Sigue en la página 24))