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Reencuentro con el viento: el regreso de la cóndor Sayen

“Amo de las soledades (…) no vayas para los llanos/ ni bajes hasta el añelo/ porque los hombres no saben/ de estar tan arriba y envidian tu cielo”, escribió Marcelo Berbel pensando en esta especie, con ritmo de zamba. Fue hace años, ya que los desencuentros entre humanos y cóndores, no son cosa nueva. Sin embargo, a pesar de todo, estas aves resisten.

Declarados en peligro de extinción, los cóndores no saben de leyes de protección de fauna, pero sí conocen su propia fuerza interior para sobreponerse, porque la Patagonia los curtió, los hizo fuertes, para sobrevivir día a día en la precordillera. Por eso, no le faltaba experiencia a Sayen, jineteando sobre el viento, para abrirse paso de nuevo en casa, cuando volvió a la zona de El Chachil, en el interior neuquino, días atrás. Hembra bien puesta, ya adulta, se sobrepuso a las afecciones que la aquejaban, ayudada por otros humanos, más humanos, que la vieron débil y caída, a fines de enero de este año, y recurrieron a especialistas que supieron cobijarla, asistirla y traerla de regreso, a donde pertenecía.

Llamada “manque” por los pueblos originarios, “kuntur” en quechua, la raza de Sayen era considerada por los antiguos como soberana, señora de los Andes, engalanada con su manto de plumaje oscuro sobre la espalda y el inconfundible collar más claro, a modo de alhaja y ornamento sobre el cuello. El poeta neuquino los definió como “baqueanos de la distancia”, “andadores de lo infinito” y “señores del silencio”, embelesado de tanto verlos pasar. Pero hoy son rechazados por quienes persiguen a los predadores del campo con cebos tóxicos, y que pierden de vista su importante rol en el equilibrio del ecosistema, evitando la proliferación de bacterias que pueden generar enfermedades y controlando la población de otros carroñeros. Fueron bendecidos por la creación, que los diseñó para vivir más de 50 años y que les dio la sabiduría de conservar una pareja estable, con la que hasta saben turnarse para cuidar el nido.

Con esa historia sobre sus hombros, representando a los sobrevivientes, a los que volvieron, Sayen se asomó casi ansiosa, si es posible deducirlo, a la entrada de la caja que la transportó hasta uno de los bordes del cerro, el pasado martes. Y se lanzó al vacío apenas el aire frío empezó a recorrerle las plumas, casi sin dar tiempo al fotógrafo para captar este momento conmovedor. Después de un rato, Luciano, uno de los dos choferes que la rescató y que pudo presenciar la despedida, tampoco caía en la cuenta de lo que había alcanzado a ver, aunque sabía que valió la pena involucrarse. ¿Qué sería de la vida en las distancias de la Patagonia si no la entibiamos con un poco de empatía?

Sin miedo al despegue, sin conflictos de autoestima ni dudas sobre lo que encontraría, Sayen, “mujer de gran corazón”, como la bautizaron sus cuidadores, se dejó llevar por su instinto, para recuperar el tiempo “perdido”, lejos de su tierra y de su cielo. Se fue sin mirar atrás, abriendo bien sus alas como brazos, como manos, con sus plumas como dedos, mientras los humanos quedaron entre los arbustos con el corazón movilizado, viéndola perderse en el horizonte.


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