“Tercer viaje al país de las manzanas”
Oportunamente escribí por este medio una carta de tenor parecido (“Segundo viaje…”) manifestando mi sensación de lástima como consumidor de las manzanas rionegrinas que viajan a muchos lugares del mundo con una áurea de lujo. Lamentablemente la realidad actual me obliga, como antiguo rionegrino aunque no NYC (qué palabra grosera, ¿no?), a volver sobre el mismo asunto. Hace unos días mi amigo José Pepita, que algo sabe del tema, me manifestó su enojo diciendo que se estaba convenciendo de que el problema de las manzanas –y las peras– eran un cáncer sin cura que llevaría al Valle –y tal vez a la provincia– a un irremediable colapso. Traté de calmarlo, porque creo que alguna solución milagrosa debería aparecer (¿alguien lo habrá tentado a Francisco?), pero confieso que alguna basurita en el espíritu me quedó flotando al recordar alguna vivencia a lo largo de más de 40 años de escuchar el rumor de las lágrimas rodando sobre las rutas cortadas y aumentando el caudal del río Negro, y casi me convenzo del aserto de mi amigo. A mis 11/12 años vivía en Casilda, Santa Fe. Una de las familias más verduleras eran los González, cuyos hijos habían comenzado a viajar al Valle a buscar frutas y verduras –¡y con qué rutas!– e idearon el negocio de importar manzanas. De manera que para esta época del verano ya en retroceso llegaba a Casilda un vagón –o tal vez dos de aquellos viejos vagones grises de madera– y lo instalaban en una vía muerta que cruzaba la calle principal. En los días previos, los González habían inundado toda la ciudad con la noticia del vagón, con la ayuda del auto parlante del amigo Vidaña, y por eso el día y a la hora indicada para mover la puerta corrediza había una larga cola de gente muñida de bolsas, cajones, etc. Porque no era cuestión de perderse el milagro: tener a la vista un vagón repleto de manzanas de Río Negro. Eso sí, manzanas que habían sido cuidadosamente cargadas a granel, y después habían viajado casi 2.000 kilómetros por el ferrocarril Roca, primero hasta estación Solá en Constitución, y pasado al ferrocarril Mitre hasta Casilda (aunque tal vez el cambio de vías se pudiese haber hecho en Bahía Blanca al RPB hasta Rosario y de ahí a Casilda). Esto poco importa. Me cuesta imaginar con exactitud la calidad final de las Red apiladas, cosechadas alguna semana atrás y transportadas al calor del sol veraniego por otra semana o más (a menos que los ferrocarriles todavía tuviesen la puntualidad de los ingleses), aunque aquella calidad poco importaba para quienes no habíamos visto (y tal vez muchos no verían jamás) la grandeza milagrosa de una manzana roja madurando en su árbol. Pero lo que sí me recuerda esa calidad son las manzanas del valle que consumimos hoy en El Bolsón y Bariloche, más de sesenta años después de las exportaciones de los González a Casilda. Como parece que ya se liquidaron las Red del año pasado, ahora gozamos de las Royal Gala de Rechazo (las cuales no tienen la culpa ciertamente), que no han sufrido el frío de cámara desde hace rato y están poco menos que en un incipiente estado de putrefacción, generosamente machucadas y arenosas (¡hay quienes las prefieren así!). Por razones de trabajo profesional tuve oportunidad de visitar los países del istmo centroamericano en el 2000 (en vigencia de nuestro nefasto 1 a 1) y El Salvador y Ecuador en el 2013. Mi curiosidad me llevó a conocer algunos aspectos cotidianos de aquellos países que la clásica pedantería porteña nos enseñó a calificar de “bananeros”. ¿Se acuerda alguien del cuento Marciano de Asimov: papá, ¿dónde están los marcianos? Hijo, los marcianos somos nosotros…”). Mientras los supermercados de los bananeros tenían las manzanas prolijamente distribuidas en góndolas por variedad y procedencia (importadas de Chile casi todas ellas), aquí nos ofrecen hoy la Red elegida (que muchas veces es Royal) amontonada como en el vagón de Casilda, salvando el tiempo y las distancias. O sea que hoy consumimos al módico precio de dos/tres dólares “Kicillof” el kilo de manzanas del año pasado (y no es toda la culpa del supermercado), mientras que los productores inundan nuevamente el río Negro con sus lágrimas, tiran sus manzanas en las rutas o lisa y llanamente deciden no cosecharlas. Todo porque el sistema les niega la posibilidad de cobrar unos miserables centavos más de color verde por su fruta, que defendieron de las plagas, heladas, granizos y, por qué no, de alguna plaga galponera… En fin, que valga como anécdota y desahogo decir que entre aquellas manzanas viajeras de 2.000 kilómetros a granel y al rayo del sol y las que nos llegan hoy a los rionegrinos que estamos a 600 kilómetros de nuestro Valle y sus manzanos no hay mucha diferencia. Los González eran heroicos, y los reivindico porque sé que uno de ellos se quedó a vivir en Cervantes. Sin celulares ni rutas asfaltadas, sin buenos trenes y mucho menos camiones, nos regalaban el milagro de sus manzanas, que no diferirían mucho de las que hoy viajan encajonadas, enfriadas y en 8/10 horas podrían pasar de la cámara a una góndola de Bariloche. Raúl Enrique Ortiz DNI 6.128.127 El Bolsón
Raúl Enrique Ortiz DNI 6.128.127 El Bolsón
Oportunamente escribí por este medio una carta de tenor parecido (“Segundo viaje…”) manifestando mi sensación de lástima como consumidor de las manzanas rionegrinas que viajan a muchos lugares del mundo con una áurea de lujo. Lamentablemente la realidad actual me obliga, como antiguo rionegrino aunque no NYC (qué palabra grosera, ¿no?), a volver sobre el mismo asunto. Hace unos días mi amigo José Pepita, que algo sabe del tema, me manifestó su enojo diciendo que se estaba convenciendo de que el problema de las manzanas –y las peras– eran un cáncer sin cura que llevaría al Valle –y tal vez a la provincia– a un irremediable colapso. Traté de calmarlo, porque creo que alguna solución milagrosa debería aparecer (¿alguien lo habrá tentado a Francisco?), pero confieso que alguna basurita en el espíritu me quedó flotando al recordar alguna vivencia a lo largo de más de 40 años de escuchar el rumor de las lágrimas rodando sobre las rutas cortadas y aumentando el caudal del río Negro, y casi me convenzo del aserto de mi amigo. A mis 11/12 años vivía en Casilda, Santa Fe. Una de las familias más verduleras eran los González, cuyos hijos habían comenzado a viajar al Valle a buscar frutas y verduras –¡y con qué rutas!– e idearon el negocio de importar manzanas. De manera que para esta época del verano ya en retroceso llegaba a Casilda un vagón –o tal vez dos de aquellos viejos vagones grises de madera– y lo instalaban en una vía muerta que cruzaba la calle principal. En los días previos, los González habían inundado toda la ciudad con la noticia del vagón, con la ayuda del auto parlante del amigo Vidaña, y por eso el día y a la hora indicada para mover la puerta corrediza había una larga cola de gente muñida de bolsas, cajones, etc. Porque no era cuestión de perderse el milagro: tener a la vista un vagón repleto de manzanas de Río Negro. Eso sí, manzanas que habían sido cuidadosamente cargadas a granel, y después habían viajado casi 2.000 kilómetros por el ferrocarril Roca, primero hasta estación Solá en Constitución, y pasado al ferrocarril Mitre hasta Casilda (aunque tal vez el cambio de vías se pudiese haber hecho en Bahía Blanca al RPB hasta Rosario y de ahí a Casilda). Esto poco importa. Me cuesta imaginar con exactitud la calidad final de las Red apiladas, cosechadas alguna semana atrás y transportadas al calor del sol veraniego por otra semana o más (a menos que los ferrocarriles todavía tuviesen la puntualidad de los ingleses), aunque aquella calidad poco importaba para quienes no habíamos visto (y tal vez muchos no verían jamás) la grandeza milagrosa de una manzana roja madurando en su árbol. Pero lo que sí me recuerda esa calidad son las manzanas del valle que consumimos hoy en El Bolsón y Bariloche, más de sesenta años después de las exportaciones de los González a Casilda. Como parece que ya se liquidaron las Red del año pasado, ahora gozamos de las Royal Gala de Rechazo (las cuales no tienen la culpa ciertamente), que no han sufrido el frío de cámara desde hace rato y están poco menos que en un incipiente estado de putrefacción, generosamente machucadas y arenosas (¡hay quienes las prefieren así!). Por razones de trabajo profesional tuve oportunidad de visitar los países del istmo centroamericano en el 2000 (en vigencia de nuestro nefasto 1 a 1) y El Salvador y Ecuador en el 2013. Mi curiosidad me llevó a conocer algunos aspectos cotidianos de aquellos países que la clásica pedantería porteña nos enseñó a calificar de “bananeros”. ¿Se acuerda alguien del cuento Marciano de Asimov: papá, ¿dónde están los marcianos? Hijo, los marcianos somos nosotros…”). Mientras los supermercados de los bananeros tenían las manzanas prolijamente distribuidas en góndolas por variedad y procedencia (importadas de Chile casi todas ellas), aquí nos ofrecen hoy la Red elegida (que muchas veces es Royal) amontonada como en el vagón de Casilda, salvando el tiempo y las distancias. O sea que hoy consumimos al módico precio de dos/tres dólares “Kicillof” el kilo de manzanas del año pasado (y no es toda la culpa del supermercado), mientras que los productores inundan nuevamente el río Negro con sus lágrimas, tiran sus manzanas en las rutas o lisa y llanamente deciden no cosecharlas. Todo porque el sistema les niega la posibilidad de cobrar unos miserables centavos más de color verde por su fruta, que defendieron de las plagas, heladas, granizos y, por qué no, de alguna plaga galponera… En fin, que valga como anécdota y desahogo decir que entre aquellas manzanas viajeras de 2.000 kilómetros a granel y al rayo del sol y las que nos llegan hoy a los rionegrinos que estamos a 600 kilómetros de nuestro Valle y sus manzanos no hay mucha diferencia. Los González eran heroicos, y los reivindico porque sé que uno de ellos se quedó a vivir en Cervantes. Sin celulares ni rutas asfaltadas, sin buenos trenes y mucho menos camiones, nos regalaban el milagro de sus manzanas, que no diferirían mucho de las que hoy viajan encajonadas, enfriadas y en 8/10 horas podrían pasar de la cámara a una góndola de Bariloche. Raúl Enrique Ortiz DNI 6.128.127 El Bolsón
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