Turquía cambia

Por Redacción

Turquía está transformándose de un país laico, más interesado en sus relaciones con el Occidente que en sus vínculos históricos con vecinos que habían formado parte del Imperio otomano, en una república islámica con todo cuanto ello implica, pero hasta hace muy poco los líderes de Estados Unidos, la Unión Europea e Israel se resistieron a darse por enterados de la importancia geopolítica de la mutación que estaba en marcha. Tan convencidos estaban los norteamericanos y europeos de que nada significante ocurría, que los tomaron por sorpresa el apoyo decidido que fue brindado por el gobierno turco del islamista Recep Erdogan al programa nuclear iraní y su papel en la organización de aquella “flotilla humanitaria” que, si bien no logró romper el bloqueo a Gaza, sirvió para asestar a Israel una derrota propagandística muy penosa. Sea como fuere, los estrategas occidentales ya se habrán dado cuenta de la gravedad de su error. Para alarma de quienes se sienten vivamente preocupados por el futuro inmediato del Medio Oriente, todo hace pensar que los islamistas turcos están resueltos a privilegiar sus lazos con sus correligionarios en Irán y los países árabes. Por lo demás, han hecho causa común con agrupaciones calificadas de terroristas por Estados Unidos, Europa e Israel, como Hamas y Hizbollah, que se proclaman resueltas a destruir por completo a “la entidad sionista” que Erdogan no ha vacilado en comparar con la Alemania nazi. Muchos atribuyen el cambio radical que está experimentando Turquía a la negativa de la Unión Europea a abrirle las puertas. Aunque durante décadas se han celebrado negociaciones acerca de su eventual ingreso, la posibilidad de que prosperaran siempre fue escasa por tratarse de un país que es demasiado grande –pronto habrá más turcos que alemanes–, demasiado pobre y, por supuesto, demasiado musulmán. También es un país mayormente asiático en términos geográficos. Asimismo, el respeto manifestado por las autoridades turcas por los derechos humanos de las minorías étnicas y religiosas siempre ha dejado mucho que desear; para confirmar que los turcos no se proponen modificar su conducta, hace poco Erdogan amenazó con expulsar a todos los armenios que todavía viven en suelo turco. Y como si todo esto no fuera más que suficiente, Turquía se ha apoderado de parte de Chipre, un país integrante de la Unión Europea. Puede que la actitud un tanto despectiva de los europeos hacia Turquía haya contribuido a la recrudescencia de sentimientos antioccidentales, pero los cambios más significantes han sido demográficos. Al aumentar la proporción de campesinos en la población y reducirse la de una clase media relativamente europeizada antes dominante, ha perdido peso la influencia del legado de Kemal Ataturk, el hombre que después de la caída del Imperio otomano en la Primera Guerra Mundial trató de formar una nación turca moderna, separándola del mundo musulmán que para él representaba el atraso oscurantista. Hasta las décadas finales del siglo XX, Turquía permaneció fiel al proyecto kemalista, de ahí su pertenencia a la OTAN y su rol como “puente” entre el Occidente y el resto del Medio Oriente, pero el surgimiento del islamismo supuestamente “moderado” de Erdogan y sus simpatizantes fue una señal de que una época estaba aproximándose a su fin. En efecto, ya no cabe duda de que el gobierno de Erdogan, consciente de que la Unión Europea nunca admitirá a su país y que Estados Unidos está perdiendo interés en ser el gendarme internacional, ha optado por intentar recuperar el rol del Imperio otomano a la cabeza del mundo musulmán, razón por la que Turquía no sólo ha puesto fin a su alianza militar con Israel sino que también está hostigando a su ex amigo con virulencia creciente, congraciándose así con millones de árabes, y se ha solidarizado por ahora con el régimen iraní, a pesar de ver en él un rival. Si bien muchos prevén que las aspiraciones turcas no tarden en provocar una reacción hostil por parte de los iraníes y árabes, el que se haya desatado una competencia febril entre rivales históricos, de etnias y tradiciones muy distintas, por el liderazgo del islam resurgente en la región más conflictiva del mundo no puede sino motivar la preocupación de quienes temen que pronto sea el escenario de una guerra en gran escala.


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