Tres realidades

Las tres realidades de Duhalde: la política, que resiste cambios; la económica, desastrosa; y la externa, signada por el FMI.

Redacción

Por Redacción

El gobierno del presidente Eduardo Duhalde se ve frente a tres «realidades» distintas: la política, que se resiste a permitir cambio alguno aunque todos entenderán que sin cambios la Argentina seguirá derrumbándose; la económica, que es desastrosa; y la externa, que está representada por el FMI. Aunque lo ideal sería que Duhalde se concentrara en instrumentar las reformas drásticas necesarias para frenar el deterioro económico constante, ha preferido privilegiar su relación con los políticos por un lado y los emisarios del FMI por el otro, sin duda porque lo que más le gusta es «negociar». Las consecuencias han sido decididamente negativas. A pesar de todo lo ocurrido, la clase política nacional sigue resistiéndose a tomar la crisis en serio. Los gobernadores provinciales, expertos consumados en el arte de «negociar» con el gobierno de turno, parecen estar resueltos a ganar tiempo con la esperanza insensata de que algo suceda que les ahorre la necesidad de emprender los «ajustes» traumáticos que la situación objetiva del país está exigiéndoles. Mientras tanto, los aliados radicales del duhaldismo se han permitido anteponer sus intereses partidarios, representados por el destino del gobernador entrerriano Sergio Montiel, a factores a su juicio menores, como el supuesto por la supervivencia del gobierno.

La especie de empate que se ha producido puede atribuirse a que Duhalde, lo mismo que Fernando de la Rúa, se haya convencido de que las «soluciones» surgirán por arte de birlibirloque de un gran consenso político nacional, que con tal de que siga «negociando» con sus congéneres y distintos lobbistas, un acuerdo que sirva para poner fin a la crisis terminará conformándose. De más está decir que quienes piensan de este modo se equivocan por completo. Gobernar por «consenso» o por «diálogos intersectoriales» o lo que fuera, equivale a eludir las responsabilidades que ningún gobierno que se precie puede delegar. Es deber del mandatario democrático producir su propio «plan» y entonces aprovechar todos sus recursos políticos e intelectuales para convencer a los legisladores y gobernadores de la necesidad de aplicarlo con el rigor indicado. Si no se siente capaz de hacerlo, convendría que confesara su impotencia para que otro lo intentara.

Además de «negociar» con los políticos y lobbistas, Duhalde ha empleado su tiempo «negociando» con el FMI, pero a pesar del tiempo transcurrido no se ha llegado a una conclusión satisfactoria, lo que no es sorprendente porque, si bien su estilo particular podría brindar los resultados esperados cuando el interlocutor es otro político, a los representantes fondomonetaristas les preocupan más los hechos concretos que las promesas, los guiños o las alusiones a pactos no cumplidos. Asimismo, los esfuerzos del gobierno por hacer pensar que si no fuera por la dureza del FMI su actitud ante la crisis sería incomparablemente más flexible ha brindado a los gobernadores, a los legisladores peronistas y radicales y a muchos otros un buen pretexto para rehusarse a colaborar. Al fin y al cabo -han podido insinuar-, si el motivo principal por el que el gobierno quiere obligarnos a emprender reformas sumamente difíciles consiste en el deseo de Duhalde de congraciarse con Anoop Singh, a todos nos convendría desairar al «indio».

Mientras tanto, el estado de la economía real ha continuado deteriorándose día a día. Puede que las medidas reclamadas por el FMI no hayan sido las óptimas y que un recetario menos ortodoxo resulte decididamente mejor, pero lo que no puede dudarse es que cualquier «plan» supondría medidas que, conforme al grueso de los «dirigentes», serían políticamente inviables. Sin embargo, cuanto tiempo más se resistan a tomarlas, peor se hará la crisis y más severas todavía serán las medidas necesarias para superarla. En la Argentina actual, dedicarse a ganar tiempo «negociando» de mala fe con el FMI y con las diversas agrupaciones políticas es suicida. Mal que le pese a Duhalde, tendrá que subordinar el toma y daca político que tanto lo fascina a una crisis que ya ha cobrado dimensiones monstruosas pero que podría agravarse mucho más. Si no logran hacerlo, los meses próximos serán aún más difíciles que los anteriores.


El gobierno del presidente Eduardo Duhalde se ve frente a tres "realidades" distintas: la política, que se resiste a permitir cambio alguno aunque todos entenderán que sin cambios la Argentina seguirá derrumbándose; la económica, que es desastrosa; y la externa, que está representada por el FMI. Aunque lo ideal sería que Duhalde se concentrara en instrumentar las reformas drásticas necesarias para frenar el deterioro económico constante, ha preferido privilegiar su relación con los políticos por un lado y los emisarios del FMI por el otro, sin duda porque lo que más le gusta es "negociar". Las consecuencias han sido decididamente negativas. A pesar de todo lo ocurrido, la clase política nacional sigue resistiéndose a tomar la crisis en serio. Los gobernadores provinciales, expertos consumados en el arte de "negociar" con el gobierno de turno, parecen estar resueltos a ganar tiempo con la esperanza insensata de que algo suceda que les ahorre la necesidad de emprender los "ajustes" traumáticos que la situación objetiva del país está exigiéndoles. Mientras tanto, los aliados radicales del duhaldismo se han permitido anteponer sus intereses partidarios, representados por el destino del gobernador entrerriano Sergio Montiel, a factores a su juicio menores, como el supuesto por la supervivencia del gobierno.

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