El paréntesis de Gutenberg y la lectura en la era digital

Los textos ya no son productos cerrados, sino que están en permanente proceso, intervenidos por los propios lectores, y se crean comunidades de lectura.

Por Natalia Grossenbacher

Las bibliotecas populares garantizan espacios de escritura, lectura y socialización. Foto: Cecilia Maletti

Hace unos días, en el suplemento Lectón de este medio salió una amplia nota sobre los clubes de lectura. El artículo decía que se buscan formas de leer en comunidad, a partir de la necesidad de conversar sobre lo leído. También decía que, si bien no son exclusivos de estos tiempos, a partir de la pandemia COVID-19 y la mayor explotación de los recursos digitales, aumentó notablemente la cantidad y variedad de clubes de lectura.

Ante la archirrepetida frase -tanto en los ambientes académicos como en cualquier reunión social- “ya no se lee”, la realidad no hace más que mostrarnos lo contrario. Es que las prácticas de lectura en estos tiempos han cambiado radicalmente y, como dice Roxana Morduchowicz en “La generación multimedia”, no es que no se lea, sino que se lo hace de manera muy distinta.

En primer lugar, hay que reconocer que la disponibilidad de dispositivos digitales y acceso a Internet, como contracara del alto precio de los libros y los materiales impresos en general, hacen que nuestras prácticas de lectura sean, mayormente, en los entornos digitales. Mientras esperamos en un lugar público, mientras se viaja, por ejemplo, vemos que la mayoría de la gente está leyendo algo en sus celulares.
Luego, hay que revisar qué entendemos por lectura.

Muchos estudios sobre las prácticas de lectura en estos tiempos cuentan que quienes leen en los entornos digitales no se sienten lectores. Porque la idea que tenemos es que leer es leer un libro, en soledad, de principio a fin y de manera lineal. Pero, esa imagen de una persona sentada, sola, ante un libro, pasando hojas, en un ambiente sin bullicio y tal vez con alguna música de fondo (haga el lector la búsqueda en Internet o en inteligencia artificial de una imagen sobre la lectura y todos los resultados rondarán esta idea) es la menos común en estos tiempos.

Esa forma de lectura es la que se desarrolló a partir de la imprenta y que, según Alejandro Piscitelli, después de 500 años, está llegando a su fin. Este periodo es conocido por muchos autores como el “paréntesis de Gutenberg”.

Dentro del paréntesis, la posibilidad de producir textos impresos en serie y masivamente reforzó el lugar de autoridad del libro, en torno al cual se erigió la ciencia moderna, que sigue siendo nuestro paradigma de pensamiento. El desarrollo de la puntuación y de otras marcas gráficas favorecieron la lectura masiva, individual y silenciosa.

La idea de paréntesis hace referencia a que actualmente hay un retorno a las prácticas de lectura anteriores a la imprenta y que tal vez este invento que marcó la Modernidad sólo interrumpió un arco comunicacional más amplio.

El retorno consiste, entre otras cosas, en que los textos ya no son productos cerrados, sino que están en permanente proceso, intervenidos por los propios lectores, así como los copistas de la Antigüedad comentaban al margen los escritos que reproducían.

Otro aspecto que interesa destacar aquí es que actualmente la lectura se está volviendo más comunitaria, tal como lo era en la Antigüedad, cuando los intérpretes leían en voz alta a la comunidad de escucha, ingeniándoselas para poner entonación y sentido a un continuo de letras góticas sin separación.

Hoy, en los entornos digitales, aunque no participemos de ningún grupo de lectura, compartimos mucho más aquello que leemos. Compartimos en las redes sociales la obra completa o parcial para mostrar algún fragmento que nos gustó, la comentamos, publicamos fotos o datos de la vida de los autores. Esto sin contar la multiplicidad de microtextos con los que nos cruzamos cada día.

También seguimos a comentaristas de libros, que hoy proliferan -de todas las edades y para todos los gustos- porque en los medios tradicionales tenían poco lugar. Enviamos por WhatsApp imágenes y artículos a aquellas personas con quienes compartimos algún interés lector. La lectura, entre otros cambios, se ha vuelto mucho más comunitaria en este cierre del paréntesis de Gutenberg y eso hay que celebrarlo.

Los diseños curriculares, desde hace muchos años -por supuesto sin considerar las tecnologías digitales- prescriben que la escuela debe ser una comunidad de lectura y promueven la conversación sobre aquello que se lee. Los entornos digitales lo han logrado mucho más rápido, paradójicamente, porque la escuela y las tecnologías digitales todavía están lejos de tener encuentros fructíferos.

A no lamentar: hay prácticas de lectura que se pierden, pero renacen otras igualmente valiosas, como la lectura en comunidad.


Las bibliotecas populares garantizan espacios de escritura, lectura y socialización. Foto: Cecilia Maletti

Hace unos días, en el suplemento Lectón de este medio salió una amplia nota sobre los clubes de lectura. El artículo decía que se buscan formas de leer en comunidad, a partir de la necesidad de conversar sobre lo leído. También decía que, si bien no son exclusivos de estos tiempos, a partir de la pandemia COVID-19 y la mayor explotación de los recursos digitales, aumentó notablemente la cantidad y variedad de clubes de lectura.

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