SIDE nueva

En las ocasiones en que podría haber hecho un aporte fundamental -como los atentados a la Embajada y la AMIA-, la SIDE se mostró inútil.

Redacción

Por Redacción

Aunque el secretario de Inteligencia de Estado, Fernando de Santibañes, ha justificado la drástica poda que ya está experimentando la SIDE aludiendo a su deseo de «darle eficacia y mayor nivel académico», no cabe duda de que también incidió, y mucho, en su decisión la conciencia de que el organismo había servido de aguantadero para muchos sujetos vinculados con la extrema derecha procesista que habían sobrevivido sin demasiadas dificultades a la restauración de la democracia. Puesto que estos personajes no son de la clase que colaboraría fielmente con un gobierno aliancista, echarlos fue un acto de autodefensa más que razonable. Por supuesto, la situación era decididamente peor a fines de 1983 cuando el radical Raúl Alfonsín iniciaba su gestión, pero en aquel entonces los nuevos gobernantes no querían arriesgarse intentando «reformar» una organización cuya peligrosidad era evidente.

Si bien Santibañes ha preferido negar que el alejamiento de más de dos mil agentes, la mitad de ellos de la planta permanente, pueda causar problemas de seguridad, pocos se extrañarían que solucionaran sus problemas laborales integrándose a uno de los ejércitos privados de «custodios» que tanto han medrado en los años últimos. De éstos, el más célebre fue el reclutado por el fallecido «jefe de la mafia» Alfredo Yabrán, pero sin duda existen muchos más. Con todo, es mejor que estos personajes estén en el sector privado, por así decirlo, de lo que sería continuar manteniéndolos en la SIDE, organismo cuyos repetidos fracasos se habrían debido al poder conservado por personas cuyas ideas en torno de lo que constituye el interés nacional son muy distintas de las de la mayoría abrumadora de sus compatriotas. Puede que en todos los países del mundo «los espías» se sientan menos comprometidos con la democracia y con el imperio de la ley que los demás, pero en pocos lugares habrá sido tan ancha la brecha como en la Argentina de los primeros años que siguieron al proceso militar.

Además de despedir a una cantidad notable de individuos cuya presencia en la SIDE provocó más preocupación que tranquilidad, Santibañes se ha afirmado resuelto a modificar las funciones del organismo que encabeza, obligándolo a concentrarse en el análisis de información que suele ser de dominio público en vez de dedicarse a la tarea, que por lo común resulta infructuosa, de «ir por el mundo buscando datos reservados». A primera vista, se trata de un planteo atractivo, pero sucede que los esfuerzos de las distintas agencias de inteligencia, entre ellas la CIA norteamericana, por actualizarse de esta manera raramente han tenido consecuencias muy felices. Es que a diferencia de quienes difunden sus hipótesis en los medios de comunicación, lo cual permite que cualquiera pueda señalar los puntos débiles, los burócratas que se desempeñan como analistas especializados son casi siempre proclives a dejarse entusiasmar por teorías extrañas. Que sea así es lógico: a menos que logren producir análisis llamativamente originales, los contribuyentes no tendrán motivos para pagarles por sus servicios.

Con todo, es indiscutible que la SIDE prevista por Santibañes resultará mucho más valiosa que la institución obesa, costosísima y desprolija de la década menemista en la que su presupuesto se vio multiplicado por diez a pesar de su inoperancia patente, la que pudo atribuirse tanto a la obsesión de ciertos integrantes por detectar síntomas de «marxismo» como a la incapacidad de muchos para entender la importancia de fenómenos relacionados con el crimen organizado en gran escala, el lavado de dinero y así por el estilo. Como es notorio, en las ocasiones en las que un buen servicio de inteligencia pudo haber hecho un aporte fundamental -las supuestas por la destrucción de la embajada de Israel y de la sede de la AMIA-, la SIDE se mostró inútil, realidad que hizo pensar que algunos funcionarios estratégicamente ubicados sentían mucho menos simpatía por las víctimas de los dos atentados que por los que en su opinión habrían sido responsables de perpetrarlos.


Aunque el secretario de Inteligencia de Estado, Fernando de Santibañes, ha justificado la drástica poda que ya está experimentando la SIDE aludiendo a su deseo de "darle eficacia y mayor nivel académico", no cabe duda de que también incidió, y mucho, en su decisión la conciencia de que el organismo había servido de aguantadero para muchos sujetos vinculados con la extrema derecha procesista que habían sobrevivido sin demasiadas dificultades a la restauración de la democracia. Puesto que estos personajes no son de la clase que colaboraría fielmente con un gobierno aliancista, echarlos fue un acto de autodefensa más que razonable. Por supuesto, la situación era decididamente peor a fines de 1983 cuando el radical Raúl Alfonsín iniciaba su gestión, pero en aquel entonces los nuevos gobernantes no querían arriesgarse intentando "reformar" una organización cuya peligrosidad era evidente.

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