Salida a la vista

Redacción

Por Redacción

Para alivio del gobierno de Cambiemos, una mayoría amplia de los diputados, entre ellos una media docena de kirchneristas, votó a favor del acuerdo con los holdouts luego de una sesión maratónica en que pocos legisladores se destacaron, ya que casi todos se limitaron a repetir lo que ya habían dicho en muchas oportunidades. El triunfo oficialista, de 165 votos contra 86, pudo haber sido aún más aplastante porque muchos opositores entendían que sería mejor poner fin cuanto antes a la rebelión inútil contra el sistema financiero mundial, pero así y todo querían asumir una postura testimonial en defensa de lo hecho por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Aún les queda al presidente Mauricio Macri y sus aliados convencer a la mayoría de los senadores de la necesidad de dejar atrás el default, pero sorprendería que “los padres de la patria” optaran por prolongar el drama más allá del 14 de abril, la fecha fijada por el juez neoyorquino Thomas Griesa para que el país comience a saldar la deuda con los “buitres”. Si bien parecería que a algunos senadores no les gusta para nada la idea de que les corresponda obedecer a los gobernadores de las provincias que representan, no querrán verse acusados de privarlos de los fondos que necesitarían para mantenerse a flote. Como sucedió en la Cámara de Diputados, algunos tratarán de hacer valer su influencia para introducir enmiendas al proyecto, pero es poco probable que decidan hundirlo. Quienes se manifiestan contrarios a cualquier arreglo con los acreedores por motivos que no sean oportunistas sino, juran, morales, principistas, ideológicos o políticos, viven en un mundo en que las abstracciones importan mucho más que la realidad. No exageraba Macri del todo cuando afirmó que, de no arreglar con los holdouts, tendríamos ajuste o hiperinflación. De verse obligado el país a continuar viviendo con lo suyo, como en una oportunidad recomendó el recién fallecido economista Aldo Ferrer, al gobierno no le cabría más alternativa que la de elegir entre reducir drásticamente el gasto público, es decir ajustar, con todo cuanto ello supondría en un país en que tantos dependen del Estado, e intentar mantenerlo a su nivel altísimo actual imprimiendo cantidades cada vez mayores de billetes, lo que tarde o temprano provocaría un nuevo estallido hiperinflacionario. No es una cuestión de sembrar miedo sino de llamar la atención a realidades que demasiadas personas están acostumbradas a minimizar. De todos modos, si bien algunos kirchneristas e izquierdistas quisieran que el gobierno de Macri, el que según ellos es “ultraderechista” y “antipopular”, cayera víctima de una inmensa conflagración social, el resto de la clase política nacional, además de los millones que en tal caso se verían sacrificados, no se siente atraída por tal eventualidad. Para salir del default que tantos perjuicios le ha ocasionado, el país no tiene más opción que la de acatar los fallos de la Justicia de Nueva York que, por decisión del gobierno kirchnerista, tendrá la última palabra. Con todo, aun cuando los macristas logren que Griesa abandone el papel de cancerbero que adoptó para que la Argentina pueda acceder nuevamente a los mercados de capitales internacionales, sólo se trataría de un comienzo. Aunque muchos que se aseveran preocupados por la declarada voluntad oficial de conseguir préstamos gigantescos para enfrentar sus obligaciones inmediatas estén más interesados en hacer gala de su propio poder político que en los riesgos que plantearía el sobreendeudamiento, el que se haya instalado el tema es muy positivo. En demasiadas oportunidades el país se ha creído facultado para vivir no de lo suyo sino de lo ajeno, para entonces acumular deudas que no sería capaz de saldar. A menos que en adelante tanto el gobierno nacional como los provinciales y municipales manejen las finanzas con rigor extremo, andando el tiempo se reeditarían situaciones parecidas a las que, en la fase final de la gestión del presidente radical Raúl Alfonsín y, más de diez años más tarde, en la de su correligionario Fernando de la Rúa, tendrían consecuencias terribles para muchísimas personas. Es de esperar, pues, que la clase política nacional, que a veces parece ser congénitamente manirrota, haya aprendido lo suficiente de la triste historia nacional en materia económica como para actuar con más sobriedad que en el pasado.


Para alivio del gobierno de Cambiemos, una mayoría amplia de los diputados, entre ellos una media docena de kirchneristas, votó a favor del acuerdo con los holdouts luego de una sesión maratónica en que pocos legisladores se destacaron, ya que casi todos se limitaron a repetir lo que ya habían dicho en muchas oportunidades. El triunfo oficialista, de 165 votos contra 86, pudo haber sido aún más aplastante porque muchos opositores entendían que sería mejor poner fin cuanto antes a la rebelión inútil contra el sistema financiero mundial, pero así y todo querían asumir una postura testimonial en defensa de lo hecho por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Aún les queda al presidente Mauricio Macri y sus aliados convencer a la mayoría de los senadores de la necesidad de dejar atrás el default, pero sorprendería que “los padres de la patria” optaran por prolongar el drama más allá del 14 de abril, la fecha fijada por el juez neoyorquino Thomas Griesa para que el país comience a saldar la deuda con los “buitres”. Si bien parecería que a algunos senadores no les gusta para nada la idea de que les corresponda obedecer a los gobernadores de las provincias que representan, no querrán verse acusados de privarlos de los fondos que necesitarían para mantenerse a flote. Como sucedió en la Cámara de Diputados, algunos tratarán de hacer valer su influencia para introducir enmiendas al proyecto, pero es poco probable que decidan hundirlo. Quienes se manifiestan contrarios a cualquier arreglo con los acreedores por motivos que no sean oportunistas sino, juran, morales, principistas, ideológicos o políticos, viven en un mundo en que las abstracciones importan mucho más que la realidad. No exageraba Macri del todo cuando afirmó que, de no arreglar con los holdouts, tendríamos ajuste o hiperinflación. De verse obligado el país a continuar viviendo con lo suyo, como en una oportunidad recomendó el recién fallecido economista Aldo Ferrer, al gobierno no le cabría más alternativa que la de elegir entre reducir drásticamente el gasto público, es decir ajustar, con todo cuanto ello supondría en un país en que tantos dependen del Estado, e intentar mantenerlo a su nivel altísimo actual imprimiendo cantidades cada vez mayores de billetes, lo que tarde o temprano provocaría un nuevo estallido hiperinflacionario. No es una cuestión de sembrar miedo sino de llamar la atención a realidades que demasiadas personas están acostumbradas a minimizar. De todos modos, si bien algunos kirchneristas e izquierdistas quisieran que el gobierno de Macri, el que según ellos es “ultraderechista” y “antipopular”, cayera víctima de una inmensa conflagración social, el resto de la clase política nacional, además de los millones que en tal caso se verían sacrificados, no se siente atraída por tal eventualidad. Para salir del default que tantos perjuicios le ha ocasionado, el país no tiene más opción que la de acatar los fallos de la Justicia de Nueva York que, por decisión del gobierno kirchnerista, tendrá la última palabra. Con todo, aun cuando los macristas logren que Griesa abandone el papel de cancerbero que adoptó para que la Argentina pueda acceder nuevamente a los mercados de capitales internacionales, sólo se trataría de un comienzo. Aunque muchos que se aseveran preocupados por la declarada voluntad oficial de conseguir préstamos gigantescos para enfrentar sus obligaciones inmediatas estén más interesados en hacer gala de su propio poder político que en los riesgos que plantearía el sobreendeudamiento, el que se haya instalado el tema es muy positivo. En demasiadas oportunidades el país se ha creído facultado para vivir no de lo suyo sino de lo ajeno, para entonces acumular deudas que no sería capaz de saldar. A menos que en adelante tanto el gobierno nacional como los provinciales y municipales manejen las finanzas con rigor extremo, andando el tiempo se reeditarían situaciones parecidas a las que, en la fase final de la gestión del presidente radical Raúl Alfonsín y, más de diez años más tarde, en la de su correligionario Fernando de la Rúa, tendrían consecuencias terribles para muchísimas personas. Es de esperar, pues, que la clase política nacional, que a veces parece ser congénitamente manirrota, haya aprendido lo suficiente de la triste historia nacional en materia económica como para actuar con más sobriedad que en el pasado.

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