The Cure parte II, la revancha
Veintiséis años atrás, el único recital que dio hasta ahora el grupo en la Argentina fue un desastre de organización, con corridas, heridos y detenidos. Robert Smith prometió no volver nunca más. Pero mañana estará aquí nuevamente, para darle otra chance al “día más bizarro de mi bizarra vida”, como él mismo lo describió.
Dueño de clásicos, mañana Robert Smith volverá a presentarse con The Cure en el país.
Walter Rodríguez wrodriguez@rionegro.com.ar
¡Por favor a los de seguridad, retirarse del alambrado… retiren a los perros y dejen pasar a la gente! Daniel Grinbank tomó el micrófono y desde el escenario intentaba meter al monstruo dentro de la botella para que todo fluyera de una buena vez. El estadio de Ferro Carril Oeste era un hervidero donde se calentaba lo imprevisible. Allí se cocían las consecuencias de montar un megaevento de rock para una organización que aún estaba verde para semejante aventura. En realidad, todos carecíamos en una cultura en esto de disfrutar una buena banda de rock en la cresta de la ola con 40.000 personas, sin que pareciera un escenario semejante a una guerra del Medio Oriente. Es que a eso se asemejaba el barrio de Caballito en la calurosa noche del 18 de marzo de 1987 cuando The Cure tocó por primera y única vez en la Argentina. Mañana, la banda de Robertito Smith, 26 años después, regresa a Buenos Aires en una especie de revival del “día más bizarro de mi bizarra vida”, como alguna vez describió el líder de la banda refiriéndose a aquella velada para muchos inolvidable, por distintos motivos claro. El arriesgado Grinbank, que por entonces marcaba tendencia desde su incipiente FM Rock & Pop, se animó a convocar a Smith, Gallup y cía, que si bien tenían un nombre dentro del mundo emergente del nuevo rock británico, estaban bastante lejos ser la “banda Nº 1 del mundo”, tal como se intentó promocionar por aquellos días. La falta de experiencia para organizar este tipo de espectáculos masivo, la pasión desenfrenada de un público ávido de ver “algo distinto” y la tendencia aún vigente de las fuerzas de seguridad a la represión sin medir consecuencias, fueron los elementos esenciales para fabricar la bomba molotov que le explotó en las manos a todos, en aquella noche de marzo hace ya un cuarto de siglo. En uno de los recitales más desorganizados de la historia, corroborado por el mismo productor, donde de milagro no hubo víctimas fatales, llegar hasta las bocas de acceso fue un verdadero caos. No había un vallado previo a la entrada, y así todo decantaba en un embudo humano interminable donde nadie respetaba cola ni todos tenían una entrada en la mano. Por obra y gracia divina, una vez en la tribuna popular, cada uno buscaba la mejor ubicación en los tablones de madera para tratar de centrar la vista en un escenario que estaba a poco menos que cien metros. La popular era el lugar que se había destinado para aquellos bolsillos jóvenes y flacos. La platea y mucho más el campo, era el terreno fértil, la tierra prometida. Entre la popular y el campo, alambrado de por medio (en la cancha de Ferro no existe foso que separe ambos sectores), policías vestidos de civil patrullaban la zona con perros poco amigables que amilanaban a la tribu darky que entrelazaba sus dedos en el tejido. ¡No pasarás!… en el sentido más desafiante y menos aconsejado para intentar amedrentar la irreverencia juvenil. No iba a ser una noche tranquila. Pero la seguridad dentro del campo comenzó a tener nuevos frentes. Como en una guerra, porque en definitiva en eso se iba transformando todo. La gente de las plateas comenzó a saltar hacia el campo, con resultados dispares. Al mismo tiempo, el público de la popular ya había tomado el alambrado perimetral con furia y una firme decisión de desgarrarlo. La tribuna ya no era un cuadro colgado visto desde el campo. Era una grada viva emocionalmente a punto de quebrase. Del otro lado, la vigilancia trozaba una gruesa manguera que estaba dentro de la cancha destinada para el riego de la cancha. Cada uno del personal tomó la suya y ya no hubo vuelta atrás. El alambrado fue historia y la invasión dio a los primeros cuerpo a cuerpo en el afán de llegar al campo. “Vengan h… d… p…” fue el grito desafiante de un personaje digno de una película de Clint Eastwood, con collar de ovejero en la mano izquierda y cachiporra de manguera de dos pulgadas en la derecha. El alambrado ya no existía y la gente se filtraba por todos lados. Hasta que apareció Grinbank, agarró el micrófono e intentó capear el temporal al hacer retirar a la seguridad. El estadio era una olla a presión dominada por la anarquía Mientras, en las entrañas del backstage, los Cure, que habían tardado tres horas en llegar al estadio desde un hotel de Retiro “escoltados por policías que desenfundaban sus amas y disparaban al aire” –como escribiría Robert Smith poco después–, esperaban que todo terminara para salir a tocar. Con poco más de tres años plenos de democracia, el Buenos Aires de entonces era un fluir incesante de creatividad, donde todo estaba por hacerse. Sólo había tendencias pero no se podría decir que hubiera tribus, tampoco sectarismos. Y mientras todos buscaban su lugar dentro de la escena roquera, si una banda como The Cure llegaba al país, nadie faltaba. Mucho Dark people por supuesto, con sus pelos pasados por gel, eran mayoría. Pero también punkies, con el acento finito y de los otros, “heavies escabiados hasta el alma con vino barato y ginebra”, como contaría el Indio Solari, que estuvo esa noche junto a sus “ex” hermanos, Skay y la Negra Poli. O “gatas enfundadas en cuero negro sacadas de Blade Runner”. Todos mezclados, también Luca Prodan, a quien aquella noche le revivió un escenario que ya había transpirado en la Inglaterra de los finales de los 70. The Cure apareció, la gente reaccionó y todo volvió a una calma aparente. A pesar del sonido deficiente, era Robertito en persona haciendo “Primary” o “ A Night like this”. Son cosas que no pasaban muy a menudo en aquel Buenos Aires. Suena raro en un tiempo digital donde la industria ha hecho del show en vivo, su principal fuente de sustento. Todo fue muy bien hasta que en “10:15 Saturday Night”, una botellita plástica de gaseosa, le rozó el rostro a Smith. “Es jodidamente entretenido ser el blanco de sus tiros; pero de cualquier manera vamos a seguir”, dijo. Y una versión supersónica de “Killing an Arab” los despidió de la Argentina hasta ahora. Ya no tan oscuros y con menos pesadillas hechas canción, The Cure regresa. Y lo hace con gloria, 26 años después.
“El campo de juego no tiene nada que envidiarle al centro de Beirut”, escribiría Smith después en su diario de viaje tras aquella noche.
AP
Comentarios