¡Uh, me morí!

EL DISPARADOR

La situación se da a menudo, de diferentes modos. Él le dice a su chica que está muy linda o la elogia por algo puntual. “Me encantó como te quedó el corte de pelo”. Y ella, casi abrumada ante el mínimo cumplido, reacciona espontáneamente con rechazo. “Bue, seguro que no te pusiste los lentes de contacto”. Entonces él, sin enojarse, busca un acercamiento y le dice: “Uh, me morí”.

Ahí, ante ese comentario, ambos ríen. El ambiente se distiende. A veces, se abrazan. Otras, solo siguen hablando. Forma parte de un acuerdo tácito. Cuando la comunicación entre ellos puede verse amenazada con entrar en una zona de tensión innecesaria, ejercitan una especie de reflejo que apela a todo lo contrario: a bajar la guardia.

“Uh, me morí”, con un guiño cómplice de por medio, es para esta pareja un recurso importante para la convivencia, al menos en algunos momentos. Y funciona casi como un comodín, en situaciones distintas. Ante un elogio, un cumplido o un halago, cuando la primera respuesta es no recibirlo. Y, también, ante un reto o una observación.

“Me morí” encierra un vagón de ideas, de conceptos, de mensajes. Es, por ejemplo, una caricia que incluye una expresión del tipo “dale, ¿por qué no abrazás este mimo que te estoy haciendo, eh?”. Es una forma de decir “pero, ¿por qué no parás un poco, che? Relajate y disfrutá”. Todo eso junto, con cariño. Incluso, es una manera, entre inocente y divertida, de jugar con los fantasmas propios.

Es decir, se toman el pelo mutuamente en un código de conversación que comparten. Ella lo explica así: “O sea, es como burlarse o jugar con cosas, que hasta pueden ser delicadas, de una manera tal que se les quita dramatismo, con una sonrisa que invita a conversar, a encontrarse”.

Ellos son proclives a conversaciones que consideran profundas y, a la vez, intuyen -no sin razón- que resultan insoportables para quien no forma parte de ese mundo que ellos comparten. El asunto es que pasado el momento de “uh, me morí”, se preguntan por qué les costará tanto dejar entrar la caricia verbal del elogio. “A mí, lo que me pasa, y lo hablé con mi terapeuta, es que me incomodan los cumplidos, así como cuando me regañan”, dice ella.

Lo dicho. Tanto el elogio como el reproche, más cuando lo consideran excesivo, les provoca la misma reacción: rechazo. Se produce un choque de dos versiones interiores que tienen de sí mismos. Creen que en algún lugar interior tienen un ideal muy alto de ellos mismo. Y, por ejemplo, cuando son retados, musitan hacia dentro: “Pero si yo soy tan bueno, ¿cómo me puede regañar?”.

Al mismo tiempo, ese ideal, tan alto, tampoco les permite disfrutar un cumplido. Ella se lo explica así a él: “Claro, ante el elogio, cuando me decís que soy linda, creo que nunca voy a ser linda si tengo estos tres kilos de más, me están apareciendo arrugas y las tetas, chiquitas, se me empiezan a caer. Pienso, aunque sé que no es así, que te lo inventás todo”.

Con una media sonrisa, él la mira y se queda en silencio. Ella le pregunta si la entendió. “Cuando te ponés así, también sos muy linda”. Ahora, ella no responde. Se ríe, y le brillan los ojos.

Juan Ignacio Pereyra

(pereyrajuanignacio@gmail.com)


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