Un inicio nada prometedor

Redacción

Por Redacción

Aunque el 2016 apenas ha comenzado, ya hay motivos para prever que para la “comunidad internacional” será un año aún más conflictivo de lo que muchos habían vaticinado antes de despedirse del 2015. Empezó con, entre muchas otras cosas alarmantes relacionadas con el terrorismo islamista, la ruptura de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán, lo que presagia todavía más violencia en lo que ya es la región más explosiva del planeta, y el derrumbe de las bolsas más importantes de China de resultas del temor a que la economía del gigante asiático pueda estar por sufrir una crisis de consecuencias imprevisibles. Demás está decir que tanto una nueva guerra convencional en el Oriente Medio como la desaceleración abrupta de la locomotora china tendrían impactos sumamente negativos en el resto del mundo. Según el habitualmente cauto presidente norteamericano Barack Obama, las ejecuciones de una cincuentena de presuntos terroristas chiitas, incluyendo a un predicador célebre, por el régimen saudita, que se vieron seguidas por la reacción furibunda de sus correligionarios iraníes, podrían desatar “un incendio” en Oriente Medio, pero sucede que la región ya está en llamas debido al salvajismo de los combatientes del Estado Islámico, la despiadada guerra civil en Siria, la ofensiva turca contra los separatistas kurdos y la intervención saudita en Yemen. En cuanto a los problemas económicos de China, si resultan ser tan graves como suponen algunos expertos que desconfían de las estadísticas confeccionadas por Pekín, perjudicarán a los muchos países que se han visto beneficiados por las décadas de crecimiento frenético que le permitieron erigirse en una superpotencia comercial y financiera casi equiparable con Estados Unidos. A pesar de la barbarie del régimen monárquico que la gobierna, Arabia Saudita es considerada un país aliado por Estados Unidos y la Unión Europea que, para desconcierto de muchos, se han habituado a pasar por alto su papel protagónico en la difusión internacional de una versión extraordinariamente agresiva del islam que se asemeja mucho a la adoptada por los terroristas de Al Qaeda y el “califato”. Sin embargo, al multiplicarse los atentados yihadistas en Europa y América del Norte, son cada vez menos los occidentales que se sienten constreñidos a anteponer la importancia estratégica atribuida al reino a la perversidad de la ideología con la que está comprometido. Los ha ayudado el desplome del precio del petróleo. Al independizarse Estados Unidos merced a la revolución del shale, tanto los norteamericanos como los europeos están alejándose anímicamente de la numerosa familia real saudita que, como entienden muy bien los iraníes, sin los ingresos fabulosos proporcionados por el petróleo a más de 100 dólares el barril –el precio actual es inferior a los 40 dólares–, corre peligro de perder el poder, lo que sí modificaría drásticamente el escenario en el mundo musulmán en beneficio de sus archirrivales iraníes que, por desgracia, son aún más belicosos e intolerantes que los sauditas y, para más señas, pronto podrían conseguir un arsenal nuclear propio. Aunque el cisma entre los sunnitas y los chiitas pronto adquiriría connotaciones teológicas, se originó en el 632, en la lucha por el poder entre los herederos de Mahoma. Tal y como están las cosas, parecería que el conflicto más milenario está por entrar en una fase aún más destructiva que las anteriores. Algunos creen que lo que estamos viendo es el inicio de una “guerra de los treinta años” equiparable con la librada en Europa por protestantes y católicos en el siglo XVII que dejó arruinada, y casi despoblada, a buena parte de Alemania. De resultar ciertas las previsiones en tal sentido, habrá más matanzas de inocentes y más, muchos más, refugiados desesperados que procuren trasladarse a Europa que, desde luego, negará abrirles las puertas. Aunque los europeos y norteamericanos cuentan con el poder militar suficiente como para impedir que sigan repitiéndose los horrores “medievales” que últimamente se han hecho rutinarios a lo ancho y lo largo del extenso mundo musulmán, les falta la voluntad para aprovecharlo, de suerte que lo más probable es que se limiten a brindar ayuda humanitaria a las víctimas del fanatismo religioso.


Aunque el 2016 apenas ha comenzado, ya hay motivos para prever que para la “comunidad internacional” será un año aún más conflictivo de lo que muchos habían vaticinado antes de despedirse del 2015. Empezó con, entre muchas otras cosas alarmantes relacionadas con el terrorismo islamista, la ruptura de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán, lo que presagia todavía más violencia en lo que ya es la región más explosiva del planeta, y el derrumbe de las bolsas más importantes de China de resultas del temor a que la economía del gigante asiático pueda estar por sufrir una crisis de consecuencias imprevisibles. Demás está decir que tanto una nueva guerra convencional en el Oriente Medio como la desaceleración abrupta de la locomotora china tendrían impactos sumamente negativos en el resto del mundo. Según el habitualmente cauto presidente norteamericano Barack Obama, las ejecuciones de una cincuentena de presuntos terroristas chiitas, incluyendo a un predicador célebre, por el régimen saudita, que se vieron seguidas por la reacción furibunda de sus correligionarios iraníes, podrían desatar “un incendio” en Oriente Medio, pero sucede que la región ya está en llamas debido al salvajismo de los combatientes del Estado Islámico, la despiadada guerra civil en Siria, la ofensiva turca contra los separatistas kurdos y la intervención saudita en Yemen. En cuanto a los problemas económicos de China, si resultan ser tan graves como suponen algunos expertos que desconfían de las estadísticas confeccionadas por Pekín, perjudicarán a los muchos países que se han visto beneficiados por las décadas de crecimiento frenético que le permitieron erigirse en una superpotencia comercial y financiera casi equiparable con Estados Unidos. A pesar de la barbarie del régimen monárquico que la gobierna, Arabia Saudita es considerada un país aliado por Estados Unidos y la Unión Europea que, para desconcierto de muchos, se han habituado a pasar por alto su papel protagónico en la difusión internacional de una versión extraordinariamente agresiva del islam que se asemeja mucho a la adoptada por los terroristas de Al Qaeda y el “califato”. Sin embargo, al multiplicarse los atentados yihadistas en Europa y América del Norte, son cada vez menos los occidentales que se sienten constreñidos a anteponer la importancia estratégica atribuida al reino a la perversidad de la ideología con la que está comprometido. Los ha ayudado el desplome del precio del petróleo. Al independizarse Estados Unidos merced a la revolución del shale, tanto los norteamericanos como los europeos están alejándose anímicamente de la numerosa familia real saudita que, como entienden muy bien los iraníes, sin los ingresos fabulosos proporcionados por el petróleo a más de 100 dólares el barril –el precio actual es inferior a los 40 dólares–, corre peligro de perder el poder, lo que sí modificaría drásticamente el escenario en el mundo musulmán en beneficio de sus archirrivales iraníes que, por desgracia, son aún más belicosos e intolerantes que los sauditas y, para más señas, pronto podrían conseguir un arsenal nuclear propio. Aunque el cisma entre los sunnitas y los chiitas pronto adquiriría connotaciones teológicas, se originó en el 632, en la lucha por el poder entre los herederos de Mahoma. Tal y como están las cosas, parecería que el conflicto más milenario está por entrar en una fase aún más destructiva que las anteriores. Algunos creen que lo que estamos viendo es el inicio de una “guerra de los treinta años” equiparable con la librada en Europa por protestantes y católicos en el siglo XVII que dejó arruinada, y casi despoblada, a buena parte de Alemania. De resultar ciertas las previsiones en tal sentido, habrá más matanzas de inocentes y más, muchos más, refugiados desesperados que procuren trasladarse a Europa que, desde luego, negará abrirles las puertas. Aunque los europeos y norteamericanos cuentan con el poder militar suficiente como para impedir que sigan repitiéndose los horrores “medievales” que últimamente se han hecho rutinarios a lo ancho y lo largo del extenso mundo musulmán, les falta la voluntad para aprovecharlo, de suerte que lo más probable es que se limiten a brindar ayuda humanitaria a las víctimas del fanatismo religioso.

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