Reforma laboral, crisis civilizatoria y deshumanización

La flexibilización no crea empleo; en el mejor de los casos, redistribuye riesgos en perjuicio del trabajador.

Por Gerardo Biglia

En los últimos meses, el oficialismo impulsó una reforma laboral presentada bajo el eufemismo de “modernización”. El argumento central es conocido: la Argentina no genera empleo formal porque los trabajadores tienen “demasiados derechos”. Según esta lógica, flexibilizar, abaratar despidos y reducir protecciones permitiría que más personas ingresen al mercado laboral.

El problema es que esa afirmación no resiste el contraste con los datos.

Las cifras del SIPA muestran que entre 2003 y 2011 se crearon cerca de 3 millones de empleos formales, en un período en el que se habían derogado las leyes de flexibilización de los años noventa, regía la doble indemnización y el período de prueba era más breve. Entre 2021 y 2023, tras la pandemia, se recuperaron los puestos perdidos y se alcanzó un récord de 13,4 millones de trabajadores registrados. En cambio, durante etapas recesivas —como 2016-2019 o 2024-2025— el empleo cayó con fuerza, aun con marcos normativos distintos.

La evidencia es clara: el empleo crece cuando crece la economía y cae cuando hay recesión. Lo que determina la contratación no es la cantidad de derechos laborales sino la expectativa de ganancia empresaria en un contexto macroeconómico determinado.

La flexibilización no crea empleo; en el mejor de los casos, redistribuye riesgos en perjuicio del trabajador y debilita su poder de negociación.

Sin embargo, el debate público es conducido hacia otro terreno. Se aísla cada instituto —horas extra, período de prueba, indemnizaciones— como si se tratara de meros ajustes técnicos. Pero el derecho del trabajo no es un conjunto de piezas sueltas: es un sistema de protección construido sobre la base de reconocer que el trabajador no negocia en igualdad de condiciones con su empleador.

Desarmar partes de ese sistema erosiona el equilibrio que intenta compensar esa desigualdad estructural.

La reforma, leída integralmente, revela algo más profundo que una modificación normativa. Implica un cambio en la relación de fuerzas.

Si el siglo XX consagró la irrupción del movimiento obrero como actor político —con el constitucionalismo social y la ampliación de derechos laborales—, el proyecto actual parece orientado a disciplinar o desplazar a ese sujeto colectivo de la escena pública, reduciéndolo a una variable de ajuste.

No se trata solo de reducir costos laborales. Se trata de redefinir el lugar de la clase trabajadora en el proyecto de país. Cuando el discurso oficial sostiene que “los derechos generan atraso” y que el problema del empleo es el “exceso de protección”, instala una narrativa que enfrenta a sectores vulnerables y desplaza el foco de la discusión estructural: el modelo económico y la distribución del ingreso.

Por eso la reforma debe analizarse en su contexto. No ocurre en el vacío. Se da en un escenario de recesión, ajuste y debilitamiento del Estado.

En ese marco, la reducción de derechos laborales no aparece como una medida aislada sino como un eslabón de un proceso que erosiona consensos básicos construidos durante décadas en torno a la justicia social y la centralidad del trabajo.

Algunos podrán considerar exagerado dramatizar su alcance. Pero cuando se naturaliza la precarización como destino inevitable y se relativiza el principio de progresividad de los derechos humanos, lo que está en discusión no es el costo de la hora extra sino las condiciones de existencia de millones de personas y la calidad misma de la democracia.

La historia argentina ofrece antecedentes elocuentes. En los años noventa, la flexibilización fue presentada con los mismos argumentos y terminó en niveles récord de desempleo y precariedad. La promesa de que menos derechos traerían más trabajo no se cumplió entonces y no hay razones objetivas para suponer que ahora sería diferente.

Nada de esto implica negar la necesidad de debatir reformas frente a nuevas realidades productivas. Pero una discusión seria requiere honestidad intelectual y un diagnóstico correcto. Si el problema es la falta de crecimiento, la respuesta no puede ser debilitar a quienes dependen de su salario.

La aprobación de la ley no cerrará el debate. Los principios protectorio y de progresividad, incorporados a nuestro orden constitucional y a los tratados internacionales, seguirán siendo herramientas centrales en la defensa de derechos.

El movimiento obrero ha demostrado en Argentina que es un actor demasiado relevante como para ser borrado de la historia.

En definitiva, la reforma laboral no es solo una discusión técnica ni una modernización administrativa. Es una definición política sobre qué lugar ocupará el trabajo en el país que viene. Y esa discusión, por su magnitud institucional y social, exige un debate profundo sobre el modelo de desarrollo y la sociedad que queremos construir.

* Abogado (UBA) Profesorado Universitario (Univ. Juan Agustín Maza) Docente Titular ESRN 123 y ESRN 132, Bariloche.


En los últimos meses, el oficialismo impulsó una reforma laboral presentada bajo el eufemismo de “modernización”. El argumento central es conocido: la Argentina no genera empleo formal porque los trabajadores tienen “demasiados derechos”. Según esta lógica, flexibilizar, abaratar despidos y reducir protecciones permitiría que más personas ingresen al mercado laboral.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora

Comentarios

Estimados/as lectores de Río Negro estamos trabajando en un módulo de comentarios propio. En breve estará habilitada la opción de comentar en notas nuevamente. Mientras tanto, te dejamos espacio para que puedas hacernos llegar tu comentario.


Gracias y disculpas por las molestias.



Comentar