El Bolsón cumple 100 años en la tierra de los paisajes y los personajes

Nativos e inmigrantes, cercanos y lejanos, aportaron esfuerzo y sabiduría al cuidado de este rincón de la Comarca. Con un profundo sentido de hospitalidad, cobijaron a cada nuevo vecino que llegó, haciendo que el lazo con la naturaleza fuera irrompible.

Por Melina Ortiz Campos

Muchas vivencias transcurrieron en la esquina sudoeste de Río Negro, desde aquel 28 de enero de 1926, cuando comenzó la vida institucional de El Bolsón. Esa fue la fecha de conformación de la primera Comisión de Fomento, por eso se la eligió como marca fundacional, pero se sabe que la presencia humana en la zona viene de mucho antes. 

Para recuperar esta historia en el presente, la comunidad actual se organizó en subcomisiones temáticas, frente a un pasado inmenso, cargado de recuerdos y personajes, cada uno desde lo suyo, según el rubro al que pertenecían los antepasados de sus integrantes o en el que ellos mismos se jubilaron.

Una muestra en la Casa del Bicentenario, videos alusivos previos en redes sociales y una vigilia desde este martes 27, de cara a la gran jornada de este miércoles 28, mostraron la expectativa que generó este aniversario y el entusiasmo de quienes coincidieron en esta época, grandes y chicos, para poder vivirlo. 

“En el paraíso de las cumbres blancas/ lo mejor son los gauchos y las paisanas/ que te vuelven humilde porque ellos lo son/ y te invitan a matear en el fogón/ te salvan del frío y la humedad/ y de esa inmensa soledad, de ser extranjero en un lugar…”, dice la letra de “Ese Valle”, de María José Cantilo, una de las canciones que el arte le dedicó al pueblo cordillerano.

Como testimonio de alguien que llegó desde la Gran Urbe, la compositora describe con sencillez la profunda hospitalidad con la que ella y otros tantos se encontraron, buscando algo distinto a la vorágine del cemento y el asfalto. Un clima de hogar, de refugio, que se viene alimentando hace 100 años.

«La abuela de los mochileros»


Foto: Archivo Diario Río Negro.

El nombre de Rosa Cerda, la “Abuela del río Azul”, como la identificaban los mochileros universitarios que llegaban desde Buenos Aires, Córdoba o Rosario, puede adherir a esta virtud, igual que lo hicieron tantos otros vecinos anónimos más.

Viuda de Gregorio Hermosilla, rescatada en las páginas de RÍO NEGRO en la década del ‘90, esta pobladora tenía para ese entonces más de 80 años, no sabía ni leer ni escribir y jamás había salido de El Bolsón.

Pero eso no le impedía confiar y permitirse el compartir con los jóvenes que llegaban desde lejos, a quienes les ofrecía un lugar donde quedarse, en los cuadros donde pastaban sus ovejas. Eso sí, las reglas eran claras: no dejar ni pilas ni basura tiradas, no cortar los cercos de leña ni molestar a los animales y tener mucho cuidado con el fuego.

En ese intercambio, aparte de la verdura que les vendía barato desde su propia huerta, Rosa les contaba en las siestas sobre el campo, los ciclos de la tierra y las costumbres antiguas, mientras el Azul corría de fondo, rumbo al Lago Puelo. Y ellos le hablaban de la ciudad y de los contrastes. Meses después también le enviarían cartas al correo, añorado hábito epistolar, que antes servía para retribuir el afecto, enviar fotos y saludos a la distancia, agradeciendo por el trato recibido.

Como Rosa, el Archivo de este medio rescató a otros. Pablo Rogel (foto) es uno de ellos, hijo de uno de los primeros pobladores, Antonio Merino y Pedro Ponce, firmantes del acta de fundación; Nilo Silvestrone, el fotógrafo local; y Juan Carlos Bahlaj, cervecero y productor de su propio lúpulo, sucesor en el rubro de un antiguo residente, llamado Otto Tipp, aquel que enarbolaba una bandera blanca cada vez que estaban listos los barriles espumosos para compartir. 

También los doctores Rodolfo Venzano y Armando Miklos, el ingeniero Hector Ruiz, el farmacéutico Nicolás Fabrizzio y más. Entre las instituciones, el Club Andino Piltriquitrón, vigente en honor al cerro que los acompaña, y la Escuela 270, que ya cumplió su propio centenario en 2010.

“Fue el pueblo que siempre tuvo vida propia”, reafirmó un titular hace tiempo, reivindicando el empuje de cientos de familias, con raíz chilena, indígena y europea a la vez, que encontraron en la madera, la ganadería, la fruta fina y obviamente el lúpulo, su sustento para sobrevivir al clima riguroso y las distancias, mucho antes de que prosperara como punto turístico

Parte de la muestra alusiva que recopilaron para el Archivo Fotográfico.

Cuando la organización institucional comenzaba, entre los años ‘20 y ‘40, los investigadores que profundizaron en El Bolsón, incluyeron además a la molienda de cereales y la producción de chicha, el comercio de los carros “pilcheros” y las huertas con semillas que cruzaban los Andes, como alternativas para el trueque en la meseta, útiles para conseguir sal, ganado ovino o frutos del país, ante la falta de moneda. 

El dinero y los sueldos como tal vinieron a circular después, gracias a funciones como la de los docentes y la policía de frontera, por eso se valoró tanto a las gestiones de un mandatario como fue Adalberto Pagano, que fue quien estructuró el ejido urbano.

Como en otras localidades del interior rionegrino, con un sello arquitectónico característico, de gruesas paredes revestidas en piedra y estilo medieval, ese gobernador fue quien sumó Correo, Hospital, Comisaría, Municipalidad, Escuela – hogar, Juzgado de paz y Escuadrón de Gendarmería. Por eso la plaza principal lleva su nombre, en una población que recién vino a ser declarada “Municipio” el 18 de noviembre de 1957.

Fruto de esa siembra de las primeras décadas, se fue conformando una identidad y una característica de vida “con connotaciones humanistas”, que partió de «una integración con la naturaleza y el anhelo de mantener el estrecho contacto solidario de aldea», según describe la crónica de Archivo del aniversario, en 1983.

Ese clima incentivó una nueva oleada migratoria entre los años ’70 y ’80, que duplicó la cantidad de población y derivó en la diversidad cultural que hoy transita las calles, con muchas de esas convicciones intactas. 


Muchas vivencias transcurrieron en la esquina sudoeste de Río Negro, desde aquel 28 de enero de 1926, cuando comenzó la vida institucional de El Bolsón. Esa fue la fecha de conformación de la primera Comisión de Fomento, por eso se la eligió como marca fundacional, pero se sabe que la presencia humana en la zona viene de mucho antes. 

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