Empezó a bailar a los tres años y hoy da el salto con la danza clásica: del IUPA a la Fundación Julio Bocca y a Nueva York

Valentina Arias tiene 18 años y una historia que empezó a escribirse cuando apenas caminaba. Tras formarse en el IUPA, obtuvo una beca para estudiar en Buenos Aires y viajar para perfeccionarse en Nueva York. Su sueño es integrar una compañía estable y hacer de la danza su forma de vida.

Por Lorena Vincenty

Valentina Arias, tiene 18 años y empezó a bailar a los tres o cuatro. Fotos: Juan José Thomes.

A veces la vocación entra en la vida de una persona como un susurro, en el caso de Valentina Arias, entró a los saltos. Tiene 18 años y empezó a bailar a los tres o cuatro, cuando el cuerpo todavía no sabe nombrar lo que ama pero lo intuye. Probó gimnasia artística, patín, danza urbana. Giró, cayó, volvió a levantarse, pero fue la danza clásica la que terminó por ordenarle el deseo. Llegó a los 11 años, en 2019, justo antes de que el mundo se cerrara por una pandemia y la conquistó con su estética precisa, con esa promesa silenciosa de perfección que no se alcanza nunca del todo.

“Lo que me atrapó fue la búsqueda constante de perfección. Me considero muy exigente y la danza clásica lo es, además de lo estético, que es perfecta. Siempre hay algo para mejorar”, dice. Y al decirlo no suena a queja sino a declaración de principios.

Su recorrido empezó en Danza Libre, en la esquina de Villegas y España. Después vinieron clases con Angie Cupari y el ingreso al Instituto Universitario Patagónico de las Artes, el IUPA, donde la danza dejó de ser solo impulso y se volvió método.

Allí comenzó una formación más rigurosa, con materias, exámenes y una orientación clara. «Cursaba cuatro materias y luego podía optar por la orientación, yo elegí intérprete danza clásica, aunque también me formé en contemporáneo, folklore y español», cuenta Valentina.

En el Instituto Universitario Patagónico de las Artes, IUPA, dió sus primeros pasos y hoy se abren caminos.

En el IUPA cursó apenas un año antes de que llegara la virtualidad, las clases por pantalla no fueron lo mismo. “No me resultó sencilla ni motivadora”, admite, pero cuando pudo volver a la sala, a la barra, al espejo que devuelve errores sin filtros, todo mejoró. El regreso trajo otra cosa: exigencia. Empezó a formarse con la profesora Verónica Arévalo, quien le marcó las bases de la disciplina clásica.

Su papá recuerda la logística como una coreografía doméstica. “Fueron años de mucho sacrificio. Ella salía de casa a las 6:30 de la mañana, a veces a las 7, y eran las 8 de la noche y todavía no volvía. Fue duro para una nena de 11 años, porque a esa edad muchos chicos están jugando, juntándose con amigos y ella estaba en danza. Pero creo que encontró su lugar ahí”. Y aclara algo más como padres: “Siempre priorizamos lo que ella quería. No somos de esos padres que imponen una carrera. Eligió danza y la acompañamos”.

En paralelo, la vida seguía con ritmo de adolescente. Escuela por la mañana, danza por la tarde. A veces también los sábados. “Había días en que ya estabas cansada de escuchar la misma música, pero es parte del proceso. Entrenaba mucho pero lo supe balancear bien. Se podía hacer todo, no siento que me haya perdido nada. Además, mis amigas más cercanas son de danza”, cuenta. Y en esa frase hay algo más que cansancio: hay aceptación del sacrificio.


Audiciones y cambio de rumbo


El primer gran giro llegó con una audición enviada por mail. Un video grabado en casa, con ayuda materna para la música y la cámara. Después, la espera. “La audición la mandé por mail y me quedé esperando. Justo estábamos de viaje cuando me avisaron que me otorgaban una beca del 50%. Ahí cambiaron todos los planes”, recuerda. Este año pensaba quedarse en la región, ir a estudiar a Neuquén, pero la beca para estudiar en la Fundación Julio Bocca en Buenos Aires modificó la hoja de ruta.

«Hoy mi sueño es integrar una compañía estable, aunque sea en el cuerpo de baile. Bailar y tener mi lugar”.

Antes ya había ocurrido otro hito: en el Campus Danza Bariloche obtuvo una beca del 100% para un intensivo en Nueva York, con el maestro argentino Sergio Nelia. En junio viajará durante un mes. La formación está cubierta; pasajes y estadía corren por cuenta propia. “La primera beca fue la del Campus”, repasa su papá.

Como estudiante participó de muestras anuales, clases abiertas y exámenes para avanzar de nivel dentro del trayecto de intérprete. En noviembre pasado, además, fue convocada para participar en Don Quijote junto al Ballet de Fundación Cultural Patagonia. No era cuerpo estable, pero fue su primer acercamiento a la lógica de una compañía. “No era parte del staff, pero fue mi primer contacto real con lo que significa trabajar dentro de un ballet. Convocaron a alumnos que se destacaban y fue una experiencia hermosa”.

Cuando le preguntan por el lugar al que quiere llegar, hace una pausa. Piensa en dos planos, el ideal y el posible. “Si hubiese empezado más chica o vivido en Buenos Aires, me habría encantado entrar a la Academia del Teatro Colón y egresarme de ahí. Pero hoy mi sueño es integrar una compañía estable, aunque sea en el cuerpo de baile. Bailar y tener mi lugar”.

Menciona también al American Ballet Theatre como referencia. Nueva York y Buenos Aires como faros, nombres que laten lejos pero no inalcanzables. “Es verdad que parece que si no estás en Buenos Aires es más difícil. Pero también se pueden hacer cosas desde acá”, reflexiona.

Mientras acomodaba sus cosas en Buenos Aires comenzar las clases en la Fundación Julio Bocca el lunes, todo era expectativa y compromiso. Y en junio volará a Nueva York. La exigencia no la asusta. Es el idioma que aprendió a hablar desde chica. El lugar donde su cuerpo se siente en casa. Y así, entre la barra y el aeropuerto, la vida empieza a moverse en puntas.


Valentina Arias, tiene 18 años y empezó a bailar a los tres o cuatro. Fotos: Juan José Thomes.

A veces la vocación entra en la vida de una persona como un susurro, en el caso de Valentina Arias, entró a los saltos. Tiene 18 años y empezó a bailar a los tres o cuatro, cuando el cuerpo todavía no sabe nombrar lo que ama pero lo intuye. Probó gimnasia artística, patín, danza urbana. Giró, cayó, volvió a levantarse, pero fue la danza clásica la que terminó por ordenarle el deseo. Llegó a los 11 años, en 2019, justo antes de que el mundo se cerrara por una pandemia y la conquistó con su estética precisa, con esa promesa silenciosa de perfección que no se alcanza nunca del todo.

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