De Corea a Lamarque: la aventura de aprender a cultivar para renacer
Empresarios, profesionales y técnicos llegaron en los años ‘60 al Valle Medio, la tierra que homenajea al tomate, Poco sabían de agricultura, pero estudiaron cada paso con tal de hacer realidad un nuevo horizonte, distinto al de la pobreza que dejó la recesión, por la guerra vivida en su país una década antes. Hoy ese sueño cumple 60 años y una de las protagonistas así lo compartió.
Junto al agua, así se ve la casa de los Eun desde el aire, entre los ejidos de Lamarque y Pomona. El río Negro, caudaloso y fresco, serpentea cerca suyo, sin mojarla, como un niño que corre inquieto entre tanto verde. Allí creció una familia proveniente de tierras lejanas, que aprendió a cultivar gracias a las enseñanzas de los vecinos del lugar. Representantes de la inmigración coreana, su legado sigue abrazado a la tierra 60 años después, en un sitio que enaltece al agro y en especial, al tomate.
Cuando esta historia empezó a rodar, esa comunidad, el “Pueblo Nuevo” de la Colonia Choele Choel, ya había transitado cinco décadas desde su fundación, establecida el 9 de mayo de 1900. En el camino, en 1942, el sitio había sido rebautizado en honor al antiguo juez territoriano Facundo Lamarque y así se lo conocía cuando en 1965 comenzaron a llegar las primeras familias asiáticas.
Muchos de ellos, comerciantes y profesionales, no pudieron adaptarse y volvieron al puerto que los vio descender del barco en Argentina, para luego instalarse en el Gran Buenos Aires. Pero no fue el caso de los protagonistas de esta nota, los únicos de esa etapa que perseveraron hasta hoy, después de ese tiempo de precariedad y desafíos en las 400 hectáreas fiscales de la conocida “Reserva”, hoy ejido de Pomona.
Cambios y contrastes

Busán fue la ciudad con playas desde donde habían partido los Eun, la segunda más importante de Corea del Sur, cuando Graciela, la hija mayor de cuatro hermanos, era una preadolescente de 12 años. Corría el año 1966 y del otro lado del planeta, a 20 mil kilómetros, el Valle Medio no se le parecía en nada a su tierra natal. Pero ella recuerda que disfrutó mucho con lo que se encontró: tanto campo abierto le hizo sentir una libertad que no había conocido antes, con tanto cielo a disposición, tantas flores silvestres, tanta agua en un río que cruzaban cada vez que hacía falta.
Aquí, en la Norpatagonia, el avance del riego, el tipo de clima y la riqueza del suelo habían generado no solo paisaje, sino también las condiciones ideales para la producción frutihortícola, con cultivos intensivos y de rápido crecimiento como el del tomate, y por eso ese fue su principal motor y uno de las primeras plantaciones que ellos aprendieron a desarrollar.

En ese contexto, fue Joon Ki Eun, padre de Graciela, quien se animó a quedarse, junto a su esposa Hak Joo Shin y sus hijos, aún cuando venían del sector empresarial en su país, dedicados al servicio de transporte y a la industria del carbón. “Si no hubiese sido por ese buen pasar económico, tampoco hubieran podido pagar los pasajes. Mi madre lloró los dos primeros meses”, reconoció su hija, en diálogo con Río Negro.
Poco sabían de cómo cultivar y sólo habían traído herramientas manuales, cuando aquí ya se usaba maquinaria agrícola, pero necesitaban otros horizontes y no claudicaron, porque la recesión que había dejado la guerra en su antiguo hogar era imposible de sortear.


Con ese objetivo en mente, dejaron atrás la primera idea de instalarse en Paraguay alentados por el panorama argentino, superaron el primer tiempo viviendo en carpas y la incertidumbre de ver cómo muchos coterráneos desistían de la aventura. De la primera huerta para autoabastecerse, pasaron a cosechar tomate a mayor escala, papa y después se acoplaron al auge frutícola de la pera y la manzana, hasta lograr ampliar su cantidad inicial de 20 hectáreas a 70, comprándole la tierra a aquellos hermanos coreanos que las desocupaban sin resultados.
Mientras transcurrían las cosechas, el incremento de la colectividad se tradujo en la habilitación de un colegio, el N° 237 “Tambor de Tacuarí”, hoy conocido por todos en el pago como “La Escuela de los Coreanos”, donde también estudiaron Graciela y sus dos hermanas, una de ellas hoy radicada en Roca y la otra en Buenos Aires.
Hasta que pudieron comprar sus primeros vehículos, contaron con el apoyo de vecinos como Tomás Mort, Miguel Angel Tozzi y Antonio Amigo, que les traían víveres a pedido desde la zona urbana o los llevaban para que ellos mismos los compraran. “El señor Mort hablaba inglés y había estado en la guerra de Corea. Los tres eran fanáticos de la comida coreana hasta que fallecieron, tuvimos muy buena relación hasta el final”, recordó Graciela. Los Fábrega y los Filipuzzi fueron otros que se sumaron a la integración.
Así, sosteniendo la voluntad y las ganas de aprender, trabajaron a cambio de conocimiento en chacras ajenas y aplicaron lo recibido en la propia, hasta que los años ‘70 los recompensaron con el mismo empuje regional que vivió la fruticultura, con buenas ganancias y rendimientos. Esto les permitió volver a Corea esta vez sólo de paseo y enviar a sus hijos a estudiar a Buenos Aires y Bahía Blanca.
Retorno a la Patagonia

Las vueltas de la vida quisieron que después de 30 años viviendo lejos del Valle, Graciela volviera a pasar sus días entre Lamarque y Pomona, comarca que hoy la tiene en plena actividad. La vida de sus padres se apagó entre 1994, en el caso de Joon, y 2004, en el caso de su compañera Hak y había que tomar una decisión, a la que esta hija le puso el cuerpo, acompañada por su esposo. A los 71 años, las semanas de verano todavía la ven amaneciendo a las 6 de la mañana, para comenzar la jornada a las 7, hasta el último turno a las 20.
En el kilómetro 264 de la Ruta Nacional 250, la tierra que lograron sostener los Eun pasó de tener variedades tradicionales en frutihorticultura, a apostar por la manzana Fuji, las nueces, las cerezas, las castañas y hasta el caqui, logrando cosechas de miles de kilos cada una.
Siempre innovar

Emprendedora y con ansias de seguir vigente en el mercado, la misma niña que bailó danza tradicional con sus hermanas en la 1° Fiesta de Inmigrantes que se hizo en Luis Beltrán, mantiene hoy en alto la actividad a cargo de 20 empleados en los meses de temporada y con su galpón de empaque que cuenta con cámara de frío, todo para realizar venta directa a supermercados de la colectividad que ofrecen su producción en Buenos Aires, siempre buscando calidad y competitividad.
Y es ella, por su permanencia en la zona, una de las referentes a las que recurren otros coreanos que vinieron después, así como también instituciones como la Embajada, el Municipio y el colegio 237, en honor a los acuerdos de hermandad que se firmaron con la región tras la llegada de los Eun y otros tantos.


A partir de esto, la participación del stand con platos y productos típicos asiáticos es un infaltable en la Fiesta Nacional del Tomate, además de la conmemoración del “Chuseok” (Día de Acción de Gracias por la cosecha) en septiembre, el Año Nuevo oriental en febrero y el Día del Movimiento de Independencia de Corea o “Samiljeol”, en marzo.
Mientras planean ya para el 2026 incrementar el cultivo de caqui y sumar uva moscatel sin semilla para, como dice Graciela, “defender la chacra”, el Centro Cultural lamarqueño es la sede del Museo que homenajea la herencia coreana en la región. Y alrededor de un monolito, en su terruño, cada año se planta un nuevo árbol como marca de una historia que todavía tiene mucha diversidad para dar.

Junto al agua, así se ve la casa de los Eun desde el aire, entre los ejidos de Lamarque y Pomona. El río Negro, caudaloso y fresco, serpentea cerca suyo, sin mojarla, como un niño que corre inquieto entre tanto verde. Allí creció una familia proveniente de tierras lejanas, que aprendió a cultivar gracias a las enseñanzas de los vecinos del lugar. Representantes de la inmigración coreana, su legado sigue abrazado a la tierra 60 años después, en un sitio que enaltece al agro y en especial, al tomate.
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