«Sin salida», una metáfora que ronda algunas veces como un fantasma
Silvia Dowdall es psicopedagoga y una de las coordinadoras del PIN, un Programa de Resolución de Conflictos de Poder Ciudadano. Llegó a Las Heras, en Santsa Cruz, por primera vez detrás de la ola de suicidios que a fines de los '90 se llevó a 22 adolescentes del pueblo. Habían pasado más de cinco años desde la privatización de YPF, que inició el proceso de desocupación que se repitió entre buena parte de los pueblos petroleros. En pocos años, su población pasó de 16 mil a 9 mil habitantes. Pero esa realidad ahora es distinta. La geografía, el dinamismo ciudadano e incluso las muertes en aquel cementerio de cigüeñas desde hace unos tres años empezaron a quedar atrás. Según datos de la Secretaría de Acción Social de Las Heras, en los últimos años el pueblo recuperó a sus 15 mil habitantes, un número comparable con las mejores épocas del auge del oro negro. En una reciente entrevista con Página/12, Dowdall ayudó a reflexionar sobre estos cambios y los efectos del nuevo auge.
Dowdall llegó a Las Heras (el pueblo que también fue objeto de un libro excelente de la periodista de «La Nación» Leila Guerreiro titulado «Los suicidios del fin del mundo», de editorial Tusquest) convocada por Unicef, que terminaba de hacer un diagnóstico en el pueblo y buscaba una intervención directa en tres áreas conflictivas: salud, sexualidad y resolución de conflictos.
Porque estaba el problema de los suicidios.
Claro, porque se habían suicidado entre 1999 y 2000, 22 chicos en una franja de edad que creo que era entre 11 y 20 años. Una franja de edad baja que empezó con una nena de 12 años. El diagnóstico de Unicef arrojaba la necesidad de hacer sí o sí una intervención.
¿Qué fue lo que se pudo individualizar como detonante de los suicidios?
Unicef no planteó una hipótesis causal, por decirlo de alguna manera. Y después de trabajar mucho tiempo allí, uno podría decir que no hubo una variable sino una conjunción. Aunque suene raro, desde el viento o el clima. Son sensaciones más perceptivas que uno tiene en el lugar, porque es un lugar que produce una cosa de mucho encierro. Es una localidad con viento y frío donde todo pasa, digamos, en una situación de encierro. Hay o había poca gente circulando por la calle; todo circulaba en lugares cerrados. La calefacción fuerte. Las ventanas cerradas.
¿Esa situación de encierro era una metáfora de la situación social?
Diría que ese «sin salida» metafóricamente se puede unir a cualquier situación de violencia. Porque el suicidio es una forma de violencia y el matar a otro también. Lo que lleva a un acto tan impulsivo es una situación de sin salida. Pero hay muchas variables. La conformación del pueblo, hay que recordar que surgió como una aldea de petroleros que van itinerando; la gente no es de la localidad y viene desde afuera. La sensación es que había variables distintas.
¿Las privatizaciones tuvieron que ver con eso?
No sería serio ni profesional decirlo. ¿Por qué gente que pasa situaciones de catástrofes graves puede restablecerse y otra a la que le pasan cosas menos importantes cae en situaciones de depresión profunda? No hay motivos causales directos. Es lo que pasa y lo que uno hace con lo que le pasa. Digamos, este pueblo pudo hacer poco con lo que le pasó en un primer momento. El programa nuestro tiene que ver con eso: para nosotros era importante embestir a los jóvenes de futuro.
¿Qué decían al principio y qué ahora?
Al principio estaban muy impactados por el tema de la pérdida, porque alguno había perdido a un amigo, a un hermano. La verdad es que estaban preocupados. Tocamos muy pocas veces el tema porque no queríamos ser intrusivos. Sólo en algunas conversaciones, ellos hablaron del miedo. Y que sentían una situación de sin salida. Y lo que trabajamos fue que ellos pudieran cuidarse cada uno y entre ellos. (AR y «Página 12»)