Todas las cosas que ocurren en el silencio
Faulkner y sus fobias en este perfil de Javier Marías, extractado del libro "Vida del fantasma" (El País-Aguilar)
A Faulkner le gustaba el silencio, hasta el punto de recurrir a él para explicar por qué escribía: «Prefiero el silencio al sonido», dijo, «y la imagen producida por las palabras ocurre en silencio. Es decir, el trueno y la música de la prosa tienen lugar en silencio».
No es de extrañar, por tanto, que les tuviera aversión a las visitas, a las entrevistas, a los coloquios y a las fiestas en las que él era el centro (sólo hubo de padecerlas después de la concesión del Nobel). En una de ellas, ofrecida en París por sus editores, la gente que salía al jardín para verlo regresaba a los salones al cabo de un par de minutos exclamando: «¡Es espantoso! No puedo resistirlo; es como ver a alguien a quien están torturando», tan evidente resultaba el sufrimiento de Faulkner en sociedad, rodeado de curiosos e intentando dar cháchara para no ser descortés y abrupto. Aun así lo era a menudo, cuando podía permitírselo o no se sentía intimidado. Al comienzo de su carrera se dedicaba a bromear y mentir en las entrevistas. En una de las primeras hizo un bosquejo autobiográfico a requerimiento del periodista: «Nací varón y soltero a edad muy temprana en Mississippi, de una esclava negra y un caimán que se llamaban ambos Gladys Rock. Más tarde dejé el colegio y me puse a trabajar en el banco de mi abuelo. Probé el valor medicinal de su alcohol. El abuelo le echó la culpa al portero. Se la cargó al portero. Vino la guerra. Me gustaba el uniforme británico. Me hicieron piloto de la Real Fuerza Aérea. Me estrellé. Le costé al gobierno británico 2.000 libras. Seguí siendo piloto. Me estrellé. Le costé al gobierno británico 2.000 libras. Me dieron la baja. Le costé al gobierno británico 84,30 dólares. El rey dijo: «Bien hecho». Volví a Mississippi». Con los años se hizo menos telegráfico, pero de vez en cuando volvía a las andadas y su laconismo propiciaba diálogos tan disparatados como el siguiente con el profesor Markovic, de la Universidad de Belgrado: «Markovic: A usted le encanta Virginia, ¿verdad? Faulkner. Me gusta la caza del zorro. M.: A usted le gustan los animales, ¿verdad? F.: Me gustan los caballos y los perros. M.: Le gusta más la gente. F.: Me gustan los animales inteligentes. Los caballos son inteligentes, y también los perros. No tan inteligentes como las ratas. M.: No sé nada de ratas, pero sé que los cerdos son inteligentes. Mi padre era agrónomo y consideraba a los cerdos extrainteligentes. A usted le gusta la naturaleza. ¿No va a la ciudad, a los teatros y cines? F.: No. Si pudiera entrar en el teatro a caballo, iría. Me gusta montar. No me gustan los autobuses y los coches. Imagínese que entrara cabalgando en un teatro y le pidiera a la acomodadora: «¿Haría el favor de aparcarme el caballo?».» A decir verdad, nada pareció cambiar mucho entre 1926, año del bosquejo autobiográfico, y 1962, año de la conversación sobre la rata y los cerdos extrainteligentes. De hecho, ésta fue la última entrevista de Faulkner. Poco después se cayó de un caballo y algo más tarde murió de una trombosis, exactamente a los dos meses de que Markovic lo hostigara en Virginia.
Lo cierto es que en el entretanto Faulkner habló bastante a pesar de todo, y al leer sus entrevistas uno se siente agradecido hacia ese género tan despreciado: a veces es lo único que queda para saber cómo era hablando un personaje público desaparecido, las biografías no suelen saber contarlo. Y aunque a Faulk-ner le desagradaba hablar de sí mismo o de sus libros, algunas afirmaciones se le fueron arrancando entre pipa y pipa (al parecer tenía una siempre en la mano), sobre todo por parte de los periodistas o estudiantes que le caían bien. Cuando uno le caía mal, era capaz de soltar las mayores barbaridades para molestarlo, sin darse cuenta de que otra mucha gente iba a leerles y no siempre a comprender que estaba ahuyentando a un intruso. Así, en una ocasión dijo que los negros vivirían mejor en la esclavitud que como estaban, lo que le trajo algún problema y hoy -época mucho más represora de las opiniones- le habría supuesto la ruina. También se atrevió con esto: «Lo único bueno de las guerras es que permiten a los hombres librarse del mujerío sin que los pongan por ello en la lista negra». No es raro que la falta de sentido del humor que actualmente domina las universidades considere a Faulkner un autor «etnocéntrico» y machista, y eso que otra vez dijo: «Algunas de las mejores personas son mujeres, y creo que todo joven debería tener trato con una vieja, sólo para escucharla. Hablan con más sentido». En una oportunidad logró escapar del periodista por la puerta de atrás, y quizá fue peor, ya que éste aprovechó para entrevistar a la mujer, la señora Faulkner, quien, desprevenida y cándida, opinó que «Billy» no escribía cuentos tan buenos y que no creía que él mismo los entendiera, aunque las novelas, «ah, eran otra cosa». También contó que Billy se encerraba durante horas en su estudio, pero que como no había llave, arrancaba el pomo de la puerta y se lo quedaba adentro. Dio una imagen de hombre violento.
Faulkner empezó como poeta pero creyó que no iba a ser excelso y pasó a la novela. Sin embargo confesó: «Mi prosa es en realidad poesía». La primera novela la escribió porque le pareció envidiable la vida ociosa de su amigo y maestro Sherwood Anderson, con quien coincidió en Nueva Orleans. Cuando el maestro supo que el joven se le convertía en discípulo, dijo: «Dios mío. Te propongo esto: le diré a mi editor que te la publique, con la condición de que no me hagas leerla».
A Faulkner le gustaba el silencio, hasta el punto de recurrir a él para explicar por qué escribía: "Prefiero el silencio al sonido", dijo, "y la imagen producida por las palabras ocurre en silencio. Es decir, el trueno y la música de la prosa tienen lugar en silencio".
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