Solidaridad a flor de piel: la lucha silenciosa de las brigadas voluntarias contras las llamas

Los incendios de los últimos años son cada vez más frecuentes y severas. Por eso, muchos pobladores se organizaron en brigadas para colaborar con los combatientes.

Siete años atrás, cuando un incendio forestal en Cuesta del Ternero, a 20 kilómetros de El Bolsón, estaba descontrolado, Miguel Ángel sintió una impotencia inmensa al ver el avance de las llamas y, que pese al trabajo a destajo de los brigadistas, el fuego se salía de control. ¿Por qué no colaborar de alguna manera?, se preguntó, junto a un grupo de amigos.

Miguel Ángel González tiene 36 años, nació en Mallín Ahogado, un paraje rural de El Bolsón, y trabaja «en podas en altura». Nunca imaginó que integraría dos brigadas de voluntarios para colaborar en los incendios forestales «de sexta generación» cada vez más frecuentes y severos en la Comarca Andina.

Esta iniciativa se replicó en decenas de grupos que aparecen allí donde más se necesitan para aportar horas, corazón, a costa incluso de su seguridad. «A raíz de tantos incendios en la región, mucha gente quiere ayudar y se armaron brigadas informales que fueron juntando equipamiento para salir a trabajar donde se pueda», comentó este hombre quien el año pasado, vivió el incendio de la chacra de su madre en Mallín Ahogado, en El Bolsón.

El fuego descontrolado antes de la lluvia que trajo alivio. Foto: gentileza Nir Ekdesman

Tiempo atrás, estos grupos de amigos compraron motobombas, mangas y ropa acorde. «Son incendios muy grandes y los combatientes no llegan a todos lados. Ofrecemos ayuda allá donde está más complicado. En cada chata, salen entre 3 y 5 personas. Nunca menos de ese número», comentó.

Tras el último incendio que ya afectó 12 mil hectáreas en El Hoyo y Epuyén, estos voluntarios arrancaron trabajando en Puerto Patriada, continuaron en Rincón de Lobos, Epuyén, El Pedregoso y cerro Coihue. «Vas girando por todos lados y donde se puede, ayudás. Muchas veces, ves que el fuego alcanza las casas y no queda otra que salir corriendo. Cuando se arma ese hongo inmenso tiene una voracidad enorme y no te queda otra que salirte. No se puede atacar con un poco de agua», indicó.

Las cuadrillas solidarias se han multiplicado en el último tiempo en la Comarca Andina. Foto: gentileza Nir Ekdesman

Cada vez más experimentados

Si bien estos voluntarios no están capacitados en el combate de incendios forestales, en cada salida han ido observando la labor de los brigadistas. Por otro lado, cada uno aprovecha sus conocimientos. «Yo, por ejemplo, me dedico a la poda de altura. Entonces, conozco el uso de motosierra y los equipos de seguridad. Cada uno tiene ciertas cualidades y con el tiempo, uno va entendiendo cómo funciona«, describió Miguel Ángel.

La modalidad es siempre la misma. Los voluntarios llegan a un sector afectado por el fuego y consultan si pueden ayudar. «Las instituciones no nos pueden dejar entrar por protocolo. Deben cuidarnos. Pero siempre preguntamos si nos podemos acoplar y muchas veces, nos dan lugar porque todo se sale de las manos. Quizás nos piden ayuda con las fajas de contención y así también, vamos aprendiendo», comentó.

En cada sector, el grupo evalúa el nivel de peligrosidad para definir si conviene entrar o no. Por lo general, los brigadistas concurren a los sectores más complejos y estas brigadas son convocadas por conocidos «cuando tienen el fuego cerca». «Tratamos de ayudar en lo que se pueda. Son incendios de una magnitud muy grande que se desparraman tanto que es imposible cubrir todo», acotó.

Las cuadrillas solidarias se han multiplicado en el último tiempo en la Comarca Andina. Foto: gentileza Nir Ekdesman

Como el grupo es numeroso, tratan de estar comunicados y hacer relevos cuando ya hay mucho cansancio. «De todos modos, estamos siempre activos y atentos. Hay que mantener la mente fría porque es desesperante ver a la gente pidiendo ayuda. La adrenalina te lleva a reaccionar. Incluso, cuando somos relevados cuesta descansar porque la cabeza sigue a mil«, advirtió.

Reconoció que, muchas veces, hay sentimientos encontrados: «En Pedregoso, encontramos a una familia que se había autoevacuado hacía dos horas. Nos vieron con pilchas de brigadistas autoconvocados y nos pidieron que los escoltáramos hasta la casa para ver si se había salvado porque el fuego había pasado por ahí. Al ver que estaba en pie, se abrazaban, gritaban. Eso es gratificante«, comentó Miguel Ángel.

Por la tarde del domingo, el equipo regresó a El Bolsón para hacer un mantenimiento del equipo y cuando estaban dispuestos a regresar al lugar de la tragedia, empezó a llover. «Levantó el ánimo. Igualmente, decidimos volver igual para ver a dónde convenía seguir tirando agua», dijo.

El fuego descontrolado antes de la lluvia que trajo alivio. Foto: gentileza Nir Ekdesman

«¿No se siente miedo pese a la adrenalina?», se le consultó. Miguel Ángel reconoció que afloran «todo tipo de sensaciones. Ves las columnas de humo y dudás en meterte. En Mallín quedé encerrado en un predio durante 45 minutos. De hecho, me sorprende que no haya mucha más gente accidentada con estas magnitudes de incendios«.

Tiene una hija de 6 años que se crió viendo la labor voluntaria de su padre. «Hoy ve una columna de humo y simplemente me avisa: ‘Papi, hay humo’. Está tan atenta como todos», concluyó.


Siete años atrás, cuando un incendio forestal en Cuesta del Ternero, a 20 kilómetros de El Bolsón, estaba descontrolado, Miguel Ángel sintió una impotencia inmensa al ver el avance de las llamas y, que pese al trabajo a destajo de los brigadistas, el fuego se salía de control. ¿Por qué no colaborar de alguna manera?, se preguntó, junto a un grupo de amigos.

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