Sacerdotes abusadores

Por Redacción

Ya antes de convertirse en el papa Benedicto XVI, el cardenal Joseph Ratzinger entendió que a la Iglesia Católica le aguardaba un período tal vez prolongado de repliegue debido a la pérdida de fe religiosa en casi todos los países occidentales con la excepción, llamativa por cierto, de Estados Unidos, pero esperó que saliera fortalecida porque a su juicio la mayoría de los mortales necesitaba creer en algo trascendental. Lo que no pudo prever el Papa alemán fue que su gestión se vería dominada por escándalos relacionados con los abusos perpetrados por sacerdotes pedófilos en distintas partes del mundo. Sin embargo, lo que según parece había tomado por un problema interno menor que debería minimizarse no tardó en asumir tanta importancia que terminaría socavando su propia autoridad moral y, desde luego, aquella de la mayor confesión cristiana de la que es el líder. Puede que tengan razón quienes afirman que es injusto, e incluso absurdo, condenar a una gran institución religiosa milenaria por los pecados cometidos por curas determinados, pero desgraciadamente para el Papa sucede que en el mundo actual pocos están dispuestos a hacer tales distinciones. Por lo demás, el que últimamente la Iglesia Católica haya concentrado sus esfuerzos en condenar con vehemencia la conducta sexual ajena, tratando los cambios recientes como síntomas de decadencia o peor, la ha hecho especialmente vulnerable a acusaciones de hipocresía. Hace algunos días el Papa aprovechó la oportunidad que le fue brindada por la misa de clausura del año sacerdotal que ofició en Roma para pedir perdón en nombre de la Iglesia “a Dios y a las personas afectadas” por los muchos abusos cometidos, comprometiéndose a “hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder nunca”. Si bien es saludable que por fin el Papa haya reconocido que le es inútil procurar atribuir el asunto al morbo mediático o a la voluntad de los enemigos externos de la Iglesia de desacreditarla, el mea culpa institucional que acaba de formular no servirá para mucho a menos que se vea seguido por una sistemática ofensiva interna destinada a purgarla de los pedófilos, denunciándolos y expulsándolos antes de que las acusaciones en su contra hayan adquirido estado público. Hasta ahora, la postura de la jerarquía católica ha sido claramente defensiva, pero ya no cabe duda de que la estrategia que daba prioridad a la reputación de la Iglesia ha resultado ser contraproducente. Mal que les pese a muchos católicos, los perjuicios ocasionados por sacerdotes pedófilos continuarán produciéndose mientras las autoridades eclesiásticas, por solidaridad o por temor a la reacción social, se resistan a denunciarlos ante la “Justicia ordinaria”. Al fin y al cabo, puede darse por descontado que los primeros en enterarse de la conducta delictiva de los pedófilos que más tarde protagonizarían escándalos han sido otros sacerdotes o sus superiores inmediatos, los que, como ha sido tradicional durante muchos siglos, se preocuparon más por la imagen de la Iglesia que por el destino de las víctimas de los abusos. Tanto en nuestro país como en el resto del mundo la Iglesia Católica está en condiciones de aportar mucho que es positivo. Aunque sólo una minoría se interesa por los temas teológicos que preocupan a ciertos intelectuales católicos, entre ellos el Papa, mientras que su prédica constante en torno a asuntos sexuales incide muy poco en el comportamiento de millones que, a pesar de todo, se consideran creyentes, no puede subestimarse la importancia de sus obras caritativas o de sus esfuerzos por recordarles a los gobernantes, sobre todo en América Latina, que una proporción muy grande de la población vive en la pobreza extrema y que es preciso tomarla en cuenta. Asimismo, la evolución reciente de las sociedades laicas no puede sino plantear la posibilidad de que, a la larga, el abandono generalizado de los viejos credos religiosos por parte de europeos y otros tendrá consecuencias nada felices y que por lo tanto convendría que instituciones como la Iglesia Católica recuperaran la autoridad moral que han perdido a causa de la conducta inescrupulosa de una minoría de curas y, por supuesto, de la costumbre tradicional de pensar más en cómo protegerlos que en cómo proteger a los menores que supuestamente cuidaban.


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