Siete colores



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Ignatius Loier escucha a menudo que tiene un futuro prometedor. Se lo repiten sus jefes, los socios de un influyente estudio de abogados de Buenos Aires. Pero eso ahora no le importa tanto: está pensando en su primera hija, recién nacida. Y está harto. Son las nueve de la noche, está lloviendo y su día fue una agotadora sucesión de problemas. Apenas pisa la calle, en los alrededores de Retiro, se sube a un taxi para volver a su casa. Lo hace a regañadientes porque no le gustan los taxis, y mucho menos los taxistas. Loier, que acaba de pasar los treinta años, está convencido de que los taxistas cuentan con información incomprobable que al resto de los mortales les fue negada por una conspiración de difusas fuerzas oscuras. Cree que su generalización es injusta pero igual se esfuerza por evitar cualquier conversación con ellos. Más hoy, que lo único que quiere es llegar a su casa. –¿Te puedo preguntar algo? –le dice el taxista, después de diez minutos de silencio por las calles porteñas. –No. Disculpá pero estoy muy cansado. –¿Leíste “El Secreto”? –No. –¡Buen libro, eh! Te explica que uno consigue las cosas si las desea con intensidad. Así obtuve mi licencia de taxi, que la pagué al diez por ciento de lo que vale hoy. Escuchá, otra pregunta: ¿sos un tipo positivo? –Hoy no. Es lunes, llueve y recién salgo de la oficina. Pero en general sí. –Mirá –empieza el taxista, que busca los ojos de Loier a través del espejo retrovisor–. Lo que tenés que hacer es meditar. Es la solución para casi todos los problemas. Los seres humanos somos energía y sólo tenemos que aprender a conectarnos con la energía de los otros. Para eso sirve la meditación con colores. Es fácil. Te sentás. O te acostás. Hacés una rutina, todo con técnicas. Después de un par de veces de practicarlo, a través del tercer ojo, ese que tenemos entre los otros dos, se pueden ver colores. Al principio yo veía uno solo, el violeta. ¡Ahora veo siete! Tenés que hacerlo, hermano. Haceme caso. Loier lo escucha callado y piensa: “Todo esto es una superchería estúpida. Si todo fuera tan fácil, este tipo no estaría manejando este taxi, a esta hora y con un oficinista malhumorado sentado atrás. ¿Me quiere convencer a mí o a sí mismo? En fin, será la necesidad de creer en algo más”. A los pocos minutos llegan. Paga, saluda y se baja del auto. En el ascensor sigue pensando en el taxista. Entra a su casa y ve a su mujer en la cocina. Le da un beso y le pregunta por su hija. “Está durmiendo ya. Comemos ahora, ¿dale?”, propone ella. Ignatius resopla y asiente. Hablan de lo que hicieron en el día. Comen, intercambian información y, media hora después de haber llegado, le da otro beso a su mujer antes de irse a la cama. –¿Por qué te acostás tan temprano? –Estoy cansado –le responde Loier, que cierra la puerta de su habitación y sigue murmurando–... quiero ver siete colores.

Juan Ignacio Pereyra


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