Detrás de escena, cuando el estrés irrumpe: herramientas para atravesarlo y crecer en el proceso
“Estoy desbordada”, “no puedo más”, “todo se junta”. Estas expresiones, tan frecuentes en el consultorio como en la vida cotidiana, reflejan una realidad ineludible: el estrés no es una anomalía, es parte de la experiencia humana. Lo que sí marca una diferencia profunda es la manera en que decidimos posicionarnos frente a él. No podemos eliminar los desafíos, pero sí desarrollar recursos internos para transitarlos sin quebrarnos. Evitar puede dar alivio inmediato; afrontar, en cambio, construye fortaleza emocional y confianza en la propia capacidad de respuesta.
Muchas personas sostienen —sin notarlo— la creencia de que postergar o esquivar un problema reduce el malestar. A corto plazo puede parecer cierto, pero a largo plazo debilita la autoestima y refuerza la idea de incapacidad. El psicólogo Albert Ellis ya advertía que este tipo de creencias irracionales limitan el desarrollo personal.
Cada situación enfrentada, incluso con miedo, fortalece la percepción de eficacia personal. No se trata de no sentir temor, sino de no permitir que el temor decida por nosotros.
Ante una situación crítica, la mente suele inclinarse hacia pensamientos extremos: “todo va a salir mal”, “no voy a poder”, “si fallo, se derrumba todo”. Este tipo de discurso interno no solo aumenta la ansiedad, sino que bloquea la acción. Entrenar un pensamiento realista y orientado a soluciones no implica negar la dificultad. Significa aceptar el problema y enfocarse en lo posible. La perfección no es un requisito para avanzar; la acción consciente sí lo es.
Modificar la forma en que pensamos impacta directamente en cómo actuamos y, en consecuencia, en los resultados que obtenemos.
El estrés activa emociones potentes: miedo, enojo, frustración, tristeza. Sentirlas no es el problema; el riesgo aparece cuando las negamos o cuando se vuelven permanentes.
El primer paso es nombrar lo que sentimos. Ponerle palabras a la emoción reduce su intensidad. Luego, aceptar que esa emoción es comprensible en ese contexto. Finalmente, permitir que transite sin que se instale como un estado crónico.
Regular no es reprimir; es integrar la experiencia emocional sin quedar atrapados en ella.
Cuando el estrés domina, la mente se llena de escenarios hipotéticos y preocupaciones difusas. Por eso, el enfoque pragmático resulta clave: definir opciones, evaluar consecuencias y elegir un camino posible.
Un ejercicio simple puede marcar la diferencia: escribir. Volcar las ideas en papel, organizar alternativas y revisar experiencias pasadas ayuda a transformar el caos mental en un plan claro.
La acción —aunque imperfecta— reduce la ansiedad porque devuelve la sensación de control.
Aunque incómodas, las situaciones estresantes pueden convertirse en espacios de aprendizaje. Nos obligan a revisar creencias, desarrollar habilidades y ampliar recursos personales. Cada desafío atravesado con conciencia fortalece la autoestima y la autonomía emocional.
No se trata de buscar dificultades, sino de no huir cuando aparecen.
Enfrentar no significa hacerlo sin miedo. Significa avanzar a pesar de él. Elegir la acción en lugar de la parálisis, la reflexión en lugar del impulso y el vínculo en lugar del aislamiento.
Los desafíos seguirán llegando. La verdadera pregunta es: ¿qué versión de nosotros mismos decidimos activar cuando eso sucede?
“Estoy desbordada”, “no puedo más”, “todo se junta”. Estas expresiones, tan frecuentes en el consultorio como en la vida cotidiana, reflejan una realidad ineludible: el estrés no es una anomalía, es parte de la experiencia humana. Lo que sí marca una diferencia profunda es la manera en que decidimos posicionarnos frente a él. No podemos eliminar los desafíos, pero sí desarrollar recursos internos para transitarlos sin quebrarnos. Evitar puede dar alivio inmediato; afrontar, en cambio, construye fortaleza emocional y confianza en la propia capacidad de respuesta.
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