Trabajando para la devaluación
DARÍO TROPEANO (*)
Después de una tormenta queda el desorden, la necesidad de limpiar, organizar y reconstruir un escenario, que muestra el deterioro alrededor. Esto fue lo que ocurrió durante enero del presente año: una devaluación inducida y desordenada, aumentos de precios incentivados y sin razón, suspensión de ventas de bienes y servicios, subas de tasas de interés y un poco profesional aumento impositivo para los automotores generaron un efecto inmediato en el nivel de actividad hacia una meseta que frenó la economía. Digo meseta porque técnicamente la Argentina no transita una recesión (los números de la macroeconomía aun cotejados en sus distintas versiones así lo indican), lo cual no significa que no pueda llegar en el próximo trimestre. La suba de tasas de interés que impulsó el gobierno para que los que tienen pesos (los agentes de bolsa, inversores institucionales, grandes corporaciones, etc.) no compren dólares y coloquen su dinero a plazo fijo significó un ajuste ortodoxo que impactó en la actividad económica disminuyendo la misma, todo ello combinado con el habitual cóctel mediático que incentiva la zozobra. Algunas de las inconsistencias de la política económica ya las hemos opinado aquí, pero lo cierto es que el gran debate de los medios de comunicación “especializados” y los economistas consultados gira alrededor de pocos ejes: la inflación, el gasto público, la necesidad de dólares que abundan disponibles en el mundo. El discurso instalado para cuestionar la política económica me recuerda al de los opositores de Alfonsín y los primeros meses de Menem (cuando “el mercado” pujaba por definir la agenda económica. ¡Y vaya si lo hizo!): bajar la inflación bajando el gasto público, parando la máquina de imprimir pesos, endeudarse y obtener dólares para gastar menos pesos y saciar al mercado. Las maniobras de preparación del terreno son evidentes: el aprovechamiento de la disminución de la actividad por la devaluación y el freno que se produjo en enero –el que “cambió al país” en términos de expectativas–, la especulación de los productores con la venta de soja que no liquidan esperando mayor cantidad de pesos con una devaluación (la soja se exporta en dólares y el productor recibe dólares oficiales en pesos), la compra-venta de títulos de deuda de Argentina emitidos en dólares que se adquieren a dólares oficiales y se venden en dólar billete en el exterior, fugando divisas que finalmente –cuando se pagan esos bonos– salen del Banco Central. Estos mecanismos implican operaciones financieras complejas en las que suele existir evasión tributaria, disminuyendo divisas escasas para el Banco Central. Otro ejemplo: un exportador que liquida su venta a un precio menor al real del negocio para no entregar todos sus dólares al precio del mercado oficial y luego ingresa al país esos dólares haciendo lo que se llama “contado con liquidación inverso”, es decir comprando un bono de deuda argentino en dólares y vendiéndolo en pesos, para liquidar esas divisas a un dólar más alto. Así entonces se aceleran los procesos y ya se habla de una nueva devaluación para las próximas semanas, dado que la inflación se habría “comido” la devaluación de enero, aunque esta última viene evidenciando un marcado retroceso. Estas expectativas devaluatorias por supuesto se acrecientan con los diagnósticos de “los candidatos que giran en torno a un lugar bajo el sol”, que en general muestran poca consistencia técnica en estos temas y escasa responsabilidad frente a las consecuencias de sus actos. Se trata en definitiva de una puja distributiva y por cierto política: cómo se obtiene mayor rentabilidad y se sacan más dólares del país y, por cierto, cómo se condiciona a un gobierno –debilitado– en los últimos meses de gestión para que modifique los ejes de su proyecto político. Pero, además, se envía un mensaje a los “nuevos candidatos” en danza, tratando de impulsar un proyecto económico acorde a los intereses de los dueños más poderosos del capital. Esos que el gobierno cuestiona, que acusa de desestabilizar, generar inflación, pretender el ajuste y fugar dólares y que, sin embargo, durante el 2013 –oh sorpresa– benefició autorizando a girar casi 1.400 millones de dólares al exterior (comprados a $ 5,70), significando ello un aumento de casi el 430% más que en el 2012, siendo el sector minero (de escasa contribución tributaria dadas las fenomenales exenciones otorgadas, nulo valor agregado y muy reducido control estatal de cantidades extraídas) el más beneficiado. Y es así entonces como las buenas iniciativas (créditos a tasas subsidiadas para diversos sectores, actualización de asignaciones, la voluntad del programa precios cuidados, etc.) chocan con las contradicciones propias de un sistema financiero que se mantiene con la ley de la época militar, un esquema impositivo que recauda sobre el consumo e iguala a pymes con los grandes agentes económicos, la ausencia de una junta nacional de granos que regule precios, stock y comercialización de nuestra principal fuente de ingresos externos (dólares), todas estas cuestiones matrices que limitan el desenvolvimiento autónomo del Estado para desarrollar las políticas que propone el gobierno nacional. Y las debilidades, contradicciones e inconsistencias, sobre todo cuando se pierde poder político dada la ausencia de un movimiento popular que sostenga un proyecto de desarrollo, son bien difíciles de sobrellevar… (*) Abogado. Docente de la Facultad de Economía de la UNC