Carne y fruta, la dieta perfecta: la familia de Villa Regina que tiene su fuerte en la fruticultura, pero ahora ya cosecha los primeros premios con sus ejemplares Angus

Mauro Cicive forma parte de una empresa familiar con fuerte trayectoria en la fruticultura. En paralelo, una actividad que comenzó en 2014 con unas pocas vacas de descarte fue creciendo hasta convertirse en un proyecto ganadero que hoy incluye cría, recría, engorde y el nacimiento de una cabaña Angus.

Por Miguel Vergara

Mauro Cicive, en la Expo Rural del Alto Valle.

En Villa Regina, la diversificación productiva puede tener muchas formas. Para la familia Cicive, comenzó casi sin proponérselo. La actividad principal que desarrolla el grupo sigue siendo la fruticultura, que ya viene de generaciones anteriores. Pero, en paralelo, hace poco más de una década apareció la ganadería.

Lo que empezó en 2014 con unas 20 vacas viejas, casi como un hobby de su padre, Sergio Cicive, fue creciendo con el tiempo. Primero llegó el engorde, después la cría y la recría y, más recientemente, el interés por las exposiciones y la genética.

Mauro Cicive tiene 34 años y trabaja junto a su padre y su hermano Leonel. En la empresa familiar, cada uno fue encontrando su lugar. Mauro está vinculado especialmente con la producción, el galpón de empaque, el frigorífico y la comercialización de la fruta, mientras su hermano acompaña el trabajo en las chacras y su padre continúa ocupándose de buena parte de la administración y los papeles.

Pero hay una actividad que a Mauro particularmente lo entusiasma. “Me encantaría dedicarme completamente a la ganadería porque es algo que me apasiona, encontré mi oficio en esto”, cuenta a Río Negro Rural.

Por ahora, sin embargo, la realidad productiva exige mantener la atención en las dos actividades. La fruta continúa siendo el principal sostén de la empresa y la ganadería avanza como una segunda línea que, con el tiempo, busca convertirse también en un negocio.

Base en fruticultura



La empresa familiar tiene su principal actividad en la producción de frutas. En las chacras de Villa Regina cuentan con unas 180 a 190 hectáreas plantadas y en plena producción, con un claro predominio de la pera.

Mauro Cicive haciendo aplicaciones en frutales en las chacras de Regina.


La distribución aproximada es de un 75 a 80% de pera y entre un 20 y un 25% de manzana. También cuentan con algunos cuadros de ciruela.

No se trata solamente de producir. La familia tiene además su propia estructura de empaque y frío, y participa en la comercialización.

Mauro trabaja particularmente en el galpón, en la producción y en todo el proceso de acondicionamiento de la fruta. “Yo estoy en el tema de la producción del galpón, frigorífico, y acompañando a mi hermano que está en el sector de las chacras”, explica el productor. El trabajo familiar se completa con la parte administrativa y comercial que desarrolla su padre.

Es una estructura que combina generaciones y responsabilidades diferentes, pero que mantiene una característica común: la participación directa de la familia en buena parte del proceso productivo.

Renovar para el mercado



Las chacras de la familia tienen plantas que fueron implantadas varias décadas atrás y que, con el paso del tiempo, deben ser reemplazadas para adaptarse al mercado.

El año pasado, la familia renovó entre tres y cuatro cuadros y tomó una decisión vinculada directamente con la demanda: incorporar más manzana verde.

Algunas de las plantas que están siendo reemplazadas habían sido plantadas por el abuelo de Mauro hace 40 o 50 años.

En cuanto a las variedades de color, la familia trabaja con Red Chañar o Red Chief, de color más veteado y no tan intensamente rojo. Y allí aparece una diferencia entre lo que puede valorar el productor y lo que muchas veces termina buscando el consumidor.

“En lo personal me gusta más esa (la Red Chief), lo que es sabor, azúcar, el almíbar que tiene adentro. Pero bueno, la gente compra por la vista”, señala.

Una frase que resume uno de los desafíos permanentes de la actividad: producir una fruta que tenga buenas características organolépticas, pero que además responda a las preferencias comerciales del mercado, que por estos días apunta a una manzana con mucho color.

Brasil, fundamental para la comercialización



La situación del mercado interno es uno de los puntos que más preocupa actualmente a Mauro.

Ya comenzó el trabajo fuerte en las chacras esta temporada, una foto tomada desde el tractor por Mauro Cicive en pleno trabajo entre frutales.


El consumo doméstico se encuentra limitado por la pérdida de poder adquisitivo y por la competencia que tiene la fruta con otros productos. “Hoy en día es muy poco mercado interno, vamos a ser realistas”, sostiene.

Para Cicive, la fruta tiene además una particularidad que la vuelve especialmente sensible a la situación económica: forma parte de los alimentos que muchas familias pueden dejar de comprar cuando el presupuesto se achica. “La realidad es que la fruta es un postre y tiene mucha competencia”, explica.

En ese escenario, la exportación adquiere un papel decisivo para la empresa. “Nosotros lo que hacemos es mucha exportación a Brasil”, afirma.

La comercialización se realiza a través de un intermediario con el que trabajan desde hace años y que ya conoce el circuito de la empresa.

“La realidad es que la fruta es un postre y tiene mucha competencia”, explica.

En ese escenario, la exportación adquiere un papel decisivo para la empresa. “Nosotros lo que hacemos es mucha exportación a Brasil”

“La realidad es que la fruta es un postre y tiene mucha competencia”.

Mauro Cicive, productor frutícola y ganadero.

La fruta se produce, se acondiciona y se prepara en la propia estructura familiar para luego ingresar a un circuito exportador que tiene a Brasil como uno de sus principales destinos.

La empresa también cuenta con capacidad de frío. Actualmente dispone de cinco cámaras, después de haber tenido una estructura mayor que se redujo a raíz de un incendio.

La capacidad de almacenamiento permite manejar una parte importante de la producción, aunque Mauro explica que, dependiendo del año, las necesidades pueden variar.

El factor climático y la situación comercial terminan determinando cuánto tiempo permanece almacenada la fruta y qué volumen es necesario conservar.

Una isla para la ganadería



Mientras la fruta tiene su base en las chacras, la ganadería se desarrolla en otro establecimiento familiar: una isla adquirida por su padre Sergio.

Leonel y Mauro, los encargados de continuar el trabajo y lo que construyó Sergio Cicive, que todavía sigue en plena actividad.


Allí disponen de unas 60 hectáreas destinadas a producir parte del alimento para los animales, con alfalfa y verdeos, y otras 120 hectáreas de campo que utilizan para que los animales permanezcan sueltos.

Mauro considera importante que los animales también tengan contacto con el campo y aprendan a alimentarse directamente del suelo.

“No es que los tenemos todo el tiempo encerrados, sino que los largamos a que se hagan también. Está bueno que un animal también aprenda lo que es comer del suelo”, explica.

Ese manejo forma parte de una concepción productiva que busca complementar la alimentación y el manejo a corral con momentos de campo.

La ganadería familiar actualmente incluye cría de terneros, recría y engorde, pero el proyecto está dando un paso más.

La historia ganadera



El origen de esta historia ganadera se remonta a 2014, cuando el padre de Mauro comenzó con unas 20 vacas de descarte. Eran animales viejos, comprados como una primera experiencia. Con el tiempo, la actividad fue creciendo y se incorporó el engorde a corral.

Isla 62 estuvo presente con sus ejemplares en la Expo del Alto Valle.


Después llegó la participación en exposiciones rurales. “Nos empezamos a involucrar en esto de las rurales, de las exposiciones, nos empezó a gustar”, recuerda Mauro.

Al principio, la actividad siguió siendo tomada como un hobby. Pero la mirada comenzó a cambiar.

Hoy el objetivo es que, en el futuro, pueda convertirse en un negocio y, al mismo tiempo, contribuir con genética para productores de la región. “A futuro, pensando en un comercio, para mejorar un poco más y aportar a la genética de Río Negro en lo que son reproductores”, explica.

Ese proceso ya está en marcha. Actualmente, la familia cuenta con tres hembras Angus Puro de Pedigree, adquiridas a la cabaña Don Fioto, de Luciano Correndo, y sobre ellas comenzó a desarrollar su propio programa de genética.

La estrategia también incluye el uso de embriones. Para las primeras transferencias utilizaron vacas receptoras de un rodeo general, seleccionadas por sus condiciones corporales y su aptitud para llevar adelante la gestación.

La familia busca animales que puedan adaptarse a las condiciones de la región y que tengan posibilidades comerciales.

“Nosotros lo que buscamos es un animal que sirva para acá, para Río Negro, para lo que es esta zona, para poder comercializar”, explica. También valoran que se trate de una genética producida en una región con condiciones climáticas similares.

En el caso de la genética de Correndo, Mauro destaca justamente ese aspecto: aunque el establecimiento está ubicado del lado bonaerense de la Patagonia, entiende que las condiciones son similares a las que existen en esta zona. “Apuntamos a ese tipo de animal porque es un tema de gusto también, sobre todo lo moderado”, señala.

La cabaña tendrá además una definición racial concreta: la familia decidió orientar su proyecto hacia el Angus colorado.

Del hobby al negocio



El entusiasmo por la genética convive con una mirada empresarial. Mauro reconoce que la actividad comenzó como un hobby, pero que no puede quedar indefinidamente en ese lugar. “Obviamente uno lo arranca, pero también piensa que tiene que tener un retorno”, sostiene.

Mauro tiene especial preferencia por la ganadería pero también participa activamente en la parte frutícola de la empresa familiar.


El desafío será lograr que la inversión en genética tenga una respuesta económica. Comprar hembras PP, utilizar embriones, incorporar genética y participar en exposiciones requiere recursos y tiempo.

Por eso, la futura cabaña deberá producir animales que no solamente respondan al gusto de la familia, sino que sean funcionales para los sistemas productivos de la zona y tengan demanda entre otros productores.

La participación en exposiciones es relativamente reciente para la familia. La primera experiencia también tuvo un resultado que difícilmente pase inadvertido: uno de los animales obtuvo un campeonato en Choele Choel.

Mauro cuenta que fueron a la exposición, en principio, para participar, observar cómo funcionaba la actividad y vivir la experiencia.

“Mi viejo es el pilar de la empresa y nosotros venimos atrás, acompañándolo”.

Mauro Cicive, productor frutícola y ganadero.

Era la primera vez. “Queríamos vivir la experiencia, y qué mejor experiencia que haber ganado algo”, cuenta. Pero inmediatamente pone el resultado en su lugar. “Uno no se tiene que acostumbrar a esto porque no siempre vas a sacar bichos tan buenos”, aclara.

La frase también refleja una actitud que aparece durante toda la entrevista: entusiasmo, pero sin perder de vista que están en el comienzo de un proceso.

Hoy la cabaña cuenta con tres hembras -dos vaquillonas y una ternera-, además de los embriones que ya fueron colocados. La ternera que participó en la exposición y obtuvo el campeonato forma parte de esa primera base. El próximo paso será esperar los primeros nacimientos de la genética propia.

Dos producciones y una misma familia



La historia de los Cicive también tiene otro componente importante: la continuidad familiar.

La fruticultura comenzó con el abuelo José, que era nacido en la zona. La explotación fue creciendo con el tiempo y la familia incorporó nuevas chacras.

Una de esas chacras continúa formando parte de la empresa y permanece en producción.

Hoy la tercera generación trabaja en la actividad. Mauro, su hermano Leonel y su padre tienen funciones diferentes, pero mantienen una estructura familiar común. “Mi viejo es el pilar de la empresa y nosotros venimos atrás, acompañándolo”, define Mauro.

Es una continuidad que no está garantizada automáticamente. En las actividades agropecuarias, la sucesión familiar es uno de los desafíos más importantes y la permanencia de los jóvenes depende también de que encuentren un lugar dentro del proyecto.

En el caso de Mauro, la ganadería parece haber encontrado ese espacio. “Yo creo que las ganas están, así que hay que hacer las cosas bien y seguir para adelante”, afirma.

Renovar, producir y encontrar el lugar propio



La experiencia de esta familia muestra dos caminos diferentes dentro de una misma empresa. La fruticultura representa una actividad consolidada, con décadas de historia, una estructura productiva importante y un circuito comercial construido durante años.

La ganadería, en cambio, está transitando el camino inverso: comenzó pequeña, casi como una actividad complementaria, y ahora intenta profesionalizarse y construir una identidad propia.

En la fruta, la renovación varietal aparece como una herramienta para responder a la demanda. En la ganadería, la selección genética busca encontrar animales adaptados a la región y con características que puedan ser valoradas por otros productores.

En ambos casos, la producción exige inversión, trabajo y tiempo. Mauro lo resume con una frase sencilla, pero que probablemente explique buena parte de la continuidad de la empresa familiar: “Hay que meterle horas, esfuerzo, buena voluntad, amor, porque te tiene que gustar”.

Y ese parece ser el punto de encuentro entre las dos actividades. La familia Cicive sigue apostando a la fruticultura, pero al mismo tiempo encuentra en la ganadería un nuevo espacio para crecer.

“Hay que meterle horas, esfuerzo, buena voluntad, amor, porque te tiene que gustar”.

Mauro Cicive, productor frutícola y ganadero.

La cabaña todavía está dando sus primeros pasos. Son apenas tres hembras, algunos embriones y los primeros nacimientos que están por llegar. Pero detrás de ese pequeño rodeo existe una decisión concreta: pasar de comprar genética a comenzar a producirla.

El desafío será convertir ese proyecto en una actividad rentable, con animales que respondan a las condiciones de Río Negro y que puedan encontrar un lugar dentro de los rodeos de otros productores.

Mientras tanto, en las chacras de Villa Regina continúa el trabajo cotidiano con peras y manzanas, la renovación de plantas, el empaque, el frío y la exportación.

Dos producciones diferentes, una misma familia y una apuesta común: seguir creciendo sin abandonar la actividad que construyeron las generaciones anteriores, pero incorporando nuevos proyectos que permitan darle continuidad al campo y a la empresa.


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