Murió cuando un arco se le cayó encima: el proyecto de la Ley Joaquín tomó estado parlamentario
Joaquín Gatto, de 12 años, estaba de campamento en Junín de los Andes cuando sufrió el accidente. El año pasado se registraron cinco muertes por la misma causa.
“Joaquín tuvo un accidente, lo están trasladando a San Martín de los Andes y no sabemos mucho más por el momento. Hay que esperar”, le dijeron a Serena del otro lado de la línea telefónica, mientras se trasladaba hasta su trabajo en bicicleta en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires.
Su hijo de 12 años había viajado a Junín de los Andes, en Neuquén, para participar de un campamento con el grupo Exploradores de Don Bosco y un arco de fútbol le cayó encima, dejándolo inconsciente. Hoy se cumplen dos meses del accidente que le causó la muerte a Joaquín Gatto.
“Llegaron, armaron las carpas y los chicos se pusieron a jugar al fútbol mientras los profesores organizaban la próxima actividad. Había varios arcos y uno de ellos se le vino encima. Era un arco de fútbol 11 de 160 kilos, de 2.44 metros de alto por 3,40. La base estaba como ovalada, no tenía estabilidad”, relata Serena Campos a diario RÍO NEGRO.
No se sabe qué pasó exactamente porque nadie lo vio. No saben si el arco se cayó por un pelotazo o algún niño lo rozó. Dudan que Joaquín se haya columpiado en él porque medía 1,70 metro, era un nene y el arco era mucho más alto.
“Lo cierto es que se le cayó en el tórax y lo dejó inconsciente. Era tan pesado el arco que necesitaron tres personas para sacárselo de encima. Lo llevaron al hospital de Junín”, dice y añade: “Sufrió un paro cardiorrespiratorio durante 20 minutos y cuando despertó, desde afuera, escuchaban sus gritos”.
En una ambulancia, decidieron trasladarlo al hospital de San Martín de los Andes, de mayor complejidad, para luego, llevarlo a Neuquén que cuenta con terapia intensiva pediátrica. Sin embargo, su cuadro era tan grave que decidieron dejarlo en el hospital Ramón Carrillo, e internarlo en la terapia para adultos.

Viaje relámpago a Neuquén
El jefe del Batallón del grupo de Exploradores fue quien notificó del accidente a Serena. Junto a su marido, partieron al aeropuerto donde sacaron pasajes con destino a Neuquén, pensando que Joaquín sería trasladado a esa ciudad. Consiguieron lugar en dos vuelos diferentes que aterrizaban con dos horas de diferencia. Durante el vuelo de Serena, el cuadro de Joaquín se agravó y a distancia, le pidieron autorización a su padre para una cirugía de corazón ya que el niño tenía mucho sangrado.
“Cuando llegué a San Martín de los Andes a la madrugada, me dicen que estaba delicado, que la cirugía había salido bien porque habían detenido el sangrado. Pero estaba tan grave que no lo podían bajar ni un piso para una tomografía”, señala. En ese momento, los médicos la prepararon para lo que vería en la sala de terapia: Joaquín no solo tenía respirador, sino drenajes en el corazón y en los pulmones. “Tuvo no se cuántas fracturas costales en su corazón y una en el pulmón. Me dijeron que pese a estar sedado, le hablara, lo tocara. Sentí que me moría: dejamos a un nene sano arriba de un micro y ahora, lo tenía todo intubado, lleno de sueros y agujas clavadas en el cuerpo”, cuenta.

A la mañana siguiente, mientras aguardaban en la sala, la pareja vio a seis personas sacar la camilla de Joaquín de la habitación. Personal de seguridad les comentó que le harían una tomografía. Esto reavivó la esperanza, pero dos horas después, una médica les comunicó la peor noticia: el niño tenía muerte encefálica. “No entendía qué significaba eso. Pensé que sería como un estado vegetativo, pero me dijo que mi hijo ya no estaba en ese cuerpo”, dice con la voz partida por el dolor.
Minutos después, personal del Incucai les consultó por una posible donación de órganos. La primera respuesta fue negativa. “Joaquín ya había sufrido demasiado. Demasiado lastimado estaba. Con mucho amor, nos explicaron que en el listado, el 30% son niños y que podíamos ayudar a otros. Nos dejaron pensar un rato a solas y sin siquiera hablarlo, los dos dijimos que sí”, recuerda.
Antes de la cirugía, trasladaron a la pareja a una habitación privada para que pudiera despedirse de Joaquín. “Ya no tenía tubos, pero tampoco tenía vida aunque su corazón seguía latiendo. Me acosté con él en la cama, lo abracé y lo llené de besos para que se los lleve al cielo. Mi marido estaba costado en un sillón en posición fetal sin sacarnos la mirada. Todo parecía una película de terror”, describe. Cremaron el cuerpo de Joaquín en Bariloche y sus padres regresaron a Buenos Aires. Con la urna.
El proyecto ya tomó estado parlamentario
Serena trabaja en la administración de un hospital por la mañana y por la tarde, es cajera de un supermercado. Aclara que no es activista, ni participa de marchas. Pero al volver de Neuquén, decidió impulsar un proyecto de ley para que los arcos deportivos estén obligatoriamente fijados al suelo. Esto debe controlarse semestralmente bajo cláusulas penales, no solo multas.
El pasado 24 de febrero, tomó estado parlamentario. “El año pasado murieron cuatro chicos por esta causa. En 2020, hubo un caso, otro en 2021 y otro en 2022. Joaquín fue el primero de 2026 y espero que sea el último. Esto resultó ser mucho más común de lo que imaginaba”, lamenta la mujer que insiste en que no parará hasta que la iniciativa sea ley. “Joaquín me da fuerzas, de otra forma no se entiende cómo sigo en pie”, concluye.

De aprobarse el proyecto, los arcos deberán estar anclados al piso y serán controlados dos veces por año. Si bien hay otros que son removibles, deben estar guardados bajo llave. En caso de que no lo estén, deberán estar tendidos en el piso con un anclaje a fin de que los chicos no intenten levantarlos para jugar. Por otro lado, se propuso un proyecto de concientización sobre la iniciativa.
“Estamos hablando de vida. La vida de mi hijo quedó en una urna. Y a partir de este proyecto, me han llegado mensajes contándome de muchísimos accidentes. Tengo mucha fe en Dios. Y la certeza de que no voy a parar hasta que sea ley”, expresa Serena.
“Joaquín tuvo un accidente, lo están trasladando a San Martín de los Andes y no sabemos mucho más por el momento. Hay que esperar”, le dijeron a Serena del otro lado de la línea telefónica, mientras se trasladaba hasta su trabajo en bicicleta en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires.
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