Se largó la carrera
Ya está en marcha la maratón electoral que continuará hasta que se haya consagrado en las urnas el próximo presidente de la Nación. Arrancó en Salta, una provincia pobre habituada a ser gobernada por peronistas o por caudillos de partidos conservadores afines, que supone apenas el 3% del padrón nacional, de suerte que sería arriesgado extrapolar al país en su conjunto los resultados de las primarias que se celebraron el domingo. Sin embargo, como sucederá una y otra vez en los próximos meses, en Salta los presidenciables se encargaron de exagerar la significancia de los triunfos de sus propios partidarios y minimizar la de los anotados por dirigentes vinculados con sus adversarios. Es una cuestión de imagen: de difundirse la impresión de que la campaña de un precandidato particular ha adquirido una dinámica irrefrenable, el así privilegiado conseguirá la adhesión de los muchos indecisos que querrían sentirse participantes de un movimiento ganador, como en efecto sucedió en 1983 cuando el radical Raúl Alfonsín logró superar por un margen muy amplio a su rival peronista. Sea como fuere, quienes tuvieron más motivos para festejar el domingo pasado fueron los militantes kirchneristas que, no bien se confirmó la victoria del gobernador Juan Manuel Urtubey –que, como es costumbre en el movimiento que lo cobija, dedicó su triunfo a la jefa máxima, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner– viajaron a Salta para compartir una foto con el ganador. Así, pues, Urtubey pudo disfrutar de la compañía de Daniel Scioli, Florencio Randazzo, Sergio Urribarri, Agustín Rossi, Aníbal Fernández y otros notables oficialistas. Mientras tanto, su rival derrotado, el exgobernador Juan Carlos Romero –que había contado con el apoyo del diputado Sergio Massa–, denunció lo que a su juicio fue “un fraude bochornoso”. Con todo, a Romero le tocó un premio consuelo, puesto que el frente que encabeza hizo una buena elección en la capital provincial donde, para sorpresa de muchos, el precandidato massista a la intendencia se impuso a un contrincante respaldado por Mauricio Macri. El domingo que viene llegará el turno de Santa Fe y Mendoza, distritos en los que las posibilidades de un batacazo kirchnerista parecen remotas aunque, claro está, en nuestro universo político no hay nada escrito. Aún más que en otras oportunidades, sacar conclusiones de la serie de elecciones provinciales y municipales será sumamente difícil. A causa de la virtual ausencia de partidos nacionales disciplinados, muchos candidatos o precandidatos locales se ven apoyados no por un presunto presidenciable determinado sino por varios. De modificarse las circunstancias en el distrito en que compite, un massista podría transformarse en un macrista o viceversa. Algo similar sucede en el oficialismo en que, por ahora, no es del todo sencillo distinguir entre un partidario de Scioli por un lado y, por el otro, uno de Randazzo que a menudo ha criticado con vehemencia el desempeño del gobernador bonaerense. En adelante, la situación podría simplificarse un poco al optar por abandonar la carrera algunos aspirantes a suceder a Cristina en la Casa Rosada, pero así y todo las alianzas cambiantes seguirán desconcertando a los más interesados en el panorama nacional que en las siempre laberínticas luchas provinciales o municipales en que las relaciones personales entre los protagonistas suelen importar mucho más que los temas ideológicos. Al fin y al cabo, cada distrito, por pequeño que fuera, es hasta cierto punto un mundo aparte en el que las luchas políticas tienen características propias que son distintas de aquellas de lugares vecinos, para no hablar del país como tal, lo que no sería el caso si contáramos con dos o tres partidos nacionales capaces de encauzar una multitud de fuerzas distintas para que convergieran, como sucede en las naciones más prósperas y estables. Se trata de una de las asignaturas pendientes más importantes de la democracia argentina, una que, por desgracia, no parece estar en condiciones de aprobar en los próximos años ya que, lejos de propender a cohesionarse las distintas agrupaciones políticas, siguen fragmentándose toda vez que hay elecciones presidenciales en el horizonte y los deseosos de continuar integrando la clase política nacional tienen que decidir a cuál de los presidenciables disponibles les convendría apoyar.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Jueves 16 de abril de 2015
Ya está en marcha la maratón electoral que continuará hasta que se haya consagrado en las urnas el próximo presidente de la Nación. Arrancó en Salta, una provincia pobre habituada a ser gobernada por peronistas o por caudillos de partidos conservadores afines, que supone apenas el 3% del padrón nacional, de suerte que sería arriesgado extrapolar al país en su conjunto los resultados de las primarias que se celebraron el domingo. Sin embargo, como sucederá una y otra vez en los próximos meses, en Salta los presidenciables se encargaron de exagerar la significancia de los triunfos de sus propios partidarios y minimizar la de los anotados por dirigentes vinculados con sus adversarios. Es una cuestión de imagen: de difundirse la impresión de que la campaña de un precandidato particular ha adquirido una dinámica irrefrenable, el así privilegiado conseguirá la adhesión de los muchos indecisos que querrían sentirse participantes de un movimiento ganador, como en efecto sucedió en 1983 cuando el radical Raúl Alfonsín logró superar por un margen muy amplio a su rival peronista. Sea como fuere, quienes tuvieron más motivos para festejar el domingo pasado fueron los militantes kirchneristas que, no bien se confirmó la victoria del gobernador Juan Manuel Urtubey –que, como es costumbre en el movimiento que lo cobija, dedicó su triunfo a la jefa máxima, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner– viajaron a Salta para compartir una foto con el ganador. Así, pues, Urtubey pudo disfrutar de la compañía de Daniel Scioli, Florencio Randazzo, Sergio Urribarri, Agustín Rossi, Aníbal Fernández y otros notables oficialistas. Mientras tanto, su rival derrotado, el exgobernador Juan Carlos Romero –que había contado con el apoyo del diputado Sergio Massa–, denunció lo que a su juicio fue “un fraude bochornoso”. Con todo, a Romero le tocó un premio consuelo, puesto que el frente que encabeza hizo una buena elección en la capital provincial donde, para sorpresa de muchos, el precandidato massista a la intendencia se impuso a un contrincante respaldado por Mauricio Macri. El domingo que viene llegará el turno de Santa Fe y Mendoza, distritos en los que las posibilidades de un batacazo kirchnerista parecen remotas aunque, claro está, en nuestro universo político no hay nada escrito. Aún más que en otras oportunidades, sacar conclusiones de la serie de elecciones provinciales y municipales será sumamente difícil. A causa de la virtual ausencia de partidos nacionales disciplinados, muchos candidatos o precandidatos locales se ven apoyados no por un presunto presidenciable determinado sino por varios. De modificarse las circunstancias en el distrito en que compite, un massista podría transformarse en un macrista o viceversa. Algo similar sucede en el oficialismo en que, por ahora, no es del todo sencillo distinguir entre un partidario de Scioli por un lado y, por el otro, uno de Randazzo que a menudo ha criticado con vehemencia el desempeño del gobernador bonaerense. En adelante, la situación podría simplificarse un poco al optar por abandonar la carrera algunos aspirantes a suceder a Cristina en la Casa Rosada, pero así y todo las alianzas cambiantes seguirán desconcertando a los más interesados en el panorama nacional que en las siempre laberínticas luchas provinciales o municipales en que las relaciones personales entre los protagonistas suelen importar mucho más que los temas ideológicos. Al fin y al cabo, cada distrito, por pequeño que fuera, es hasta cierto punto un mundo aparte en el que las luchas políticas tienen características propias que son distintas de aquellas de lugares vecinos, para no hablar del país como tal, lo que no sería el caso si contáramos con dos o tres partidos nacionales capaces de encauzar una multitud de fuerzas distintas para que convergieran, como sucede en las naciones más prósperas y estables. Se trata de una de las asignaturas pendientes más importantes de la democracia argentina, una que, por desgracia, no parece estar en condiciones de aprobar en los próximos años ya que, lejos de propender a cohesionarse las distintas agrupaciones políticas, siguen fragmentándose toda vez que hay elecciones presidenciales en el horizonte y los deseosos de continuar integrando la clase política nacional tienen que decidir a cuál de los presidenciables disponibles les convendría apoyar.
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