Si el cáncer le da tiempo, ¿qué contará?

Sale hoy el primer tomo de las memorias del colombiano Gabriel García Márquez. No contemplan el tramo más importante de su obra literaria y sus vínculos políticos.

Por Redacción

Si el cáncer le da tiempo. Para muchos lo más interesante es lo que vendrá. Y si no se lo concede, primero, lo vamos a extrañar a él.

Extrañarlo tanto como al travieso de Borges. O a ese francés que era preferible tener de este lado que enfrente: se llamó Sartre.

Pero cuando el extrañarlo se burocratice y se torne costumbre, muchos lamentaremos que no alcanzó a contar «lo más interesante».

Y entonces diremos:

– ¡Joder, se fue sin decirnos nada de toda esa vaina!…¡Carajo!

Porque lo que se publica hoy simultáneamente en España y México es el primer tomo de las memorias de Gabriel García Márquez.

Ese tramo que va desde el nacimiento en 1927 en la sofocante y prolijamente verde Aracataca, hasta 1957 cuando terminó de escribir «El coronel no tiene quién le escriba».

Sólo un tramo -un tramo iniciático- en la vida de ese colombiano que, como alguien escribió hace muchos años, les dio a las letras hispanoamericanas «lo que Faulkner les dio a las letras de los Estados Unidos: un mundo novelesco autosuficiente y convincente».

Entonces, munidos de soberbia -argentinos somos-, mirando el primer tomo diremos:

– ¡Lo sé todo!…Seguramente habla mucho del abuelo…de la primera vez que de la mano del abuelo vio un pescado congelado….o de aquella vez que siendo adolescente, el abuelo le dijo que tuviera cuidado con la sífilis… «Tiene una cura cruel», le dijo el hombre… «Hay que calentar un alambre de púas y usarlo para limpiar el pene»… Acaso diremos ¿no fue eso lo que le contó García Márquez a «Río Negro» en diciembre del «87 en La Habana?

O sea, a muchos que ya doblaron los cincuenta, el primer tomo de «Vivir para contarla» servirá para retroalimentar la expectativa sobre lo que todavía García Márquez no escribió sobre su vida.

Es un resto de 46 años en que hay un día en que García Márquez se metió de lleno en nuestra existencia. Fue en el invierno del «67, cuando en la Argentina se editó la primera edición de la exuberante «Cien años de soledad».

Pero en ese resto de 46 años hay hechos en la vida de este colombiano sobre los cuales él mantiene un silencio que la palabra sepulcral no alcanza para definir.

¿Cómo los abordará García Márquez en los tomos por venir?

¿Cómo traducirá los sentimientos que tuvo un día en Bogotá, cuando ya enamorado de la Revolución Cubana desde sus días iniciales y respaldándola desde «Prensa Latina», se topó cara a cara con la textura ideológica dogmática, autoritaria y prejuiciosa del comunismo soviético que lentamente iba domesticando el proceso abierto y generoso nacido a balazos en Sierra Maestra?

«Prensa Latina» era liderada por un argentino que se perdió recorriendo los montes salteños en procura de la revolución que la Argentina no le dio: Ricardo Masetti.

Masetti había reunido una legión de talentos, entre los cuales García Márquez era sólo una referencia importante. Pero estaban ahí, entre otros, otro argentino de talento inmenso y de final trágico -Rodolfo Walsh- y del más íntimo de los amigos del autor de «El otoño del patriarca»: Plinio Apuleyo Mendoza.

Un día, a las oficinas de «Prensa Latina» en la lluviosa Bogotá entró un tal José Luis Pérez, enviado de la central de agencia noticiosa.

«Se sentó detrás de un escritorio y empezó a interrogar a todo el mundo, hasta los mensajeros, con una especie de incrédula suspicacia policial. Haciéndose traer las noticias que habíamos enviado a La Habana aquel día, fue subrayando aquí y allá, sobre el papel, con un lápiz cuidadoso, frases y palabras, haciendo anotaciones al margen. Donde decía «funcionario diplomático americano», ponía «agente imperialista»; donde decía «fuerzas del orden» o «fuerzas armadas», ponía «fuerzas represoras», cuenta Plinio Apuleyo Mendoza en su libro «Aquellos tiempos con Gabo».

Cuando García Márquez y Mendoza pidieron explicaciones a La Habana, la respuesta lo dijo todo en pocas palabras:

– Son «ellos»- les dijo Masetti.

«Ellos» era el sinónimo de los comisarios políticos que forjados en la fragua del dogmatismo ideológico soviético, se apoderaban de la Revolución.

¿Cómo contará García Márquez en los tomos por venir este tipo de episodios que tanto significan pero que de ninguna manera mellaron su adhesión a Fidel Castro?

¿Qué dirá -por caso- García Márquez de aquel incidente con su entonces todavía amigo Mario Vargas Llosa y que terminó a las trompadas?

Fue en México, en un teatro o cine.

Las diferencias ideológicas entre ambos ya fisuraban una amistad que tanto tuvo que ver con el boom de la literatura latinoamericana en los «60.

Pero hubo algo más para irse a las piñas. Se asegura que no fue el «Caso Padilla». Aquella detención en La Habana de un poeta que se atrevió a reflexionar ácidamente sobre el régimen castrista.

Y claro, la acusación miserablemente habitual: «Agente de la CIA» – dijo el régimen.

Jamás la CIA tuvo tantos agentes en América Latina como en los «60.

Luego de varias semanas preso, Padilla fue humillado: lo obligaron a retractarse públicamente. Y decir que el régimen era algo así como la esencia misma de la maravilla.

El tema dividió a la intelectualidad del continente en términos muy deformados: todos en favor de Fidel, sólo uno en contra: Vargas Llosa.

La polémica fue larga y despareja. Dominada por la demagogia y la emoción, la verdad fue arrinconada.

Hay un pacto de hecho establecido entre García Márquez y Vargas Llosa: no hablar de las piñas de México.

El segundo, incluso, ha prohibido la reproducción de lo que hoy es un casi incunable: su libro «García Márquez, historia de un decidido». Un ensayo riguroso sobre la obra de García Márquez en el que el peruano despliega su también inmenso talento.

¿García Márquez no dirá nada de aquel hecho en los tomos por venir?

En fin, «aguantar orines» dicen los españoles cuando hay que recurrir a la paciencia para saber algo. Bueno, aguantemos

Esperemos los tomos por venir con que este inmenso colombiano nos cuenta su vida. Y roguemos que la vida no se le escape, claro. Por él y por nosotros.

Carlos Torrengo


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