Un dólar no tan alto



Para disgusto de un gobierno de instintos populistas que, contra toda la evidencia y a pesar de la experiencia nacional en la materia, creía a pie juntillas que un “dólar recontraalto” beneficiaría a la gente, luego de más de un año de vicisitudes cambiarias la cotización del peso ha comenzado a acercarse a lo que es de suponer será su nivel natural. Si bien de vez en cuando la moneda nacional ha perdido valor a raíz de un hecho puntual como el supuesto por el anuncio de la apertura del corralón, la mayoría de los economistas prevé que si este gobierno y su sucesor siguen obrando con sensatez el dólar continuará bajando hasta llegar a los 2,50 pesos, una meta que se hubiera considerado utópica hace un par de meses, pero que a la luz de lo ocurrido en marzo ya parece alcanzable. Es más: de recuperarse la confianza en el futuro de la Argentina, el valor del peso podría aumentar todavía más: al fin y al cabo, cuando el entonces ministro de Economía Jorge Remes Lenicov decidió ubicar el tipo de cambio en 1,40 pesos por dólar, imaginaba que por haber exagerado -a inicios del año pasado muchos opinaban que una tasa de 1,20 sería apropiada- aseguraba la estabilidad por algunos meses, juicio que se vio desvirtuado enseguida debido a la ola de pánico que, por razones comprensibles, no tardó en inundar al país.

Aunque era indiscutible que al iniciarse el nuevo milenio el uno a uno, justo cuando el dólar era excepcionalmente fuerte, incidía de manera muy negativa en la competitividad del país en su conjunto, la distorsión así provocada no era tan grande como muchos creían. Por cierto, se equivocaban los muchos que se habían convencido de que un dólar “recontraalto” constituiría una solución para los graves problemas que experimentaba una economía en la que muy pocos se preocupaban por la productividad. Antes bien, la propensión generalizada a atribuir a un solo factor fácilmente manejable la fase más reciente de una crisis que tiene sus raíces en los cambios que se registraron en el mundo hace más de setenta años ha sido una causa fundamental de la declinación prolongada del país. Desafortunadamente, ya no existen soluciones ni “salidas” sencillas por ser la crisis una cuestión del resultado acumulado de décadas de errores de todo tipo en casi todos los ámbitos económicos, políticos y sociales. En efecto, al negarse a hacer frente a los desafíos planteados a través de los años por la incesante evolución interna y externa, los distintos sectores que conforman el país se han acostumbrado a defenderse achacando sus dificultades a aquel aspecto de la realidad que más los molesta para entonces reclamar cambios drásticos, como los constituidos por el default y por una megadevaluación asimétrica.

Aunque a esta altura escasean en todas partes los dispuestos a tomar una “moneda fuerte” por un símbolo válido del poder nacional, los más entienden que las ventajas comerciales de contar con una divisa excesivamente subvalorada no suelen compensar las desventajas. Estas no se limitan a la imposibilidad de importar a un precio razonable ciertos bienes hoy en día esenciales como, por ejemplo, los relacionados con la informática. Es que para mantener débil a una moneda determinada es necesario que el gobierno responsable ya imponga controles severos, ya opere de tal manera que genere desconfianza. En nuestro país, los controles rigurosos raramente han funcionado del todo, mientras que la alternativa, la que consiste en asustar a los tenedores de la moneda nacional para que prefieran deshacerse de ella a cualquier precio, es claramente contraproducente. Así las cosas, es de esperar que andando el tiempo el país se habitúe a “un dólar” que, sin ser regalado, sea un tanto más accesible de lo que desearían los lobbies autodenominados “productivistas”. De continuar las tendencias actuales, después de las elecciones podríamos llegar a tal situación, lo que enojaría a quienes por motivos sectoriales o teóricos quisieran regresar a mediados del año pasado cuando la Argentina era considerada un país fenomenalmente barato, “ventaja” que, de más está decirlo, pudo ser aprovechada por algunos pero que no benefició a la mayoría, que vio caer sus ingresos a niveles cruelmente bajos para un país en el que las expectativas de la gente se asemejaban a las propias de las naciones de Europa occidental.


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