Un gobierno desorientado

La actitud pasiva de De la Rúa sólo sirve para convencer a los delincuentes de que no tienen demasiados motivos para inquietarse.

Por Redacción

Carlos Menem nos recordó que pudo gobernar varios años sin problemas a pesar de no contar con un vicepresidente, pero por desgracia su comentario no nos dice mucho sobre la situación actual de su sucesor, Fernando de la Rúa. Si bien las funciones del compañero de fórmula del eventual triunfador electoral suelen carecer de importancia a menos que por algún motivo se vea convertido en presidente de la República, la salida imprevista de Carlos «Chacho» Alvarez provocó un revuelo mayúsculo porque mostró que De la Rúa se ha alejado no sólo de «la gente» que lo votó, sino también de una parte muy significante de su propia base política. Para colmo, los más tomaron el portazo de Alvarez como evidencia de que el presidente no tiene mucho interés en intentar eliminar algunas de las lacras más notorias de la realidad política nacional, comenzando con la presencia en el Senado de tantos sujetos apenas presentables.

Tal juicio puede compartirse: como tantos correligionarios, De la Rúa parece creer que lo mejor sería limitarse a ser personalmente honesto -sin por eso dejar de privilegiar a parientes y amigos- y hablar con elocuencia de la conveniencia de respetar ciertos principios morales. Pero el «verso radical» así supuesto, acompañado por la presunción de que la UCR es «el partido de la ética» y que por lo tanto sus integrantes deberían ser considerados por encima de toda sospecha, es de por sí una forma de complicidad: lo mismo que aquellos funcionarios civiles decentes que esperaban civilizar la dictadura militar «desde adentro», la actitud pasiva de De la Rúa sólo sirve para convencer a los delincuentes de que no tienen demasiados motivos para inquietarse. Por lo tanto, es de prever que en los próximos años la corrupción siga como antes, enriqueciendo a los indignos, distorsionando el manejo de la economía y provocando el asco de todos los ciudadanos decentes. Aunque por ahora no parece muy grande el riesgo de que sectores amplios terminen encolumnándose tras una versión local del ex golpista venezolano Hugo Chávez, sorprendería que el desprestigio cada vez mayor de la «clase política» no tuviera consecuencias desagradables. En verdad, es posible que ya las haya producido: aunque es muy difícil estimar la relación entre la política por un lado y la conducta de las personas por el otro, extrañaría mucho que el desprecio indisimulado y rencor que han ocasionado la inoperancia y mezquindad de tantos dirigentes no hayan contribuido a agravar la inseguridad ciudadana e impulsar la evasión impositiva.

Por desgracia, el «realismo» exagerado de De la Rúa frente a la corrupción endémica dista de ser el único defecto de su gestión. Puede que el estancamiento prolongado de la economía se haya debido en parte a factores que ningún gobierno de base aliancista hubiera podido modificar, pero no cabe duda alguna de que entre los motivos está el «malhumor» que siente la sociedad, el cual tiene mucho que ver con el escaso compromiso con su propia estrategia económica de los delarruistas mismos, los cuales no han conseguido impresionar ni a los consumidores ni a los inversores nacionales o extranjeros. No se trata tanto de la falta de un «plan», como pretende el ex jefe del gobierno Rodolfo Terragno, como de la sensación de que muchos miembros del gobierno preferirían estar impulsando una estrategia totalmente diferente pero, a causa de las presiones internacionales y de la rigidez a su entender irracional del Fondo Monetario Internacional, se han visto constreñidos a actuar como «neoliberales».

Esta deficiencia no puede atribuirse exclusivamente a De la Rúa. Muchísimos radicales, encabezados por el ex presidente Raúl Alfonsín, parecen creer que la política económica es un desastre sin atenuantes, opinión que comparte la mayoría de sus socios frepasistas. Así, pues, los gobernantes del país se parecen a generales a la vez pacifistas y derrotistas, o sea, a personas que se han equivocado de oficio y que por lo tanto están condenadas de antemano a fracasar. Si bien las circunstancias han obligado a De la Rúa a gobernar como jefe de una coalición conformada por individuos que en buena lógica deberían estar en la oposición, su incapacidad para «vender» su programa ha contribuido mucho a debilitarlo.


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