Stefenelli, el agricultor: recuerdo de la escuela audaz que se convirtió en semillero  

Cuando apenas algunos cultivos sobrevivían, este referente mejoró el riego, explicó las técnicas y brindó un oficio rural que sirvió además, para desarrollar el Valle. Décadas después, esa formación se convirtió en título de Nivel Medio, orgullo en el testimonio de un protagonista.

Belleza original: así lucía la Escuela Agrícola en Gómez, su segunda sede, donde hoy funciona el INTA. Las arcadas servían para el ingreso de carros. Foto: Archivo Histórico Salesiano.

Una placa en el patio del Colegio San Miguel, al este de Roca, señala con su dedicatoria el aspecto que quizás define mejor el legado que dejó Alejandro Stefenelli: lo reconocen como el “propulsor de la agricultura en el Alto Valle”.

Fue sacerdote católico, es cierto, salesiano para ser más precisos (de hecho fue el primero ordenado en Patagones), pero poner el foco en ese aspecto, sin desmerecer su consagración religiosa, limita la posibilidad de entender sus talentos, su visión de desarrollo y la confianza que él tuvo en el potencial de los cultivos en esta zona, algo que se terminó cumpliendo.

El repaso habitual y las reseñas en torno al aporte de este italiano, nacido en Fondo (Trento), nos remiten generalmente a cómo parte de su obra, el actual edificio escolar ubicado en Pellegrini y Ruta 22, sobrevivió a la gran crecida que registró el río Negro en 1899.

Pero esa fue solo una de varias estructuras que logró construir, cortando y cocinando ladrillos y consiguiendo dinero y materiales por donde fuera posible, apenas una muestra del empuje que Stefenelli sostuvo y la siembra que dejó, a pesar de las amarguras. Y es allí donde cobra relevancia su Escuela Agrícola o la Escuela de Agricultura Práctica, como él mismo la llamó, porque con ella sentó las bases de una formación que sirve hasta el presente.

Enfrentar la pobreza


Foto: Archivo Histórico Salesiano.

“En numerosos viajes tuve ocasión de conocer palmo a palmo las riberas de los ríos Negro y Colorado, y desde entonces, formó mi ensueño la idea de ver transformadas aquellas tierras en preciosos centros agrícolas, activados por laboriosos agricultores, que disfrutando de las aguas corrientes, enriquecerían a sus hogares y al país”, escribió Stefenelli en la memoria que envió, en 1899, a la Cámara de Diputados y Senadores nacionales, buscando aportes.

Desde su arribo a la por entonces Colonia General Roca, su designación apuntaba al rol de misionero, tras el avance de la Campaña al Desierto sobre tierras y familias originarias, pero, como rescata el libro “Stefenelli, la agricultura y el riego en el Alto Valle”, se le ocurrió un proyecto más abarcativo e incluso desafiante para los intereses de las autoridades.

Niños indígenas y criollos, aprendieron las técnicas rurales, adaptadas al Nivel Primario. Foto: Archivo Histórico Salesiano.

Escrito por Jaime Belli, otro respetado presbítero, ese rescate describe el panorama con el que Alejandro se encontró al llegar, cuando tenía 24 años: niños y niñas, indígenas y criollos, que padecían la extrema pobreza, por el avance previo y posterior de las tropas, y cuyo número crecía por los hijos naturales o adoptivos que resultaron con el tiempo, sin que nadie los cuidara.

Él mismo era huérfano así que por eso, esas situaciones lo interpelaron aún más. Entonces, siguiendo la mirada de su época, Stefenelli pensó en contenerlos y darles enseñanza “para que fueran útiles a la sociedad y a la Patria”, pero además (y aquí empieza a verse una cuota extra de conciencia), para ofrecerles un oficio que les permitiera autosustentarse junto a sus familias. Se animó a creer que así como podían trabajar en establecimientos ganaderos y agrícolas ajenos, también podían obtener sus propias parcelas, “en los pueblos fundados o a fundarse”.

Potencial y fertilidad


Foto: Ing. Carlos Magdalena - INTA.

Las condiciones del suelo esperanzaron al cura, que conocía de Ciencias Naturales y Meteorología. Sabía que aprovechando la nivelación natural, con la ayuda del riego, sería posible reemplazar la zampa, el alpataco y el piquillín y que el impulso de unos pobladores, alentaría a los demás.

Las crecidas intempestivas le demostraron también que con buen caudal de agua, los pastos criollos como el trébol, la cebadilla, el alfilerillo y la cola de zorro lograban crecer con exuberancia y por eso, sabía que garantizando un riego regular y extensivo, el desarrollo era posible.

Ya había experiencias perseverantes en las hectáreas del por entonces coronel Fernández Oro, con trigo, alfalfa y viñedo, además de incipientes álamos y frutales en crecimiento, pertenecientes a Hilarión Furque, José Escales, Francisco Díaz y otros más.

Con todo eso en mente, Stefenelli se las ingenió para avanzar, aprovechando las pocas promesas de presupuesto cumplidas y esquivando unos cuantos desengaños. Gracias a su tenacidad, la ansiada Escuela Agrícola tuvo varias instancias, pero con la misma esencia: con la coordinación de algunos instructores y un ingeniero agrónomo, decenas de estudiantes aprendían la teoría y completaban las prácticas, adaptadas al Nivel Primario lógicamente, pero ya con nociones para la preparación del suelo y la cosecha, teniendo en cuenta la calidad y la sanidad de cada proceso.

Foto: Centro Regional Patagonia Norte del INTA.

A la primera etapa de formación, a mil metros del actual edificio del Colegio San Miguel, en dirección al río, la siguió una segunda ubicación, en el predio histórico que hoy custodia el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) en la zona de Gómez, cercano al antiguo “Canal de Los Milicos”.

En el medio Alejandro sumó maquinarias, avances y generó recursos vendiendo parte de la producción, además de abastecer a sus niños. Sin embargo, entre 1912 y 1913, las diferencias con las autoridades de Irrigación por el uso de la tierra y la permanencia de los pequeños productores motivaron su desalojo, pese a que se trataba de terrenos donados y comprados. El armado de una Estación Experimental y vivero fue el argumento, pero eso nunca prosperó.

“¿Es posible que los bien intencionados políticos no pudieran encontrar otra tierra para expropiar?”, cuestionó Belli en su libro, sabiendo que la Colonia tenía 50.000 hectáreas y 45 kilómetros de canal.
Después de eso, Alejandro partió a Italia y no volvió, aunque lo llamaron para superar con su experiencia, las dificultades que sufría el intento de proyecto que quiso reemplazarlo. Murió a los 88 años, en 1952, después de conocer que en su homenaje, habían bautizado a la estación de tren del Pueblo Viejo, con su nombre.

Hoy el ingeniero Carlos Magdalena, exdirector del Centro Regional Patagonia Norte del INTA, es quien recibió a RÍO NEGRO en la sede, que aún funciona a la vera de la Ruta 65. Testigo de la última etapa del proceso de restauración, 90 años después de la partida de Stefenelli, el profesional habló de la admiración que les genera su figura, la relevancia de su legado y las sensaciones encontradas que provoca conocer la historia y el amargo revés que sufrió aquel italiano, con alma de agricultor.

Multiplicar la siembra


Bachilleres agrónomos: la prueba de que perduró el legado de Stefenelli, décadas después - Foto: Gentileza Ernesto Wolfschmidt.
Foto: Gentileza Ernesto Wolfschmidt, agachado, el primero a la derecha.

El desenlace parece terminal pero la formación que soñó Alejandro logró trascender el tiempo, superando cambios y complicaciones. Gracias a eso, en 1972 y a partir de la perseverancia de los estudiantes, se logró la primera promoción de “Bachiller agrónomo”, cuando todavía se sostenía el sistema de internado, con pupilos a cargo.

Ernesto Wolfschmidt es uno de ellos, que atesora desde Allen todo lo aprendido y que pudo transmitírselo a su hijo Andrés, quien actualmente heredó la coordinación del vivero familiar sobre Ruta 22, cerca del acceso Biló. Junto a otros 12 compañeros lograron el nivel máximo que pudo alcanzar esa experiencia, que se extendió por 15 años, desde 1964, al cumplirse los 75 años del Colegio, según el blog de la institución.

Padre e hijo con el mismo amor a la tierra. Foto: Gentileza.

El uso de las herramientas, las técnicas de poda e injerto, el armado de invernaderos aislados con matras de carrizo para el techo en tiempo de heladas, la elaboración de compost, el cuidado de animales de granja fueron algunos de los conocimientos que aprendieron de la mano de reconocidos ingenieros pero con mucha experiencia de campo, algo tanto o más valioso. Saberes que incorporó mejor en esos años en Roca, que en lo cursado en la Universidad del Sur, en Bahía Blanca.

Ernesto y su esposa Susana Michetti, otro de los pilares de la continuidad del vivero. Foto: Archivo.

El propio Jaime Belli, cuyo nombre hoy bautiza a la sede del INTA en Gómez, fue quien sostuvo la revalorización de la obra de Stefenelli, recordó Ernesto, al hablar de cómo le sumó su impronta, respetada por muchos, por su visión del devenir productivo.

Colaborador en su momento del CET 14, el actual secundario con orientación agroindustrial allense, este vecino defendió esta opción académica como algo lógico, que se debe profundizar en una región como la nuestra. Con alumnos de diversas localidades que viajan para cursar en ese sitio, por ejemplo, “eso da la pauta de la necesidad creciente que hay en la zona, de estudiar algo propio”. Como ocurrió con su propia trayectoria, remarcó: “Hay que darles la posibilidad al menos y que ellos luego se especialicen”.

El CET 14 Agroindustrial de Allen es uno de los colegios de Nivel Medio con esta modalidad en la región. Foto: Gentileza.

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