¿Techo o piso?

Redacción

Por Redacción

Puesto que el secretario general de la CGT, Hugo Moyano, tiene fama de ser un personaje sumamente combativo que, para más señas, cuenta con los medios que le permitirían paralizar el país, tanto el ex presidente Néstor Kirchner como su sucesora, Cristina Fernández, suponen que todos los demás sindicalistas entenderían que sería absurdo de su parte esperar conseguir para sus afiliados aumentos salariales superiores al aceptado por su gremio, el de los camioneros. Hace algunos años, funcionaba bien la «estrategia» oficial de concentrarse en apaciguar a Moyano colmándolo de favores y privilegiando a su sindicato, pero en la actualidad la situación es distinta. Los demás sindicalistas, incluyendo a quienes suelen verse considerados como aliados del camionero, ya lo toman por un socio de los Kirchner que está más interesado en sacar provecho de su relación con el matrimonio presidencial que en ayudar a sus compañeros. Por lo tanto, no se sintieron del todo impresionados por el espectáculo que fue organizado por el gobierno en torno de la firma de un pacto salarial que supuestamente serviría para fijar las pautas para todas las negociaciones que están en marcha. A su entender, la bien publicitada reunión que celebró la presidenta con Moyano en la Casa Rosada para sellar el acuerdo fue sólo una maniobra propagandística destinada a desautorizarlos. Asimismo, conforme a los cálculos de algunos economistas, el aumento real conseguido por los camioneros no fue del 19,5% anunciado sino del 26%, ya que hay que agregar al total montos supuestamente no remunerativos.

Tal y como están las cosas, la mayoría de los dirigentes sindicales tratará el techo que en teoría supuso el aumento cedido a Moyano como si fuera un piso. Desde su punto de vista, el 19,5% es un mínimo apropiado sólo para sindicatos débiles. Los muchos que están pidiendo el 30% o más -los hay que dicen que para ellos menos del 40% sería intolerable- no parecen tener intención alguna de moderar sus pretensiones. Se prevé, pues, que en los próximos meses se multiplicarán los paros en diversos sectores al difundirse la idea de que ha llegado el momento de recuperar todo lo perdido en el curso de los últimos años y también de participar de los beneficios producidos por el crecimiento macroeconómico. La situación así supuesta preocupa a los empresarios, que están demorando sus inversiones hasta que el panorama se haga un tanto menos confuso. Coinciden con el titular de la Unión Industrial Argentina, que dice que el tope absoluto debería ser el 12%. De tomarse en serio la tasa de inflación oficial, que según el INDEC fue del 8,5% el año pasado, sería perfectamente lógica la actitud de quienes dicen creer que sería arriesgado cohonestar aumentos salariales superiores al 12%, pero la verdad es que a esta altura escasean los empresarios que ubicarían la tasa auténtica por debajo del 20% anual.

También tienen motivos para sentirse muy preocupados por lo que está sucediendo los comprometidos con el esquema «productivo» vigente. La inflación real, combinada con los aumentos salariales ya otorgados, ha reducido drásticamente las ventajas que en su opinión brindaba el «dólar recontraalto» de los días que siguieron a la megadevaluación instrumentada por el gobierno del presidente interino Eduardo Duhalde. Temen que, de prosperar los reclamos sindicales recientes, la Argentina sea nuevamente un país con una moneda sobrevaluada en el que tanto los precios como los salarios parezcan caros a los acostumbrados a manejarse con dólares y que en consecuencia algunas empresas trasladarán sus operaciones productivas a países vecinos. Pues bien, hace siete años la voluntad del gobierno del presidente Fernando de la Rúa de mantener fija cueste lo que costare una variable determinada -la del tipo de cambio- terminó con un colapso económico desastroso. Aunque nadie cree que tenga consecuencias tan catastróficas la voluntad kirchnerista de aferrarse a otra variable, la supuesta por la tasa de inflación confeccionada por el INDEC intervenido, ya no cabe duda de que, a menos que modifique pronto su actitud, el país se precipitará en una crisis con repercusiones imprevisibles.


Puesto que el secretario general de la CGT, Hugo Moyano, tiene fama de ser un personaje sumamente combativo que, para más señas, cuenta con los medios que le permitirían paralizar el país, tanto el ex presidente Néstor Kirchner como su sucesora, Cristina Fernández, suponen que todos los demás sindicalistas entenderían que sería absurdo de su parte esperar conseguir para sus afiliados aumentos salariales superiores al aceptado por su gremio, el de los camioneros. Hace algunos años, funcionaba bien la "estrategia" oficial de concentrarse en apaciguar a Moyano colmándolo de favores y privilegiando a su sindicato, pero en la actualidad la situación es distinta. Los demás sindicalistas, incluyendo a quienes suelen verse considerados como aliados del camionero, ya lo toman por un socio de los Kirchner que está más interesado en sacar provecho de su relación con el matrimonio presidencial que en ayudar a sus compañeros. Por lo tanto, no se sintieron del todo impresionados por el espectáculo que fue organizado por el gobierno en torno de la firma de un pacto salarial que supuestamente serviría para fijar las pautas para todas las negociaciones que están en marcha. A su entender, la bien publicitada reunión que celebró la presidenta con Moyano en la Casa Rosada para sellar el acuerdo fue sólo una maniobra propagandística destinada a desautorizarlos. Asimismo, conforme a los cálculos de algunos economistas, el aumento real conseguido por los camioneros no fue del 19,5% anunciado sino del 26%, ya que hay que agregar al total montos supuestamente no remunerativos.

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