Pasar un día en la hermosa Punta Perdices, el Caribe patagónico que cruje bajo tus pies
Una promesa se cumple con la marea alta: caracoles blancos, agua transparente y un paisaje que juega a ser trópico sin dejar de ser sur.

“Crach, chrach, chach”. El sonido de los pasos sobre los caracoles es la primera música del lugar. Antes del mar, antes del color, antes incluso del asombro, Punta Perdices se anuncia así, con un ruido seco y blanco que se hunde en un azul profundo y enamora.
Lo dicen en los medios, se recomienda en voz baja en las playas del centro de Las Grutas y la visita se vuelve casi una obligación. Hay que ir a conocer Punta Perdices, el llamado Caribe de la Patagonia. No importan los treinta y muchos grados de calor ni la distancia: el viaje se hace con expectativas.
Son 65 kilómetros por la Ruta Nacional 3 hasta San Antonio Este. El camino pasa frente a Las Conchillas, donde una fila desordenada de motorhomes y casillas rodantes se apoya contra el borde del asfalto. Pero no es ahí, hay que seguir. Primero pasarás la villa portuaria y después tomarás un camino de ripio. A los pocos metros de andar, el mar aparece de golpe, como si te hubiese estado esperando.
En temporada alta, algunos autos se estacionan donde pueden. Un poco más adelante, dos personas se acercan a cobrar el acceso: seis mil pesos por vehículo. “Con el pase pueden usar los baños químicos y el estacionamiento”, dice un joven de gorro azul, con una sonrisa que brilla como los caracoles.

El estacionamiento es amplio. Los que llegaron temprano encuentran algo de sombra bajo los toldos; el resto queda a merced del sol. Hay que bajar rápido las cosas, sobre todo la sombrilla. El calor quema y el reflejo de los caracoles blancos no perdona: nadie quiere terminar rostizado antes del primer chapuzón.
El camino hacia la playa avanza entre crujidos. El azul del mar planchado y el blanco infinito de los bivalvos, de fondo, se corta con lunares de colores: carpas y sombrillas que coparon la costa. Todo encandila.
Antes de armar nada, hay que correr al agua. El calor no da tregua y el cuerpo pide alivio. El primer ingreso es directo, sin ceremonia. Zambullida, silencio y al sacar la cabeza del agua, por fin, se puede mirar alrededor. La playa está llena y es tan hermosa como la promesa que empujó el viaje hasta acá. En solo unos minutos de estar ahí, hay una verdad, y es que Punta Perdices cumple.

“¡Qué hermoso que está esto!”, se escucha desde debajo de una sombrilla. El hombre estira las piernas y se relaja en la reposera. A su lado, Romina, su mujer, cuenta que son de La Plata, que es su segundo viaje a esta playa, pero que no deja de sorprenderlos. “Es una belleza, estamos enamorados de este lugar. Mucho calor, pero vale la pena. Ahora estamos esperando que suba un poquito más”, dice, y lanza la primera clave a tener en cuenta.
Acá el paisaje cambia con la marea. Cuando está alta, es el mejor momento para ir: el mar lo cubre casi todo y el agua se ve transparente en la orilla, potenciada por los caracoles blancos. Ahí aparece el Caribe. Cuando se retira, deja al descubierto una playa infinita, agradable, pero donde la belleza se vuelve más árida, rústica, la Patagonia vuelve a imponerse.
Detrás de la playa está el parador de techos de paja. Por momentos suena una chicharra y los vendedores de churros salen disparados y corren hacia la orilla. En el quincho de madera hay música, tragos, algo para comer, y movimiento hasta las 19 (ver aparte).

Caminando hacia la izquierda, la playa sigue y bordea una costa que dibuja ondulaciones sobre el paisaje. Más adelante, otro parador ofrece jugos de frutas frescas. Juan Carlos Moura, de Bahía Blanca, está allí con su familia. “Es espectacular. No conocíamos, hacía rato que queríamos venir y la verdad es que es hermoso. Estamos sorprendidos para bien”, dice. Andrea, a su lado, suma: “Paramos en Saco Viejo, una villa antes del puerto, ideal si no querés la muchedumbre de Las Grutas. Tiene servicios, buenos precios, tranquilidad. Anoche fuimos a comer a Puerto Pirata y es muy buena la atención”.
A unos metros de ahí, en una mesa apoyada sobre los caracoles, la tonada cordobesa musicaliza una partida de cartas. Tres matrimonios juegan a la escoba de quince y disfrutan del día. “La mejor playa de Río Negro. Somos de San Francisco, Córdoba. Fuimos a Puerto Madryn, a varios lugares, y ahora estamos parando en Las Grutas. Sin dudas, esta es la mejor”, dicen.

Cuidar, siempre cuidar
Sobre una loma de caracoles, Guillermo Pérez, con su remera amarilla de guardavidas, vigila que todo esté en orden. Mira el mar, a la gente. “Es importante tener en cuenta el momento en que se viene a esta playa. Durante la bajante, si bien todavía no es mar abierto, se dan los momentos más peligrosos: toda la masa de agua se retira y se genera una fuerte correntada”, explica, y subraya que la recomendación principal es chequear el estado de las bandera, si es roja, no se puede ingresar al agua.
Hay otras consideraciones que no se negocian. Quienes practican kayak deben contar con las medidas reglamentarias, chaleco salvavidas, remo y pita. También hay presencia de medusas, por lo que llevar vinagre puede ayudar a aliviar la urticaria que provocan.
“Otro punto muy importante”, dice, y el tono se vuelve más serio, “es que así como cada uno llega con sus pertenencias, se lleve su basura”. Hay cestos y tachos para separar residuos. “Es un área natural protegida, que debe conservarse de la mejor manera posible. La cartelería es clara: no se pueden utilizar bicicletas, ni motos dentro del sector. Además, hay que extremar los cuidados porque este es un sitio de nidificación de aves. Hay muchas especies propias de la zona”, la consigna es simple y contundente, cuidado, conciencia y sensibilización para proteger el lugar.

Cuando cae la tarde y la marea empieza a retirarse, muchos eligen continuar el día en otra playa. De a poco, el manto de caracoles queda en soledad.
El cielo se tiñe de rosa y el contraste es casi onírico. Cuando las primeras gotas anuncian una tormenta de verano y la luz comienza a apagarse, llega el momento de irse. El camino de regreso es distinto, bajo ese cielo. Al pasar el cartel de Puerto del Este, mesas y focos le dan al lugar un aire de feria improvisada. En la orilla, letras corpóreas talladas en madera lo dicen sin vueltas: Caribe de la Patagonia.
Al irme, una discusión que se repite desde hace tiempo viene a mi mente: “Dejen de comparar este lugar con el Caribe, no tiene nada que ver”, dicen algunos. La idea queda dando vueltas, pero sin importar si es Caribe o Patagonia, este sur, con sus colores, el olor del viento fresco, la estepa y su belleza infinita, no tiene nada que envidiarle a ningún paraíso tropical.

Precios para pasar el día
- Al llegar pagarás el estacionamiento del auto: $6.000.
- En el Parador Punta Perdices podés almorzar. Una tabla de rabas sale $25.000 en efectivo, una de langostinos $25.000, o mixta 28.000. Una milanesa de carne o merluza con guarnición $22.000, una hamburguesa completa $22.000. Con otros medios de pago, deberás sumar unos $3000 pesos al menú, así que te conviene ir con dinero. Los licuados, o jugos de frutas salen $8.000.

“Crach, chrach, chach”. El sonido de los pasos sobre los caracoles es la primera música del lugar. Antes del mar, antes del color, antes incluso del asombro, Punta Perdices se anuncia así, con un ruido seco y blanco que se hunde en un azul profundo y enamora.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios