Un episodio grotesco

Redacción

Por Redacción

No duró mucho la esperanza de que la presencia en la Casa Blanca de Barack Obama, un demócrata de origen racial mixto y opiniones resueltamente progresistas, serviría para mejorar la relación de la superpotencia norteamericana con el resto del mundo. En el transcurso de su gestión, Obama, con la ayuda de los funcionarios poco profesionales que abundan en su administración, se las ha arreglado para desairar a muchos aliados de Estados Unidos y motivar el desprecio indisimulado de sus adversarios. Entre éstos se encuentran no sólo los regímenes de Rusia, China, Irán y Corea del Norte, sino también varios gobiernos latinoamericanos que, como es natural, se han puesto a sacar el máximo provecho del trato aberrante al que la semana pasada fue sometido el presidente boliviano Evo Morales, cuyo avión oficial se vio desviado al negarse Francia, España, Italia y Portugal a permitirle entrar en su espacio aéreo so pretexto de que estaba a bordo el “topo” norteamericano Edward Snowden. Luego de aterrizar en Viena, donde se hizo evidente que Snowden no lo acompañaba, Morales finalmente pudo reanudar el viaje de regreso a Bolivia, pero las repercusiones de este incidente insólito seguirán haciéndose sentir por mucho tiempo, ya que tanto los habitualmente contrarios a la política exterior estadounidense como los que se han esforzado por mantener una buena relación con Washington lo tomaron por una afrenta intolerable a todos los países de la región. No se sabe muy bien quiénes fueron los responsables de lo que el gobierno boliviano calificó del “secuestro” del jefe de Estado. Las autoridades de los países europeos involucrados dan a entender que los encargados de defender el espacio aéreo no sabían que se trataba de un avión presidencial, mientras que voceros norteamericanos juran que su país no tuvo nada que ver con el asunto. Sea como fuere, como represalia, Morales ya ha amenazado con cerrar la embajada de Estados Unidos en su país, de tal modo rompiendo las relaciones diplomáticas con la superpotencia, una alternativa que, huelga decirlo, no entusiasma del todo a aquellos mandatarios de la región que quisieran olvidarse lo antes posible de lo ocurrido, pero saben que, es de suponer sin habérselo propuesto, los líderes más fogosos del bloque bolivariano, personajes como el ecuatoriano Rafael Correa, acaban de recibir una carta de triunfo sumamente útil. Además de enojar a muchos gobiernos latinoamericanos, el episodio protagonizado por Morales ha motivado desconcierto en Europa al difundirse la sospecha de que los de Francia, Italia, España y Portugal se dejaron presionar por Washington a pesar del enojo que sus voceros decían sentir por la afición norteamericana al espionaje electrónico. Acaso los más indignados por lo que ha sucedido son los franceses, ya que suelen aprovechar toda oportunidad que se presenta para llamar la atención a su voluntad de oponerse a los dictados de la superpotencia transatlántica, pero que según parece resultaron estar más que dispuestos a colaborar con los esfuerzos por ubicar para entonces detener a Snowden, el que, bien que mal, cuenta con la simpatía de muchísimos europeos. Para el presidente galo, el socialista François Hollande, se ha tratado de un revés muy penoso. También lo ha sido para Obama. De haber manejado de manera más discreta el problema ocasionado por la decisión del exanalista de la CIA de revelar detalles del programa de espionaje estadounidense, que tal vez sea mayor que los de otros países pero que, como nos recordaron los medios franceses que hace poco publicaron información acerca de las actividades parecidas de sus propios servicios de inteligencia, dista de ser único, la administración de Obama se hubiera ahorrado muchas dificultades. Al asumir una postura amenazadora, empero, virtualmente aseguró que pronto comenzaran a proliferar roces e incidentes que la privarían de autoridad tanto moral como política, como en efecto ha ocurrido al facilitar China la salida de Snowden de Hong Kong para que viajara a Moscú, al negarse el gobierno ruso a entregarlo a los norteamericanos y, últimamente, al optar algunos europeos por impedir, aunque sólo fuera por algunas horas, que el presidente de un país sudamericano sobrevolara su territorio soberano.


No duró mucho la esperanza de que la presencia en la Casa Blanca de Barack Obama, un demócrata de origen racial mixto y opiniones resueltamente progresistas, serviría para mejorar la relación de la superpotencia norteamericana con el resto del mundo. En el transcurso de su gestión, Obama, con la ayuda de los funcionarios poco profesionales que abundan en su administración, se las ha arreglado para desairar a muchos aliados de Estados Unidos y motivar el desprecio indisimulado de sus adversarios. Entre éstos se encuentran no sólo los regímenes de Rusia, China, Irán y Corea del Norte, sino también varios gobiernos latinoamericanos que, como es natural, se han puesto a sacar el máximo provecho del trato aberrante al que la semana pasada fue sometido el presidente boliviano Evo Morales, cuyo avión oficial se vio desviado al negarse Francia, España, Italia y Portugal a permitirle entrar en su espacio aéreo so pretexto de que estaba a bordo el “topo” norteamericano Edward Snowden. Luego de aterrizar en Viena, donde se hizo evidente que Snowden no lo acompañaba, Morales finalmente pudo reanudar el viaje de regreso a Bolivia, pero las repercusiones de este incidente insólito seguirán haciéndose sentir por mucho tiempo, ya que tanto los habitualmente contrarios a la política exterior estadounidense como los que se han esforzado por mantener una buena relación con Washington lo tomaron por una afrenta intolerable a todos los países de la región. No se sabe muy bien quiénes fueron los responsables de lo que el gobierno boliviano calificó del “secuestro” del jefe de Estado. Las autoridades de los países europeos involucrados dan a entender que los encargados de defender el espacio aéreo no sabían que se trataba de un avión presidencial, mientras que voceros norteamericanos juran que su país no tuvo nada que ver con el asunto. Sea como fuere, como represalia, Morales ya ha amenazado con cerrar la embajada de Estados Unidos en su país, de tal modo rompiendo las relaciones diplomáticas con la superpotencia, una alternativa que, huelga decirlo, no entusiasma del todo a aquellos mandatarios de la región que quisieran olvidarse lo antes posible de lo ocurrido, pero saben que, es de suponer sin habérselo propuesto, los líderes más fogosos del bloque bolivariano, personajes como el ecuatoriano Rafael Correa, acaban de recibir una carta de triunfo sumamente útil. Además de enojar a muchos gobiernos latinoamericanos, el episodio protagonizado por Morales ha motivado desconcierto en Europa al difundirse la sospecha de que los de Francia, Italia, España y Portugal se dejaron presionar por Washington a pesar del enojo que sus voceros decían sentir por la afición norteamericana al espionaje electrónico. Acaso los más indignados por lo que ha sucedido son los franceses, ya que suelen aprovechar toda oportunidad que se presenta para llamar la atención a su voluntad de oponerse a los dictados de la superpotencia transatlántica, pero que según parece resultaron estar más que dispuestos a colaborar con los esfuerzos por ubicar para entonces detener a Snowden, el que, bien que mal, cuenta con la simpatía de muchísimos europeos. Para el presidente galo, el socialista François Hollande, se ha tratado de un revés muy penoso. También lo ha sido para Obama. De haber manejado de manera más discreta el problema ocasionado por la decisión del exanalista de la CIA de revelar detalles del programa de espionaje estadounidense, que tal vez sea mayor que los de otros países pero que, como nos recordaron los medios franceses que hace poco publicaron información acerca de las actividades parecidas de sus propios servicios de inteligencia, dista de ser único, la administración de Obama se hubiera ahorrado muchas dificultades. Al asumir una postura amenazadora, empero, virtualmente aseguró que pronto comenzaran a proliferar roces e incidentes que la privarían de autoridad tanto moral como política, como en efecto ha ocurrido al facilitar China la salida de Snowden de Hong Kong para que viajara a Moscú, al negarse el gobierno ruso a entregarlo a los norteamericanos y, últimamente, al optar algunos europeos por impedir, aunque sólo fuera por algunas horas, que el presidente de un país sudamericano sobrevolara su territorio soberano.

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