El desafío planteado por el islamismo radical

El “islam político” no es un fenómeno inofensivo limitado a un puñado de fanáticos religiosos. Antes bien, se trata de una amenaza real para las sociedades democráticas

Por James Neilson

Donald Trump y el ayatollah Mojtaba Jamenei.

Donald Trump ha tenido tanto éxito en su afán por dominar la actualidad informativa que era inevitable que los debates públicos sobre las ventajas y desventajas de su decisión de atacar al régimen iraní se centraran más en sus fallos personales que en lo que estaba en juego. Los convencidos de que es un fanfarrón ignorante indigno de ocupar cualquier cargo gubernamental, y mucho menos el de presidente del país más poderoso del planeta, rápidamente asumieron que había cometido un error garrafal que lo arruinaría a él, a Estados Unidos y al resto del mundo sin lograr nada positivo.

¿Tienen razón? La tienen si nunca existió la posibilidad de que el régimen islamista se hiciera con un arma nuclear capaz de aniquilar a Israel y, de paso, los territorios palestinos vecinos. Pero si, como parece ser el caso, los iraníes realmente estaban cerca de fabricar las bombas que tanto anhelaban, ver dispararse los precios del petróleo y la economía mundial caer en recesión sería el mal menor.

Lamentablemente, la disyuntiva no es entre guerra y paz. La sería si fuera posible convencer a los ayatolás que sería de su interés renunciar a su sueño de acabar con el Estado judío al que llaman el “pequeño Satán” antes de expulsar al “gran Satán”, Estados Unidos, de Oriente Medio, pero los teócratas siempre se han mofado de los planteos en tal sentido. Se trata, más bien, de que Occidente opte por dejar que los acontecimientos sigan su curso, porque nadie quiere entrar en combate, lo que inevitablemente perjudicaría a muchos civiles inocentes, o hacer todo lo necesario para evitar que ocurra algo realmente terrible.

Por diversas razones, los políticos, intelectuales y otras figuras influyentes occidentales han sido reacios a tomar en serio el islamismo, ya sea la variante apocalíptica de los chiítas iraníes o la versión suní, menos esotérica pero igualmente ambiciosa. Quizás esto se deba a que, a diferencia de otras doctrinas totalitarias como el comunismo y el fascismo, no tiene sus raíces en Occidente, sino en una civilización que es radicalmente diferente. Sea como fuere, conmovidos por la devastación causada por conflictos internos, los líderes occidentales llegaron a la conclusión de que, dado que sus propios países habían sido responsables de casi todos los problemas del mundo, debían minimizar la gravedad de los peligros provenientes de culturas extranjeras poco conocidas.

  Fue un grave error. El “islam político” no es un fenómeno inofensivo limitado a un puñado de fanáticos religiosos. Antes bien, se trata de una amenaza real para las sociedades democráticas de Europa, el hemisferio occidental y otras partes del mundo.

Los ultraislamistas pueden ser considerados «locos», como dice el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio, pero muchos son personas muy inteligentes, capaces y valientes. También están dispuestos a esperar el momento oportuno. Según la leyenda, los chinos piensan en términos de milenios; los islamistas saben que, tal como están las cosas, son demasiado débiles para vencer a Occidente, pero algunos creen que Occidente se ha vuelto tan decadente, tan dividido e inseguro de sí mismo, que dentro de una década podrían tomar el control de países otrora poderosos como Francia, el Reino Unido y Alemania.

  La guerra que libran contra el régimen iraní Trump y Benjamín Netanyahu, quienes en ocasiones afirman hacerlo en nombre del pueblo iraní, ha indignado a líderes de las grandes comunidades musulmanas de Europa y a sus agresivos aliados de la izquierda. Aunque lo ocurrido en Irán hace casi cincuenta años, cuando, tras derrocar al Shah, los islamistas masacraron a los comunistas y a otros que les habían ayudado a llegar al poder, debería haber enseñado a los izquierdistas, militantes homosexuales y feministas que el islamismo no es una ideología progresista, su oposición al orden “capitalista” establecido es tal que no les interesan tales detalles.

  La mayoría de los gobiernos de Europa Occidental están decididos a apaciguar a los musulmanes de sus países; si los irritan, podrían desencadenar disturbios civiles a gran escala que les resultaría difícil controlar. Es en gran medida gracias a su disposición a ceder ante las demandas musulmanas que, en todo el continente y también en el Reino Unido, partidos considerados de “extrema derecha” han crecido hasta tal punto que, en pocos años, varios de ellos podrían llegar al poder. Si esto sucede, se crearían las condiciones para un enfrentamiento entre una nueva generación de nacionalistas europeos e islamistas respaldados por millones de sus correligionarios, izquierdistas y, hasta cierto punto, personas vinculadas con lo que en la mayoría de los países sigue siendo la clase dominante.


Donald Trump y el ayatollah Mojtaba Jamenei.

Donald Trump ha tenido tanto éxito en su afán por dominar la actualidad informativa que era inevitable que los debates públicos sobre las ventajas y desventajas de su decisión de atacar al régimen iraní se centraran más en sus fallos personales que en lo que estaba en juego. Los convencidos de que es un fanfarrón ignorante indigno de ocupar cualquier cargo gubernamental, y mucho menos el de presidente del país más poderoso del planeta, rápidamente asumieron que había cometido un error garrafal que lo arruinaría a él, a Estados Unidos y al resto del mundo sin lograr nada positivo.

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