Sopa de letras
«Seamos tolerantes». «Hay que ser más tolerantes». Repetidas en sus mil variantes hasta el punto de la saturación, esta palabreja invade el lenguaje común, y tengo la incómoda sensación de que su uso es directamente proporcional a la intolerancia reinante. Atentados, bombardeos -sólo para hablar del marco mundial-, campañas políticas, piquetes, escolares violentos, homofobia, xenofobia… agregue usted lo que se le ocurra; seguro estará bien.
Quizás no debería tratarla con tanto desprecio. Según el diccionario, adminículo que consulto desde mi más tierna escuela primaria, tiene entre otros significados, el de respeto por las opiniones, prácticas o costumbres de los demás. Respeto es una palabra que respeto mucho, pero no puedo dejar de considerar que, dado que el lenguaje es un fenómeno vivo, y por lo tanto, cargado de significado histórico, se parece mucho a condescendencia, y en realidad, en ese sentido se usa, ¿verdad? Irradia cierto tufillo a superioridad, digamos: yo estoy en lo correcto, pero aguanto a los demás, porque soy buena. En efecto, y sigo con el diccionario, eso precisamente dicen las eminencias que lo hicieron: significa condescender, descender al otro a pura bondad. ¡Vaya! Ni en el diccionario se puede confiar… Entre nosotros, cuando pienso en los cráneos que lo confeccionaron, no me cuesta imaginarlos creyéndose claramente superiores al resto del mundo, por lo cual no es extraño que toleren al resto y la palabreja sea tan importante en diversos significados. Fíjese, si le interesa. Y si no está de acuerdo, retroceda a la parte más conocida del último Congreso de la Lengua que nos une, allá en Rosario, cuando el negro Fontanarrosa abogó por las malas palabras, y recuerde la cara del pope español que vino en nombre de Su Majestad el Diccionario: el hombre estaba claramente incómodo, pero se las bancó como un duque. Tolerante. Estos naturales, habrá pensado… Creo que la única aserción correcta, desde el punto de vista sociológico, es la que le dio ese célebre alcalde neoyorquino, cuando popularizó lo de «tolerancia cero». ¡Eso es hablar claro, sí señor!
Me inclino, decididamente, por dejar de ser tolerantes y empezar a convivir. Convivencia -vivir con- tiene todo el aire de armonía que supone estar no arriba, sino al lado de los demás. No es cuestión ociosa. Cambia todo, dado que implica el riesgo de absorber algo de la verdad del otro, mecanismo que cuando es recíproco, conduce a una nueva verdad. Sin embargo, fíjese usted, convivencia ocupa, comparado con tolerancia, un humilde lugar en el diccionario, y esto refuerza mi tesis de que para quienes lo idearon no era muy importante.
Lejos de mi intención desterrar la idea de conflicto, dado que es inherente a la vida; si bien esta palabra también está cargada de negatividad, porque aunque han pasado siglos, el positivismo con su idea del progreso y la bondad indefinida sigue vivita y coleando. Pongamos el yin y el yan, contradicciones de opuestos, lo que quiera; es lo mismo. Lo que no es lo mismo es la actitud. Si la actitud dominante es la desconfianza y el miedo, y todos reaccionamos así, es una cosa. Si comenzamos a dejar ventanas abiertas a los aires distintos, quizás podamos empezar a hacer algunos aportes invalorables que no pueden traducirse en dinero ni en cosas. Es más, tener mucho dinero y muchas cosas facilitan enormemente la tolerancia, pero encubre la falta de convivencia, dado que no hay riesgo personal ni apertura.
Y quién soy yo para modificar el diccionario, se preguntará quizás a esta altura. Bien; si García Márquez puede plantear la muerte de la ortografía y Fontanarrosa la vida de las malas palabras, por qué no puedo yo… Vamos, vamos, claro que no es lo mismo, ¿o sí? ¿No dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos que somos todos iguales? Anímese. Somos tan desiguales que por eso es letra muerta. Haga su aporte.
María Emilia Salto
bebasalto@hotmail.com
"Seamos tolerantes". "Hay que ser más tolerantes". Repetidas en sus mil variantes hasta el punto de la saturación, esta palabreja invade el lenguaje común, y tengo la incómoda sensación de que su uso es directamente proporcional a la intolerancia reinante. Atentados, bombardeos -sólo para hablar del marco mundial-, campañas políticas, piquetes, escolares violentos, homofobia, xenofobia... agregue usted lo que se le ocurra; seguro estará bien.
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