La olivicultura de una región de Argentina está entre las mejores del mundo
Así consta en un artículo técnico recientemente presentado. La historia, los casos de éxito actuales y la ciencia dan sobradas pruebas de que la Patagonia argentina es una tierra de oportunidades para el cultivo de olivos. Los aceites de oliva producidos en Río Negro, Neuquén y Chubut alcanzan altísimos estándares de calidad.
Durante décadas, la olivicultura argentina estuvo asociada casi exclusivamente a las regiones áridas y cálidas del oeste del país. Sin embargo, lejos de los valles tradicionales del Noroeste y Cuyo, la Patagonia viene construyendo (de manera silenciosa pero consistente) una historia propia en torno al cultivo del olivo. Una historia que combina antecedentes centenarios, evidencia científica reciente y experiencias productivas que permiten pensar en un futuro estratégico para esta actividad en el extremo sur del país.
Según el documento “Esfuerzo de plantación de olivos en la Patagonia”, elaborado por Víctor Tomaselli, Apóstolos Kiritsakis y Montserrat Godoy, y presentado en ámbitos técnicos internacionales, la región patagónica reúne condiciones agroecológicas singulares que no solo permiten el cultivo del olivo, sino que favorecen la obtención de aceites de oliva de alta calidad, con parámetros químicos y sensoriales competitivos a nivel mundial.
Antecedentes de olivos en la Patagonia: una raíz más profunda de lo que parece
El olivo no es un cultivo nuevo en la Patagonia. Las primeras plantaciones sistemáticas se remontan al período 1913–1921, cuando el ingeniero agrónomo Pedro A. Bovet desarrolló una experiencia pionera en Carmen de Patagones, a orillas del río Negro. Bovet no solo implantó olivos y construyó una almazara, sino que documentó de manera exhaustiva su trabajo, dejando una base técnica que aún hoy resulta sorprendentemente vigente.
Aquella experiencia inicial quedó aislada durante décadas, pero dejó como legado cientos de olivos centenarios dispersos en distintos puntos de la región. Estos ejemplares, hoy considerados “olivos patrimoniales patagónicos”, constituyen una evidencia empírica clave: el olivo puede adaptarse, sobrevivir y producir en condiciones patagónicas, incluso con tecnologías agronómicas muy inferiores a las actuales.
Recién a comienzos del siglo XXI se retomaron las plantaciones de manera más sistemática, primero en la zona de Las Grutas y San Antonio Oeste, y luego en distintos puntos de Río Negro, Neuquén y Chubut. Desde entonces, el desarrollo ha sido gradual, experimental y apoyado en la observación técnica de cada ambiente.
El factor diferencial para los aceites de oliva de la Patagonia: clima, calidad y ciencia
Uno de los ejes centrales del trabajo de Tomaselli es la relación directa entre clima y calidad del aceite de oliva. Diversos estudios internacionales citados en el documento muestran que temperaturas elevadas durante el período de maduración reducen el contenido de ácido oleico y polifenoles, dos componentes clave para que un aceite sea considerado virgen extra según los estándares del Consejo Oleícola Internacional.
En este punto, la Patagonia aparece como un territorio diferencial. Su clima frío-templado, con veranos moderados, amplias amplitudes térmicas y baja humedad relativa, genera condiciones ideales para que el fruto madure lentamente y concentre compuestos de alto valor nutricional y sensorial. Los análisis realizados sobre aceites producidos en zonas como Puerto Madryn, Añelo y la Línea Sur de Río Negro muestran perfiles químicos que cumplen holgadamente con las normas internacionales.

Esta ventaja climática se potencia con prácticas agronómicas adecuadas: riego por goteo, manejo cuidadoso del estrés hídrico, elección varietal y procesos de extracción modernos. El documento subraya que la calidad final del aceite no depende solo del lugar, sino de la interacción virtuosa entre territorio, manejo y tecnología.
Olivicultura en la Patagonia: experiencias concretas en expansión
Las experiencias productivas actuales confirman el potencial patagónico. En Puerto Madryn, Chubut, se obtuvieron desde 2013 aceites analizados íntegramente por el INTI con resultados sobresalientes. En Añelo, en pleno corazón de Vaca Muerta, olivos de la variedad Picual con diez años de implantación alcanzan rendimientos cercanos a los 50 kilos de aceitunas por planta, una cifra significativa para ambientes considerados marginales.
En la Línea Sur de Río Negro, particularmente en Ministro Ramos Mexía y Valcheta, se están desarrollando nuevos olivares con riego por goteo y energía solar, demostrando que incluso en zonas de inviernos rigurosos el cultivo puede prosperar. Estas plantaciones superaron heladas intensas y continúan mostrando buen comportamiento vegetativo y productivo.
Un aspecto destacado es la observación de olivos que resisten heladas sin daño en el fruto, lo que abre la puerta a la identificación de ecotipos locales adaptados al frío. Esta adaptación natural, acumulada durante décadas, constituye un activo estratégico para la mejora genética y la diferenciación productiva.
Olivos patrimoniales en la Patagonia y agregado de valor
El trabajo de Tomaselli pone especial énfasis en la necesidad de identificar, caracterizar y multiplicar los olivos patrimoniales patagónicos. Se trata de ejemplares plantados por inmigrantes a comienzos del siglo XX, cuyos descendientes muestran rasgos morfológicos y fisiológicos distintivos.
La puesta en valor de este material vegetal implica un proceso técnico riguroso: fichas morfológicas, análisis productivos y, eventualmente, caracterización mediante marcadores moleculares. El objetivo es generar plantas madre que permitan multiplicar cultivares adaptados al ambiente patagónico, fortaleciendo la identidad territorial del aceite producido en la región.

Esta estrategia apunta a un agregado de valor basado en la calidad, el origen y la trazabilidad, más que en la competencia por volumen. En un mercado global dominado por grandes productores mediterráneos, la Patagonia puede construir una propuesta diferencial sustentada en aceites intensos, equilibrados y con alto valor funcional.
Olivicultura en la Patagonia: un horizonte productivo en construcción
Lejos de plantear un desarrollo masivo e inmediato, el documento propone una expansión progresiva, basada en conocimiento científico, aprendizaje acumulado y validación de cada ambiente. La evidencia reunida en los últimos años permite afirmar que la olivicultura patagónica es técnicamente viable y que sus resultados en calidad son, en muchos casos, superiores a los obtenidos en regiones tradicionales más cálidas.
En un contexto global donde la calidad, la diferenciación y la adaptación al cambio climático ganan centralidad, el olivo encuentra en la Patagonia un territorio con condiciones únicas. La historia, la ciencia y las experiencias actuales convergen en una misma conclusión: en el sur argentino, el olivo dejó de ser una rareza para convertirse en una oportunidad concreta de desarrollo productivo.
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OLIVE OIL: Efforts of olive tree planting in Patagonia. Por Víctor Tomaselli, Apóstolos Kiritsakis y Montserrat Godoy.
Durante décadas, la olivicultura argentina estuvo asociada casi exclusivamente a las regiones áridas y cálidas del oeste del país. Sin embargo, lejos de los valles tradicionales del Noroeste y Cuyo, la Patagonia viene construyendo (de manera silenciosa pero consistente) una historia propia en torno al cultivo del olivo. Una historia que combina antecedentes centenarios, evidencia científica reciente y experiencias productivas que permiten pensar en un futuro estratégico para esta actividad en el extremo sur del país.
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