Tres madres
No hay que hurgar en Internet, recibir imágenes vía satélite desde los pueblos donde arrecian los enfrentamientos bélicos para conocer todas las variantes con que la pobreza puede dar un mazazo. Acá nomás, en estos días, en Roca, hubo tres golpes duros, signados por una característica especial: el dolor de una madre que choca contra los infinitos laberintos que aparecen cuando la vida transcurre en el patio de atrás del Estado.
Un enigmático destino quiso que estas madres llegaran desde los puntos extremos de la ciudad. Mirta Agüero desde su casa de Tiro Federal, Fabiana Goroso desde el sur, donde la ribera del río Negro le es más familiar que la calle Tucumán y Julia Castillo desde J. J. Gómez.
Todas en busca de un mismo objetivo: que el Estado cumpla con una de sus obligaciones fundamentales, que es la de garantizar la salud de sus habitantes.
Todas con la misma cruz: las gambetas del trabajo fijo, que se escapó hace mucho y las obliga a vivir con lo justo y un poco menos.
Todas con el mismo lamentable resultado: descubrir, en el rol de protagonistas principales de la historia, que la red con la que deberían contenerlas tiene agujeros por todas partes.
Dejando de lado la indescriptible sensación que genera la muerte de un hijo para alguien que no lo ha vivido, ¿cómo es posible que una familia llegue a sentir temor de concurrir a un hospital público y para evitarlo inicie un dramático peregrinar por clínicas y sanatorios privados, recibiendo a cada paso un frío baño de realidad al no poder internarse por no tener dinero?
¿Cómo es posible que termine confirmando sus miedos al regresar, escuchar que no hay cama para ellos y para colmo descubrir más tarde que le habían dejado una gasa en los intestinos?
Eso fue lo que padeció Mirta Agüero y su familia respecto del hospital roquense, que a pesar de los esfuerzos de muchos sigue siendo noticia por el abismo que separa a su imagen edilicia y la capacidad de reacción con los recursos humanos y presupuesto actuales.
¿De qué manera se explica que Fabiana Goroso, a un mes de ser operada del corazón, siga viviendo en la absoluta miseria junto a sus cuatro hijos, obligada a soportar la sangre que sale de su nariz a raíz de la afección cardíaca porque no puede dejar de atender a los menores?
Hay que recordar también que esta madre y sus pequeños comen todos los días gracias a una vecina solidaria, que desde el anonimato consigue donaciones de empresas privadas y las reparte entre 31 mujeres solas, que suman más de 110 hijos.
Sí. Un total de 31 Fabianas, con un promedio cercano a los cuatro hijos cada una, donde la resignación a recibir asistencia de alguno de los gobiernos –provincial o municipal- abruma.
Por su parte, el caso de Julia Castillo abre paso a más preguntas.
¿Deberá intervenir siempre la Justicia para salvar las falencias de los otros dos poderes -Legislativo y Ejecutivo- del Estado?
Porque de no haber actuado de oficio el fiscal Edgardo Rodríguez Trejo y posteriormente llegara la orden de la jueza María Evelina García, la embarazada por sexta vez estaría hoy todavía reclamando ante oídos sordos por la ligadura de trompas que evite avanzar su esquizofrenia paranoide.
¿Cuál es entonces la política del Estado rionegrino? ¿La progresista que erigió a la provincia como una de las primeras en reconocer derechos sobre la salud reproductiva o la ineficiente que no consigue extender las ligaduras o vasectomías más allá del hospital de Villa Regina?
Las tres madres roquenses dieron –sin haberlo pretendido jamás- la prueba palpable de que ese haz de luz que muchos advierten hoy para la recuperación del país se encuentra todavía muy lejos, lejísimo, de los denominados pobres estructurales.
Y es en esa femenización de la pobreza donde se pagan los costos más altos de las falencias del Estado, porque detrás de esas madres llegan varios hijos, que no entienden eso de «un futuro mejor», porque el presente se les escurre entre las manos.
Hugo Alonso
halonso@rionegro.com.ar