sociedad, política y justicia





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A muchos neuquinos les llamó la atención lo que reflejó Jorge Lanata en Tucumán. Seguramente algunos también tomaron partido a partir de las imágenes y repudiaron las injusticias que sacaban a la luz las cámaras de televisión. Tal vez lo mismo hubiera ocurrido con los ciudadanos tucumanos si “Periodismo para Todos” hubiera elegido Neuquén y no su provincia para hacer el informe en cuestión. Esto nos demuestra que algunas acciones están naturalizadas y son aceptadas por la sociedad con poco o ningún tipo de cuestionamiento. Las rechazamos si ocurre en otras provincias, pero aquí nos acostumbramos a convivir con nuestras miserias: chicos que piden limosna en las esquinas céntricas de las ciudades, gente que duerme en la calle, la falta de seguridad que todos los días se lleva vidas o denuncias de corrupción que caen en desgracia en el despacho de un juez de turno, por dar algunos ejemplos que vienen al caso. Una conducta que forma parte de una gran ilusión consoladora. Pero la impunidad también tiene mucho que ver con el deterioro institucional que hoy sufre la democracia. Al no existir límites legales sobre ciertos actos, la política avanza desde su costado más perverso. La Justicia ocupa un rol determinante en todo este escenario ya que el Derecho tiene una enorme influencia sobre las ideas morales de una sociedad. Dicho de una forma más cruda: la gente tiende, instintivamente, a considerar que lo que ordena o admite el Derecho positivo es algo por sí mismo moral. A la hora de determinar lo que es moral o inmoral, los ciudadanos conceden un peso enorme al hecho de que algo esté prohibido o autorizado por las normas jurídicas vigentes. De manera que la moral social se forma, en gran parte, por aquellos comportamientos que el Derecho admite. Los funcionarios públicos, en muchas ocasiones, abusan de estos argumentos y en el fondo asumen –con gran facilidad– que lo que es legal tiene que ser moral. Ejemplos de estas conductas hay cientos, en la provincia del Neuquén y fuera de ella. Pero tal vez uno de los más elocuentes, que es llevado al extremo, está reflejado en la película “El lector” (basada en el libro “Der Vorleser”, de Bernhard Schlink). En una parte se contempla la cara de asombro (auténtica y sincera) de la guardia de un campo de exterminio nazi cuando el presidente del tribunal que la juzga le pregunta cómo pudo aceptar y realizar actos que llevaban a la muerte a otros seres humanos. Su respuesta es toda una confesión: “Era mi obligación según la ley”. Para aquella empleada pública, situada en un momento y en un lugar concretos, era evidente que lo que la ley, la administración, los jueces y el gobierno nazi ordenaban tenía que ser lo correcto. Esta conducta estaba naturalizada en la sociedad de aquel entonces y su moral personal se sostenía jurídicamente. La idea posterior de que era inmoral termina causando un genuino asombro que se muestra en la excelente actuación protagonizada por Kate Winslet.


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